Pablo Neruda: 50 años del Premio Nobel

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Pablo Neruda

Se cumple medio siglo del galardón otorgado al más grande poeta en la historia de Nuestra América. Su preciosa y controversial obra literaria deja un legado invaluable para los pueblos del mundo

José Luis Díaz-Granados

El 21 de octubre de 1971, hace exactamente 50 años, el poeta chileno Pablo Neruda fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. El vocero de la Academia Sueca anunció en las horas del mediodía que el galardón le había sido concedido “por ser autor de una poesía que, con la acción de una fuerza elemental, da vida al destino y a los sueños de un continente”.

Desde 1945, cuando la también chilena Gabriela Mistral obtuvo el Nobel (siendo, no solamente la primera mujer latinoamericana, sino la primera escritora de este continente en recibir tan preciado honor), su espontánea declaración inicial fue la siguiente: “Este premio se lo merecía Pablo Neruda, porque es el más grande poeta de mi patria”. En ese entonces, el autor de los Veinte poemas de amor apenas tenía tan sólo 40 años de edad.

Neruda fue candidato al Nobel durante largos años. Era desde sus años juveniles un poeta desbordante de mágicas verbalidades y rotundos hechizos sonoros. No en vano, el más importante crítico literario de habla inglesa, Harold Bloom, había manifestado: “Ningún poeta del hemisferio occidental de nuestro siglo admite comparación con él”.

Antifascista comprometido

Así como tuvo amigos que lo admiraron y adoraron como Pablo Picasso, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Miguel Hernández, Paul Eluard, Elsa Triolet, Louis Aragón, Yannis Ritsos, Mikis Theodorakis, Ilya Eremburg, Jorge Zalamea y Gabriel García Márquez, Neruda tuvo enemigos energúmenos como Juan Ramón Jiménez, Vicente Huidobro, Octavio Paz, Juan Larrea (a quien llamó “Juan Tarrea” en una de sus célebres Odas), Pablo de Rokha y Laureano Gómez. Este último, escribió diatribas fragorosas cuando el chileno hizo su primera visita a Colombia en 1943, invitado por el presidente Alfonso López Pumarejo.

En los años cincuenta y sesenta se daba por seguro el galardón para Neruda. Pero hubo un escollo tremendo en ese tiempo de “Guerra fría”: su filiación política. Desde 1936 se había alineado con las fuerzas que en España apoyaban la República, junto a los socialistas y comunistas, y había combatido ferozmente con toda su grandeza verbal a las fuerzas reaccionarias del fascismo, sobre todo, después de que los franquistas asesinaran a Federico García Lorca, el más grande poeta de España en su tiempo, crimen que Neruda jamás perdonó.

En 1939 aprovechó su cargo de cónsul para los refugiados españoles que el presidente de Chile, Pedro Aguirre Cerda, le había otorgado, para embarcar en el buque “Winnipeg” a más de dos mil españoles con sus familias y niños pequeños, los cuales salvaron sus vidas cuando llegaron a la nación austral.

En esos años, Neruda desplegó una permanente propaganda política, en prosa y en verso, en contra del fascismo reinante en Europa y a favor de los valerosos soldados del Ejército Rojo de la URSS, que en la batalla de Stalingrado habían infligido la primera gran derrota a los alucinados ejércitos de Hitler. Sus cantos a esta ciudad heroica están grabados en la memoria de varias generaciones en el mundo entero. En 1942, siendo cónsul general en México, Neruda fue víctima de un atentado por parte de simpatizantes del nazismo que le fracturaron el cráneo en un parque de Cuernavaca.

Un poeta comunista

Cuando regresó a Chile ingresó al Partido Comunista de su país el 8 de julio de 1945, junto con el eminente científico Alejandro Lipschutz, el director de la Orquesta Sinfónica de Santiago, Armando Carvajal, la cantante Blanca Hauser, el poeta Juvencio Valle, la poeta Olga Acevedo, el escritor Nicomedes Guzmán, el director de teatro Pedro de la Barra y la profesora María Marchant, en acto de amplia participación popular llevado a cabo en el Teatro Caupolicán de Santiago.

Los enemigos públicos y solapados del gran poeta no reparaban en las más bajas acciones, así como también en gastos exóticos para evitar que lo premiaran, como fue el caso de un tal Ricardo Paseyro, montevideano (yerno del también uruguayo Jules Supervielle, un poeta que trabajaba para la Policía francesa), que escribía poemas y artículos contra Neruda repletos de odio y desesperado macartismo, quien se costeó de su propio bolsillo un viaje hasta Estocolmo, con el fin de convencer a los académicos suecos de que el autor del Canto general, no merecía el Nobel, porque sólo era “un poeta plagiario”. “un impostor” y “un agente de Stalin que había participado en el asesinato de León Trotsky”.

Años después, en su Memorial de Isla Negra, Neruda se refirió al fétido episodio: Y en ese trance el crítico vetusto / implantó contra mí la guillotina, / pero no fue bastante ni fue poco / y como si yo fuera una república / de repentina ráfaga insurgente, / tocaron el clarín contra mi pecho / y acudieron minúsculos gusanos / al orinal en que se debatía / en su propio pipí Pipipaseyro…

Por fortuna, Pablo Neruda era un pez de las profundidades, un extraño cetáceo, un monstruo de la poesía del siglo XX, como lo definió el colosal poeta gaditano Rafael Alberti. Neruda llegó a la casa de la poesía, echó la puerta abajo y le torció el cuello al cisne del formalismo reinante, artificioso y atosigante, desde que en plena adolescencia emergió con un libro singular, Crepusculario (1923), al cual siguió el muy célebre Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924), sorprendiendo los sentidos de los lectores con ritmos inusuales, metros inesperados y fantasmas sorpresivos en su fresca dicción.

Residencia en la tierra

En sus casi 70 años de residencia en la tierra, Neruda escribió 45 libros originales, de cuyos contenidos han brotado innumerables apartados bibliográficos, de donde a su vez se han desprendido centenares de cuadernos, plaquettes y hojas volantes tanto en lengua española como en los restantes idiomas del planeta.

Las gentes sencillas de Nuestra América han repetido versos de sus Veinte poemas de amor durante varias generaciones, como también lo han hecho con las Rimas de Bécquer o el Romancero gitano de García Lorca. Los lectores y críticos más exigentes se sorprenden a cada nueva lectura con la portentosa alucinación verbal de Residencia en la tierra, como ocurre con la sumersión en La tierra baldía de Eliot o en el Anábasis de Saint-John Perse.

Y todos aman, recitan y cantan las estrofas de amor otoñal de Los versos del capitán y los Cien sonetos de amor, la alegría de vivir en las Odas elementales, Estravagario y La barcarola, como también amamos y cantamos los más hermosos poemas de Pavese, Kavafis, Pessoa, Eluard, Aragon, Machado, Benedetti o Luis García Montero.

Preciosa y controversial existencia

En tiempos de guerra, y también en los de paz, los corazones combatientes se estremecen con la poesía de «amor armado» de Tercera residencia, Canto general, Canción de gesta (el primer libro poético escrito en el mundo en homenaje a la Revolución Cubana) o de la Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena. No hay que olvidar que cuando el guerrillero heroico Ernesto Che Guevara, cayó en combate en las montañas de Bolivia, guardaba devotamente en su mochila un ejemplar del Canto general.

Tal vez ningún poeta en ningún tiempo, idioma o geografía, ha recibido una apoteosis de fervor semejante a las adhesiones sentimentales, literarias y políticas, que recibió Neruda en su preciosa y controversial existencia, quien seguramente nos estará haciendo un guiño de picardía desde la transparencia a donde saltó como un nadador del cielo el 23 de septiembre de 1973.

La resonancia de este homenaje universal por los 50 años de su Premio Nobel de Literatura lo alcanzará hasta allá, hasta «la otra orilla del mar que no tiene otra orilla…».