El origen épico del Partido Comunista Colombiano

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Y voces de ciudades y campos;
Voces pintadas de Norte, Sur, Este y Oeste,
se funden en un canto potente:
¡Arriba! ¡Arriba!; de los ojos cayó el plomo del llanto;
he aquí la nueva tierra;
a todos los planetas la revolución da una serenata

Fragmento del poema Cuarto oscuro (1.930)

Luis Vidales. La Obreriada

 

Zabier Hernández Buelvas

Nacimos como flores en tierra abonada en un julio de alegrías y luchas. Un grupo de exploradores de nuevos mundos, personajes salidos de barriadas y campos, de casas viejas llenas de amor y sortilegios solidarios, sabían que su destino era construir dignidad para miles iguales que ellos y ellas. Y así se decidieron echar a andar con el calor de la sangre en el corazón, el cerebro y los pies, por calles, veredas, fábricas, salones, escuelas y campos.

Hombres y mujeres, avatares terrenales de sencillos ademanes, de inteligencia colectiva y social, con las caras alargadas por la lucha, el sol, el trabajo y el esfuerzo de construir una nación justa y verdadera. Se movían al compás de ideas, sueños y realidades, al compás de voces femeninas y masculinas, con una fortaleza que nace de saberse uno y una más de los que luchan contra la opresión del régimen.

Reunidos en un olimpo de comunes, se despertó una conciencia colectiva por el cambio. En un julio de un siglo de luces y oscuridades, les fue entregado el secreto de la utopía y el don de ser maestras y maestros de la revolución. Fundadoras del caminar encima de las espinas y el hierro caliente que significaba ayer y hoy organizarse y luchar por la paz y la vida, en un país que ya develaba las fuerzas oscuras que venían por el botín, por la triada de la naturaleza humana más preciada, el trabajo, la conciencia y la dignidad.

Un 17 de julio de 1930, a pleno sol, con un viento suave y alegre, nace en territorios de una Latinoamérica herida con sus venas abiertas, un fantasma que presagiaba el enigma de la ubicuidad y de la indestructibilidad, un fantasma al cual el gran Leviatán no ha podido destruir a pesar de las plagas y maldiciones enviadas a los territorios de la paz y la vida, donde vive, respira y construye el partido.

La voz chillona, potente y amorosa de María Cano, la arenga ronca y firme de un Ignacio Torres Giraldo, una reflexión tranquila y certera de Raúl Eduardo Mahecha, la mirada descubridora de Tomás Uribe Márquez y un poema de Obreriada de Luis Vidales, dan las señales de partida de una gran marcha de pueblo que aún no termina y que avanza hacia la revolución colombiana. Son las señales del origen y el mandato que aun guía nuestro camino.

No es por azar que nacimos. La voluntad de los dioses del poder fue doblegada por las fuerzas conscientes de la transformación y nos dieron la energía que perdura y perdurará. Un momento maravilloso en que confluyeron en alquimia el amor al pueblo, la teoría y la acción. De dónde venimos nos enseñaron a no tener miedo, nos dieron la fuerza para seguir a pesar de la oscuridad del poder y nos inculcaron un amor tal que no nos deja desfallecer ni retroceder.

Campesinos, obreros, intelectuales, jóvenes, mujeres y hombres de todos los colores, heredamos la fuerza para continuar la lucha y transformar. No somos de Moscú, ni de China, ni de Albania, ni de Cuba. Nacimos aquí, aquí crecimos, aquí vivimos, aquí luchamos, somos el partido de la vida, somos el partido de la esperanza, somos el Partido Comunista Colombiano, tenemos el poder que emana del pueblo, tenemos la verdad, la justicia y el amor. hoy cumplimos 90 años y junto a muchos y muchas haremos la revolución.

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