Órbita de Pablo Armando Fernández

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Pablo Armando Fernández

El pasado 3 de noviembre falleció en La Habana uno de los poetas mayores de Cuba, quien además se destacó como novelista y ensayista consumado, lo que le valió en 1996 el Premio Nacional de Literatura

José Luis Díaz-Granados

Nacido el 2 de marzo de 1930 en el Batey del Central Delicias, al norte del oriente cubano, Pablo Armando Fernández descubrió muy tempranamente su vocación literaria. Su tierra natal, según el propio escritor «era un lugar que allá por los años treinta del siglo veinte se llamaba un american company town, uno de esos poblados que levantaban las empresas norteamericanas en cualquier parte del mundo. El verde amarillo de las planicies de los cañaverales lo rodeaba todo (…) Por eso yo me inventé Delicias como un lugar que fuera pura literatura, algo totalmente imaginado que se convirtió, sin yo saberlo, en mi primer encuentro con la poesía».

Muy joven, el poeta de Salterio y lamentaciones viajó a Nueva York, donde conoció a la escritora Carson McCullers, cuya amistad fue decisiva en los inicios de su carrera literaria. Desde los Estados Unidos, como lo declaró muchas veces, adhirió al Movimiento 26 de Julio, y cuando triunfó la Revolución el 1° de enero de 1959 comenzó a colaborar con entusiasmo en la construcción cultural de la nueva Cuba.

En los años cincuenta hizo amistad con los poetas inmediatamente mayores como Cintio Vitier, Eliseo Diego, Fina García-Marruz y naturalmente con José Lezama Lima. Con ellos, Pablo Armando tuvo la revelación y el asombro de la poesía de César Vallejo. Posteriormente conoció personalmente en La Habana a Gabriela Mistral, con quien trabó amistad. Era 1953, el año del Centenario de Martí y del asalto al Cuartel Moncada, y la autora de Desolación se encontraba de visita en la isla.

Discípulo incondicional

Desde entonces, la vida y la obra de Pablo Armando Fernández comenzaron a crecer: publicó Toda la poesía, Himnos, El libro de los héroes, Suite para Maruja, De piedras y palabras y Reinos de la aurora. Su novela Los niños se despiden recibió el premio Casa de las Américas en 1968. Posteriormente fue director de la revista Unión y del Fondo Editorial de la Casa. Su profundo amor por Colombia lo llevó a publicar libros de poesía exclusivamente inspirados en la patria de José Asunción Silva y José Eustasio Rivera. El último de ellos apareció editado por la Universidad de Antioquia a comienzos del siglo XXI.

Pero que sea la propia voz poética de Pablo Armando la que revele su lirismo:

¿Qué miras sobre el puente?

Miro pasar el agua.

¿Y en el agua qué pasa?

La forma de una rama.

¿Y en la rama qué busca?

Una hoja que fue verde,

amarilla, escarlata,

con alas para el vuelo

y una voz que arroba el alma.

Quien la vea no quiera

otra gracia, otro don,

en el agua que corre,

en el agua que canta,

busco encontrar la forma

que el alma me arrebata.

A Pablo Armando Fernández lo recordaremos como al escritor cubano que más amó a Colombia, desde su estancia en nuestro país como invitado a la I Feria Internacional del Libro de Bogotá a finales de los ochenta. Pero también lo tendremos siempre presente como un extraordinario poeta y eximio narrador, pero sobre todo como un leal y noble amigo de todos los momentos, un discípulo incondicional de Martí y de Fidel y un excelente patriota de Cuba y de Nuestra América.