Nueva geografía política en América Latina

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La lucha contra la desigualdad ha sido un catalizador de la conquista de cambios sociales más avanzados

Los efectos de la pandemia, que inciden en el crecimiento de la pobreza y el desempleo, invitan a una acción coordinada para superar la crisis. Esta acción, deberá tomar en cuenta la opinión de los sectores populares, justamente los más afectados

Alberto Acevedo

Después de los reveces sufridos debido a diferentes causas, por los gobiernos progresistas, América Latina vive una nueva oleada de exigencias reivindicativas, mucho antes de lo esperado. Movilizaciones en casi todos los países contra los efectos del modelo de desarrollo neoliberal, los recientes resultados electorales en Chile y Bolivia y la consolidación de gobiernos democráticos en México y Argentina, insinúan la conformación de una nueva geografía política en la región, de signo progresista.

Algunos analistas sugieren que lo que pudiera llamarse el quiebre del primer ciclo progresista generó una respuesta más rápida de lo que se esperaba entre los sectores derrotados.

El ejemplo más notorio es el del pueblo boliviano, que justo en un año logró derrotar la dictadura de facto e instaurar de nuevo en el gobierno al Movimiento al Socialismo, más renovado, más fortalecido, con una votación contundente, que tuvo que ser reconocida inclusive por la OEA, el aparato político de Washington que fue determinante en el golpe que sacó del escenario político al histórico dirigente indígena Evo Morales.

Factores de conciencia

La caída de los golpistas en Bolivia se produce gracias un proceso electoral abierto y franco. En las elecciones anteriores, el triunfo fue de Evo Morales, pero no de manera contundente. Ahora es diferente, se produce un cambio de calidad. No es solo la victoria electoral, sino la movilización popular, el bloqueo de vías, la acumulación de muchos factores de conciencia, del movimiento indígena, del campesinado, del movimiento social.

Durante los dos gobiernos de Evo, Bolivia fue sede de encuentros continentales de movimientos sociales y populares. Por consiguiente, en estos momentos hay justificadas expectativas de que se puedan crear condiciones para una integración regional de tipo alternativo. Precisamente, Luis Arce y David Choquehuanca han sugerido ya una revitalización de Unasur, de la Celac, y Bolivia pudiera ser árbitro de unas relaciones políticas en la región no subordinadas a Estados Unidos. Proceso en el que México y Argentina pudieran jugar un rol importante.

El resultado electoral chileno es un bálsamo, un catalizador de estos procesos populares. El plebiscito en esa nación es consecuencia de una revuelta estudiantil que terminó convirtiéndose en un juicio político al modelo neoliberal, que era puesto como ejemplo de desarrollo para América Latina. Ahora en Chile se abre una nueva etapa sobre cómo va a ser el debate por la nueva constitución que va a superar definitivamente el legado pinochetista, cuáles son las fuerzas políticas que van a conformar el órgano constituyente.

Más allá de la impotencia

El auge de la derecha ha sido respondido con movilizaciones, protestas y campañas electorales caracterizadas por fuertes fricciones de clase. Enormes movilizaciones sociales enfrentan a los sectores de derecha en el poder, representados en Sebastián Piñera, Jair Bolsonaro, Iván Duque y Lenín Moreno.

Como lo muestra el ejemplo de Chile, estos movimientos tienen la característica de no quedarse en la indignación. Y comienzan a demandar el cambio de modelo. En Colombia, la minga indígena le dijo al presidente Duque: sí señor, nuestra protesta es política y reclamamos cambios económicos y sociales. Estos movimientos pueden avanzar más allá de la impotencia y mostrar vocación de poder.

Estas expresiones populares no se hacen ilusiones con el gobierno de Biden en Estados Unidos. Pero, como se dice coloquialmente, sienten “un fresquito” con la derrota de Trump. Las elecciones en Estados Unidos muestran, a pesar de todo, que los sectores fundamentalistas ultraderechistas, pueden ser derrotados. Ya cayó Trump. Maduran las condiciones para la caída de Bolsonaro, de Duque, de Piñera, de Lenín Moreno.

Debilitamiento de la derecha

En el cercano y mediano plazo, hay acontecimientos futuros que pueden acentuar esta tendencia. En primer lugar, las elecciones parlamentarias en Venezuela, del 6 de diciembre, que de antemano significan un debilitamiento de Guaidó, que perderá su curul en la Asamblea Nacional. Puede a su vez significar un reposicionamiento del chavismo, si el partido de gobierno, el PSUV, ha adelantado un serio trabajo por las bases, aprendiendo la experiencia boliviana.

El correísmo en Ecuador se prepara para obtener un triunfo con la figura de Andrés Arauz como candidato presidencial. En Perú, la izquierdista Verónika Mendoza se postula a las presidenciales, como aspirante en medio de una profunda crisis institucional. El debilitamiento de las figuras de Álvaro Uribe e Iván Duque en Colombia, junto a las crecientes protestas populares, abonan el terreno para la postulación de un candidato presidencial de unidad popular en los próximos comicios. En Brasil, el Partido de los Trabajadores, con Lula a la cabeza, puede frustrar las aspiraciones reeleccionistas de Jair Bolsonaro.

Los efectos de la pandemia, que inciden en el crecimiento de la pobreza y el desempleo, invitan a una acción coordinada para superar la crisis. Esta acción, deberá tomar en cuenta la opinión de los sectores populares, justamente los más afectados. América Latina tiene el 8 por ciento de la población mundial, pero el 30 por ciento de los infectados, y el 34 por ciento de las muertes por coronavirus.

Como en el caso de Chile, el pueblo ha demostrado ser creador en sus luchas. Y también la que se da en estos momentos por superar la pandemia, puede perfectamente combinarse con la brega por el cambio de modelo de desarrollo, y tras de ella la lucha por un mundo mejor para el pueblo y los trabajadores.

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