No son máquinas de guerra

0
292

Pablo Arciniegas

Todavía no se conocen imágenes de cómo quedó la vereda Buenos Aires, del municipio de Calamar, en Guaviare, después del bombardeo realizado hace dos semanas por la Fuerza Aérea, en el que hasta el momento se cuentan tres menores de edad muertos. Pero, lo más probable es que sean imágenes de una devastación tremenda, porque así es como en fotos y videos se observa el área rural del municipio de Puerto Rico, en Caquetá, después de también haber sido bombardeada en agosto del 2019; hecho en el que murieron 18 niños.

En aquel material, que fue determinante para lograr la renuncia del exministro de defensa Guillermo Botero (hoy cónsul en Chile, como premio de Iván Duque), un cráter en la tierra, de quince metros de ancho y cinco de profundidad, manifiesta el poder destructivo del armamento de nuestras gloriosas fuerzas armadas, o fuerzas letales como les dice María Fernanda Cabal. Quienes lo registran, además, enfocan escombros de cambuches y restos calcinados de personas, que son tan gráficos que no se pueden transmitir sin filtro.

Con estas imágenes en la cabeza, no es difícil imaginar el terror con el que mueren los objetivos de un bombardeo. Sea quienes sean, para ellos y ellas ha de ser una aniquilación de proporciones bíblicas. Y por eso, el Derecho Internacional Humanitario (DIH) le ha puesto unos límites a esta carnicería, para hacerla más ‘humana’. Por ejemplo, un bombardeo solo se debe ejecutar contra blancos armados y no poblaciones vulnerables, como niños, indígenas y civiles, y debe ser una respuesta bélica proporcional al poder armado del enemigo al que se está bombardeando.

Precisamente, los ejércitos alrededor del mundo tratando de cumplir esta política desarrollan actividades de inteligencia para evitar que en sus operativos aparezcan víctimas que puedan deslegitimar el ataque. Pero en Colombia ―muy al estilo gringo― la orden de ejecutar un bombardeo no tiene en cuenta criterios del DIH ni tampoco mucha inteligencia, sino que, de la manera más canalla, la orden del bombardeo se efectúa haciendo una interpretación torcida del DIH, con motivos políticos y de imagen.

Esto lo deja claro el ministro de Defensa, Diego Molano, que como funcionario duquista ejemplar, repitió Derecho Internacional Humanitario en una entrevista que le hizo La W, tantas veces como los hacía su jefe cuando hablaba de ‘cerco diplomático’. DIH, DIH, DIH… pero jamás supo responder por qué en la morgue hay tres cadáveres de niñas como saldo del operativo que lo debe estar convirtiendo en un prócer en los círculos uribistas.

Lo que sí dijo, es que amparado en el DIH autorizó el ataque porque se estaba haciendo contra la disidencia de alias Gentil Duarte, “qué es el peor terrorista que tiene este país”, así lo definió en la entrevista. Lo que quiere decir que, en Colombia el DIH permite matar niños cuando se está luchando contra el narcotráfico. Pero el ministro ―grandilocuente desde que se inventó el protestódromo en sus años de concejal― salió a aclarar que los menores asesinados no eran eso, sino máquinas de guerra. Y no contento, desvió la atención, diciendo que primero fueron víctimas del reclutamiento forzado.

No sea tan descarado, señor ministro, ¿a usted le parece que un niño de nueve años es una máquina de guerra, un ser siniestro, sin sentimientos, un mercenario al que se debe combatir arrojándole bombas de 250 kilogramos?, ¿Y a usted le parece proporcional semejante despliegue militar contra una vereda donde habitan familias de campesinos y personas indefensas, como para llamarlo Derecho Internacional Humanitario? Muestrenos la parte del informe de inteligencia en el que dice que ellos también son terroristas, ¿o nos quedaremos a que la Fiscalía de Barbosa le maquille las cifras como advirtió en La W?

No, señor ministro, no son máquinas de guerra, son olvidados, y es cierto, tal vez, no tendrían que estar cerca de una disidencia, si en Colombia no hubiera abandono y oportunidades, y si la administración para la que usted trabaja tuviera palabra y cumpliera los Acuerdos de Paz, que sí buscaban terminar la guerra a la que usted le está echando candela. No quiero terminar sin decirle a los lectores que Danna Liseth Montilla, una de las niñas a las que el ministro llamó máquinas de guerra, tenía 16 años y estaba intentando escolarizarse por WhatsApp antes de que le cayera el cielo encima. Diego Molano y su jefe dieron la orden de matarla. Y ojalá, si ambos tienen un poquito de consciencia, esto que acabo de escribir no los deje dormir nunca más.

Epílogo

También es muy triste que en Colombia se haga la vacunación contra el Covid con jeringas vacías, como denunció una mujer en Bogotá. ¿A qué clase de esquema criminal irán a caer estas dosis?