«No es que vuelva con el humor, es que nunca he salido de él»: Juan Carlos Tabío

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Juan Carlos Tabío, 1943–2021

A Édgar Montañez, In Memoriam

Juan Guillermo Ramírez

En una entrevista le preguntaron si nunca pensó en hacer una película de época. A lo que él respondió: ¿De qué época? ¿De esta? Juan Carlos Tabío siempre tenía una respuesta mordaz. Otra vez, una estudiante, le dejó ver que era bien raro que una persona tan seria y a veces tan triste, solo hiciera comedias. Le gustaba la música clásica, leía libros de ciencia, veía béisbol y series policiacas.

Nace en La Habana en 1943 y muere en 2021. Comenzó a trabajar en el cine cubano, con menos de veinte años, como asistente de dirección. Debió pasar más de una década para que accediera a la realización de documentales, sobre cantantes de visita en Cuba por aquellos años como la sudafricana Miriam Makeba (1973), la venezolana Soledad Bravo (1974) o la dominicana Sonia Silvestre (1975).

Sus dos primeros cortos de ficción anuncian las características principales de su cine posterior: Dolly back (1986) y La entrevista (1987) se acercan a la burla cubana, en tanto expresión enraizada en la idiosincrasia isleña, y además expresan una voluntad brechtiana, de distanciamiento, aunque de manera jubilosa y lúdica, para construir cine dentro del cine, o explicitar los mecanismos de la puesta en escena.

Tabío había llegado a la dirección de largometrajes en 1984, luego de realizar unos treinta documentales, y como parte de la oleada de nuevos cineastas que arribaron en esa década, casi todos realizadores que intentaron ganarse nuevamente el favor del público. En 1961, comienza a trabajar en el ICAIC como asistente de producción y después como asistente de dirección.

Actualidad social

En 1963, realiza su primer documental y a partir de ese momento colabora en los guiones de varios filmes importantes de la cinematografía cubana. Entre 1963 y 1980 realiza más de 30 documentales y, en 1983, dirige su primer largometraje de ficción, Se Permuta. Entre 1989 y 1990, se desempeñó como profesor de guion y dirección cinematográfica en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños y en la Escuela de Radio, Cine y TV, ambas de Cuba. Impartió talleres de guion, dirección y dramaturgia en varios países: México, Costa Rica y Panamá.

Sus largometrajes parten de un hecho de actualidad social, noticiable: la permuta (Se permuta); el hieratismo individual y social, la burocracia (Plaff); los cien años del cinematógrafo (El elefante y la bicicleta); los problemas del transporte, la escasez (Lista de espera); las coproducciones cinematográficas (Aunque estés lejos); la quimera dorada de recibir una herencia (El cuerno de la abundancia). Cada historia sabrá trascender la especificidad de lo noticiable precisamente a partir de una coralidad que es también reporteril. Pues, desde Se permuta hasta El cuerno…, Tabío describe el entramado social de una época a partir de la contraposición de los puntos de vista de sus personajes sobre un mismo fenómeno.

En esa etapa de crisis para el cine cubano que fueron los años 90, le tocó a Tabío volver a sacar la cara por la cinematografía nacional y junto con Tomás Gutiérrez Alea se dedicó a deconstruir los elementos moralizantes, pretenciosos y enfáticos que impregnaron el cine cubano en sus primeras décadas de vida. Así, codirigieron las mundialmente famosas Fresa y chocolate y Guantanamera, la primera atenta a revelar un pasado-presente de exclusión e intolerancia, y la segunda más dedicada a retratar un presente – ¿futuro? regido por la doble moral y la burocracia.

El cine dentro del cine

La amplia distribución y popularidad internacional de que gozaron Fresa y Chocolate y Guantanamera, convirtieron a Tabío en uno de los directores favoritos de los coproductores extranjeros, y la fama de estos filmes opacó la aparición de El elefante y la bicicleta (1994), uno de los pocos intentos cubanos por celebrar el centenario del cine. El filme contaba, desde las claves cercanas al realismo mágico, la llegada del cinematógrafo a una pequeña isla y cómo se transforma la vida de sus pobladores, pues el invento despierta la imaginación de los habitantes y su capacidad de cambio.

La siguiente película en solitario fue Lista de espera (2000), que inició la colaboración en el guion con el escritor Arturo Arango. La película se concentra en una pequeña comunidad aislada, elegida con similar intención simbólica o generalizadora que la isla en que acontece la acción de El elefante y la bicicleta. Aunque estés lejos (2003) representa la sublimación del juego del cine dentro del cine, mientras que El cuerno de la abundancia (2008) se funda sobre la mixtura genérica del pastiche y el cuestionamiento más o menos sutil de la capacidad fabuladora de los cubanos.

Ambos filmes consiguen al unísono risas y amargura, reflexión y chistes gruesos, polémica y cuestionamiento de prejuicios diversos. Tabío se apartó del cine por razones de salud, aunque se asomó de nuevo al medio con la dirección de un cuento en la película de dirección colectiva 7 días en La Habana (2011), junto con el boricua Benicio del Toro, el español Julio Medem, el francés Laurent Cantet, el argentino Pablo Trapero, el palestino Elia Suleiman y el argentino-francés Gaspar Noé.

Uno de los rasgos recurrentes de su producción de cine fue el uso de técnica intertextuales como la autorreferencialidad, la desfamiliarización y el cine dentro del cine. Recursos que evocan elementos claves de la teoría de Brecht que Tabío utilizó para presentar una radiografía social de Cuba en las últimas décadas.

La dialéctica del espectador

Administrando los recursos narratológicos en sus obras y las “teorías” que los fundamentan devienen la expresión más sofisticada de una duda que permea su cinematografía: ¿en qué medida las concepciones que un grupo privilegiado (artistas, intelectuales, funcionarios) tiene sobre una película se corresponde con los verdaderos usos y significaciones que le confiere cada espectador? Esta búsqueda no tendrá un cierre categórico en cada material suyo, será más bien el fuego de una incertidumbre perenne, recurrente e incluso cíclica que el realizador aspira a encender en el público.

Dentro y fuera de los filmes de Juan Carlos Tabío reconocemos una dialéctica del espectador que ya no reproduce la división entre “contemplativo” y “activo” que propusiera su maestro Tomás Gutiérrez Alea. Tanto los juegos formales como la amplia gama de ángulos desde la que se aterriza hacia un fenómeno social en cualquiera de sus obras asumen una recepción capaz siempre de posicionarse ante lo que se le muestra, de acuerdo con sus competencias e intereses personales.

En la dramaturgia del reportaje, que recoge, organiza y jerarquiza disímiles opiniones sobre un hecho noticioso, que tiene como fin último el contraste, se encuentra la misma concepción de un público apto para elaborar conclusiones propias. Se deduce por otra parte la preocupación por llegar a muchos que este oficio asume desde finales del siglo XIX y desarrolla en el XX sin la cortapisa de arte “culto” con que cierta ficción cinematográfica aspiraba a instalarse en un medio masivo.

A los críticos y estudiosos del cine nos queda la tarea pendiente de ubicar, en el lugar descollante que le corresponde, la filmografía de Juan Carlos Tabío, considerada entre las obras cinematográficas más coherentes y lúcidas nacidas en Cuba, pero subestimada durante muchos años por todos aquellos elitistas que ven la comedia como un género menor.

La obra de Juan Carlos Tabío y su generación necesita ocupar el lugar que merece dentro del cine cubano. El “sentido común” y la teoría desde Mijaíl Bajtín hasta los estudios culturales latinoamericanos más recientes podrían ayudarnos a entender las acusaciones de populismo como una señal de que el pueblo con estos directores había dejado de ser objeto para transformarse en voz.

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