No es un accidente, es el capitalismo

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Fuego en el amazonas brasilero. Foto Víctor Moriyama, Greenpeace Brasil.

La selva amazónica arde, los medios miran para otra parte y los usuarios de internet llaman a cadenas de oración. La destrucción medioambiental no es un desastre natural, es una estrategia deliberada y calculada que busca apropiarse de más tierras para el negocio agroindustrial

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

Lleva la Amazonía ardiendo más de tres semanas y el mundo solo vino a enterarse hace pocos días. El principal pulmón del planeta está destruyéndose a una peligrosa velocidad y los medios de comunicación nos han tenido entretenidos con noticias basura. Fueron esta vez –una vez más– las redes sociales el escenario donde se divulgó esta información y el mundo pudo enterarse del terrible daño ambiental que se está produciendo en estos momentos en el continente suramericano.

Así es. Más de 70 mil focos de voraces incendios forestales están destruyendo buena parte de la selva amazónica en los estados brasileños de Acre, Rondônia, Mato Grosso y Mato Grosso do Sul. Más de 500 mil hectáreas de bosque y selva tropical han sido destruidas, pero todo se mantuvo en la más absoluta discreción hasta cuando la situación se salió de control y comenzó a afectar territorios de Bolivia, Perú y Paraguay. Entonces fue imposible ocultarlo.

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, compareció ante los medios y minimizó la situación. Dijo que no era para tanto, que esta es temporada de quemas y que, si acaso había responsables, estos eran las ONG ambientalistas quienes seguramente habían provocado los incendios para desprestigiar al gobierno.

Destrucción de la selva

Es cierto que en esta época del año muchos agricultores de la región –terratenientes y minifundistas– acostumbran a hacer quemas para despejar pastizales y prepararlos para la siembra, pero este año todos los observadores están muy preocupados porque el área incendiada ha aumentado un 83%, es decir, casi se ha duplicado.

Lo más grave es que los incendios no son el problema en sí, sino tan solo el síntoma de una situación mucho más compleja y preocupante cuya principal manifestación es la deforestación, el verdadero peligro que se cierne sobre la selva amazónica. Existe una relación causal entre la deforestación y los incendios. Este año, los 10 municipios con mayor área incendiada son también los que han tenido mayor deforestación.

La deforestación, la tala de árboles, el secamiento de lagunas, el encauzamiento de quebradas y ríos, en resumen, la destrucción de la selva tiene como propósito habilitar las tierras de la Amazonía para el aprovechamiento de los grandes capitales agroindustriales del país. En concreto, los principales sectores económicos interesados en expandir sus negocios a los territorios de la selva son los ganaderos, los traficantes de madera, las mafias –siempre interesadas en controlar los prometedores negocios ilegales que son frecuentes en las zonas de colonización– y las empresas agroindustriales promotoras de grandes monocultivos,

Estas últimas han expandido sus negocios hacia las zonas selváticas y también lo han hecho muchos colonos que por iniciativa propia se han desplazado hacía allí buscando mejores oportunidades de vida. La expansión acelerada de la frontera agrícola es promovida por el gobierno que tiene al gremio de la producción agroindustrial como uno de sus principales apoyos políticos. Este sector está muy bien organizado, son capaces de influir en la opinión pública en Brasil, financian las campañas electorales de varios diputados y han logrado que Bolsonaro nombre como ministra de Agricultura a una de sus principales representantes.

Así, por ejemplo, la acuciosa ministra ha reducido en un 60% el presupuesto para las ONG ambientales y ha encabezado la propuesta para quitar a los indígenas el derecho a delimitar sus territorios ancestrales y dárselo a los gremios de la agroindustria.

Bolsonario, enemigo de la naturaleza

El propio presidente Bolsonaro, en el estilo cínico, vulgar y grosero que ya le conocemos, ha dicho que los indígenas impiden el progreso del país y que no dará ni un milímetro más de territorio a las comunidades originarias. Ha prometido desregular las políticas que impiden la depredación de la selva en favor de los grandes latifundistas, a pasos acelerados está desmontando todas las políticas públicas de protección ambiental y mientras tanto insulta y se burla de las organizaciones ambientalistas y de las comunidades indígenas. Para él, la selva amazónica no es sino una maleza que hay que tumbar para poder hacer negocios.

Ante el desastre, la comunidad internacional ha reaccionado y países como Noruega y Francia, financiadores del Fondo para la Amazonía, han dicho que suspenderán sus aportes mientras el gobierno no dé muestras claras de compromiso con la protección de la selva. El presidente de Francia, Emmanuel Macron ha suspendido la entrada en vigor del tratado de libre comercio entre Mercosur y la Unión Europea y tras la reunión del G-7 (Alemania, Estados Unidos, Canadá, Japón, Italia, Gran Bretaña y Francia) el grupo ha destinado 20 millones de euros para apoyar a los gobiernos de la región en el control de los incendios.

Modelo global y acumulación

Es de aplaudir la decisión del presidente Evo Morales de contratar varios aviones cisterna para que ayuden a parar las llamas, pero no podemos llamarnos a engaños. Los gobiernos de los países que comparten la cuenca amazónica históricamente no han desarrollado políticas vigorosas de protección de la selva. Ello incluye a los gobiernos progresistas de Brasil, Venezuela y Bolivia de quienes se esperaría un mayor compromiso con el medio ambiente y con la Amazonía en particular.

Las llamas desatadas en la Amazonía no son un accidente, no son un fenómeno natural sino, evidentemente, obra de seres humanos. Pero más allá de ello, los incendios deben entenderse como expresiones de una forma de apropiación originaria del territorio que corresponde a la distribución internacional de los roles dentro de un específico modelo de acumulación capitalista. En otras palabras, en la economía global los países periféricos como Brasil deben proveer al mundo de materias primas baratas y ser consumidores de costosos productos manufacturados. Su deber entonces, si quieren ser competitivos en el mercado global, es aumentar la producción de esos bienes como palma, oro o petróleo.

Pero resulta que la expansión productiva de esos bienes no depende de una mayor investigación o innovación, es decir, el valor agregado no aumenta gracias al mejoramiento de los procesos, como ocurre en las economías industriales. En las economías agrarias, como las latinoamericanas, la única opción para la expansión productiva de los bienes primarios es necesariamente geográfica, es decir, para producir más hay que tener más tierras. Y en nuestros países hemos presenciado cómo la expansión de la frontera agrícola se ha dado muchas veces con violencia. Es lo que ha sucedido con nuestros ocho millones de desplazados y es lo que está sucediendo en este momento con la selva amazónica.

Salvar a la humanidad

Es angustioso ver las imágenes de la selva en llamas a través de la televisión o de las redes sociales y no poder hacer nada. Los incendios han servido para hacer llamados a comportarse éticamente con el planeta, a no votar por políticos que no se comprometan con el ambiente e incluso a cadenas de oración con la etiqueta #PrayForAmazonas (recen por el Amazonas).

Es comprensible que estos desastres llamen a una reflexión individual pero no podemos quedarnos ahí. Lo que está sucediendo debe llevar a darnos cuenta de las causas estructurales del desastre porque cada vez es más evidente que la única manera de salvar a la humanidad es acabar con el capitalismo.