Mundial Brasil 2014: Malestar en el fútbol

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Los manifestantes en Brasil reclaman mayor inversión social.

Los habitantes del país más futbolero del mundo, que sin embargo protagonizan protestas por estos días, dicen que no están en contra del Mundial, pero sí rechazan el excesivo derroche de recursos, que podrían invertirse en bienestar social

Los manifestantes en Brasil reclaman mayor inversión social.
Los manifestantes en Brasil reclaman mayor inversión social.

Alberto Acevedo

La Copa Mundo de Fútbol y los Juegos Olímpicos son dos de los megaeventos más lucrativos del capitalismo global. En el caso del Mundial de Fútbol Brasil 2014, el evento hace parte del calendario de deporte competitivo más representativo a escala planetaria, que integra un modelo de eventos, tras los cuales actúan poderosas empresas transnacionales que comercializan turismo, hotelería, transporte, servicios y distribución de productos.

Paralelo al desarrollo neoliberal, en materia de cultura y deporte, se han venido poniendo en escena un tipo de eventos macro, que concentran multitudes y permiten la comercialización de productos de grandes marcas en escala superlativa. Baste citar, por ejemplo, el Rally Dakar, el concierto de Rod Stewart en las playas de Copacabana, en Río de Janeiro, que reunió a tres millones y medio de personas, el de la Filarmónica de Nueva York, en el Central Park, en 1986, con 800 mil asistentes, y otros.

Altos costos

Los megaeventos seguramente tienen su antecedente inmediato en el icónico Woodstock, de 1969, al que se esperaban 60 mil personas y llegaron 400 mil, en tanto que 250 mil más no pudieron entrar. Aunque debe precisarse que este último evento fue una gigantesca manifestación artística contra la guerra en Vietnam y por la paz en el mundo.

En el caso de los países en desarrollo que han sido escogidos como sede de la Copa Mundial de Fútbol, la FIFA, entidad rectora del deporte de la gramilla, impone a los gobiernos gastos monumentales que en la generalidad de las veces riñen con las metas de desarrollo e inversión social. En Brasil, según cifras oficiales de ese país, el gobierno ha debido hacer gastos por casi 12 mil millones de dólares en obras de construcción, reforma de estadios e infraestructura. Es decir, una gran inversión de recursos públicos. Es, por cierto, la mayor inversión hasta ahora realizada en un evento de esta naturaleza, superior a la de los mundiales de Alemania y Sudáfrica juntos.

En este contexto, la FIFA impone a Brasil gastos y costos políticos más allá de los terrenos del juego. La organización del evento deportivo ha afectado la vida de 250 mil brasileños, pues ha desplazado comunidades enteras para dar paso a la construcción de modernas instalaciones y vías de acceso, ha militarizado favelas, desplazado trabajadores, en tanto que un número cada vez mayor de niños y adolescentes han sido colocados en riesgo de explotación sexual, amén de que los habitantes de calle han sido violentamente reprimidos en una especie de ‘operación limpieza’, y las manifestaciones de inconformidad con el evento, criminalizadas.

Muchos brasileños consideran que la Copa Mundo no va a dejar un legado positivo a la población. Y a pesar de que Brasil es el pueblo más futbolero del mundo, se ha convertido en un hervidero social, en el que se ha politizado el debate nacional en torno a cuestiones estructurales y prioridades en inversión pública, un debate saludable que apunta a la corrección de procesos políticos, pivotes de desarrollo social y sobre todo, el modelo de ciudad que anhelan los brasileños.

Manifestantes en las calles han dicho por esos días: ‘somos amigos del fútbol, pero más amigos de una vida digna’, que al parecer aún no la alcanzan, por el elevado costo del transporte público, las carencias en salud pública, en vivienda, en educación básica. “El Mundial no provoca desigualdad, pero la refuerza”, dice Carla Toledo, una activista social.

“Nosotros no estamos en contra del Mundial en sí, sino contra los miles de millones de reales que se gastaron. Ellos podrían haber sido invertidos en salud, transporte, vivienda, que son muy necesarios”, dijo una mujer que se identificó como Waldirene, que sin embargo alienta la esperanza de que la selección brasileña se lleva la copa del Mundial.

Pauta publicitaria

Organizaciones sociales del Brasil critican los extremos de comercialización que se esconden detrás del evento deportivo, con la bendición de la FIFA, rodeada de una aureola de corrupción y que algunos comentaristas deportivos comienzan a calificar como la ‘FIFA Nostra’.

Hay una mercantilización y privatización del deporte rey. La pauta publicitaria es multimillonaria. Los derechos de transmisión, la privatización del espacio público en los grandes medios de comunicación, son expresión de este fenómeno. Grandes multinacionales patrocinadoras, como Coca-Cola, McDonald’s, Puma, Brahma, Speedo, Nike, y otras, hacen su agosto. Se mueven en su entorno los grandes empresarios y políticos que han hecho del deporte refugio de sus intereses y a menudo de capitales mal habidos. Tal es el caso de Silvio Berlusconi en Italia, Sebastián Piñera en Chile, de la monarquía española y de los Emiratos Árabes, dueños de las respectivas selecciones nacionales de fútbol.

El proceso de organización del Mundial en Brasil, por lo demás, rozó la violación de la esfera de los derechos humanos: forzó la expulsión de comunidades urbanas en algunas de las 12 ciudades sede del encuentro deportivo, sometió a niveles de superexplotación a los trabajadores que participaron en la construcción de obras, con salarios muy bajos. Hasta 2013 habían muerto siete trabajadores, indicaron algunas organizaciones sindicales.

Prostitución

Hay un aumento significativo de explotación sexual a niños y niñas en torno a esas grandes obras, primero suministrando servicios a quienes se movían en torno a las construcciones, y después alrededor de los turistas. Por ejemplo, en los alrededores del estadio de Sao Paulo, donde se jugará el partido de apertura, un grupo de proxenetas ofrece desde ya servicios sexuales de niñas entre 11 y 17 años de edad.

Hay paquetes turísticos ‘triple A’, que ofrecen a invitados muy selectos espacios ‘limpios’ libres del crimen, sin pordioseros en el paisaje, con cuerpos de seguridad privados y un escogido grupo de mujeres jóvenes a su disposición. El turismo sexual en Brasil produce monumentales ganancias.

Quienes se han lanzado a las calles a expresar su malestar por este estado de cosas no han rechazado de manera tajante la realización de la Copa Mundo. Critican el derroche de recursos y la desatención social. No hay en ellos tampoco una condena expresa al gobierno de Dilma Rousseff, en quien reconocen los aciertos de su gobierno. Demandan es una rectificación en el estilo de su política social. Este es el escenario de Brasil 2014, que comienza en una semana y que anuncia nuevas tormentas sociales.