Mujeres y Fronteras Imperiales: Ciudad Juárez

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Diana Carolina Alfonso
@DianaCaro_AP

En 1810 el cura agrarista Miguel Hidalgo, al grito de ¡Viva México y muera el mal gobierno!, prendió la llama de la independencia junto a miles de familias campesinas e indígenas que reclamaban lo que les había sido usurpado por la colonia.  Contrario a lo que afirmaba Hegel, América se encontraba escribiendo una historia universal a contrapelo del mandato colonial.

En 1848, Estados Unidos firmaba su apuesta expansiva por el continente. Ese año se estableció la frontera acuífera del Río Bravo como la puerta inmediatamente trasera de los Estados Unidos. La carrera imperial norteamericana comenzaba a arremeter contra América Latina treinta años antes de que el Congreso de Berlín pautara el avance europeo sobre África, Medio Oriente y Asia. Desde entonces la guerra contra la población fronteriza se perpetuó de todas las formas conocidas: la concentración agraria, el genocidio, la esclavitud, y por supuesto, la violencia sobre las mujeres a fuerza de misoginia racista, tal como lo relató la escritora chicana y feminista Gloria Anzaldúa en su obra Borderlands / La Frontera (1987).

Con el paso de los años y la bota cruel del neoliberalismo que todo lo pisotea, la frontera imperial se convirtió en un agujero negro inhumano. Al norte de México, Nuestramérica padece la frontera que le separa del vecino del norte como un cinturón de lava ardiente. Ese paso no es otro que el Río Bravo, también conocido como Río Grande desde el lado norteamericano de la vida. El Río delimita la doble frontera de Texas y Chihuahua, pasando por las ciudades de El Paso, Texas, y Ciudad Juárez, México.

La tristemente célebre frontera entre México y Estados Unidos ha terminado por descomponerse en resultas de dos procesos sincrónicos: por un lado, la apertura neoliberal del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, TLCAN, de 1994, y por otro, la explosión del narcotráfico. Si la apertura neoliberal puso a disposición miles de manos obreras de mujeres que llegaban a trabajar en el inclemente sistema maquilador, la nueva soberanía del narcotráfico acusó un empoderamiento criminal de las redes de tráfico coordinadas por hombres cuyo fin último es el control territorial. En estos años la muerte dejó de entenderse como un medio para disuadir a la competencia. Desde entonces, el asesinato expresa una sola posibilidad del ejercicio de la soberanía: decidir quién muere y quién vive.

La muerte se ha tornado un fin en sí mismo. Fue en ese nuevo ejercicio de la soberanía donde nació un patriarcado espeluznante. En otras palabras, si el TLCAN arruinó la economía y empobreció a la población, el narcotráfico echó mano de esos brazos caídos disponibles, puso un arma en sus manos y la posibilidad de gobernar a capricho el cinturón de lava y muerte que es esa frontera imperial. Fue así como la virilidad se entroncó con la soberanía de muerte.

La curva de feminicidios en la frontera se elevó exponencialmente con el arribo de El Señor de los Cielos en 1993. Sin embargo, sólo durante el 2010 y el 2012 el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio, una organización civil integrada por una red de agrupaciones de mujeres, documentó la muerte por violencia sexual de 4,112 mujeres y la desaparición de 7,088. Muchas de las víctimas de asesinato en Ciudad Juárez han sido empleadas de maquiladoras.

El sistema de descartabilidad del neocolonialismo patriarcal, impele a mujeres, disidencias y todos los feminismos, a defender la vida y la memoria histórica. Al feminismo popular le es imprescindible dirigirse hacia una solidaridad que, programática, aporte a la larga lucha antiimperialista de nuestro continente. Porque aunque impriman la gramática del terror sobre nuestros cuerpos, no sólo vienen por nosotras. Vienen por todo, por todas y todos. Por todo ello, nuestros cuerpos son también territorio de resistencia y revolución.

Sólo aquel historiador que esté firmemente convencido de que hasta los muertos no estarán a salvo si el enemigo gana, tendrá el don de alimentar la chispa de esperanza en el pasado. Pero este enemigo no ha dejado de vencer.

-Walter Benjamín

Foto desinformemonos.org