Migrantes de la desesperanza

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Momento en que los migrantes de Honduras son detenidos en Guatemala, golpeados, heridos y encarcelados sin consideración

Honduras se ha convertido en una máquina de hacer pobres. La gente se desplaza en busca de una vida mejor y es reprimida por las fuerzas policiales que encuentran a su paso

Ricardo Arenales

El éxodo que el 15 de enero pasado iniciaron unas seis mil personas, integrantes todas ellas de familias hondureñas, azotadas por una compleja crisis social, que en la práctica los expulsó de sus hogares, y a cambio los impulsó a ir tras el “sueño americano” de cruzar la frontera con Estados Unidos y buscar una oportunidad de trabajo, que en su país les resultaba ajena, terminó por frustrarse.

Apenas tres días duró la ilusión, porque al cabo de una caminata de 72 horas, a la que se habían sumado ciudadanos de otros países centroamericanos en igual condición de desamparo, había logrado llegar hasta la población de Vado Hondo, en Guatemala. Allí, fuertes contingentes de tropas del ejército y la policía, coordinados por el presidente de ese país, Alejandro Giammattei, los atacaron a garrote y gases lacrimógenos.

Varios caminantes resultaron heridos, al menos 1.300 fueron detenidos y al cabo del enfrentamiento, otros mil más regresaron a sus países de origen. Organizaciones de derechos humanos de Honduras y Guatemala coincidieron en señalar que al menos cuatro gobiernos, los de El Salvador, Honduras, Guatemala y México, se plegaron a las exigencias del Departamento de Estado de Estados Unidos, que los conminó a detener la caravana e impedir que cruzara la frontera sur de ese país.

Redención frustrada

El gobierno autoritario de Juan Orlando Hernández, por su parte, había desplegado a unos siete mil policías, fuertemente armados, para impedir que los caminantes salieran de Honduras; éstos evadieron el control al utilizar los denominados pasos oscuros de la frontera.

Era el primer éxodo en tiempos de pandemia, el primero de este año de cambio de administración en los Estados Unidos. Desde la localidad de San Pedro Sula habían iniciado el que creyeron camino de redención familias enteras, incluyendo niños de todas las edades. Los marchantes emprendieron el largo y peligroso camino a pie, huyendo de la violencia, la miseria y la falta de futuro.

Honduras es uno de los países con mayor índice de desigualdad y pobreza en América Latina, con casi el 70 por ciento de la población sumida en la pobreza, y más del 40 por ciento en la pobreza absoluta. También es señalado como uno de los países más peligrosos para la vida de quienes defienden el derecho a poseer la tierra y los bienes comunes. Más de 140 defensores de derechos humanos han sido asesinados en la última década. Honduras es particularmente violento contra los periodistas, las mujeres y la comunidad LGBTI.

Golpeados por la naturaleza

Casi 90 periodistas y trabajadores de los medios de comunicación; más de 360 personas de la comunidad LGBTI y un número infinito de mujeres, perdieron la vida desde 2001. Con la particularidad de que la impunidad supera el 90 por ciento en todos estos casos.

A esto se suma la indiferencia oficial frente a desastres como la pandemia del coronavirus, y de dos huracanes, particularmente devastadores. “Muchas de las personas que participaron en esta última caravana lo perdieron todo por los huracanes y estaban viviendo en albergues, refugios o debajo de los puentes”, dijo un vocero de la Convergencia contra el Continuismo en Honduras.

En un comunicado, la Convergencia dijo que los problemas fundamentales del país residen en la brutal concentración de la riqueza y en el proyecto continuista del presidente Juan Orlando Hernández. “El país se ha convertido en una máquina de hacer pobres. La gente huye y es desplazada por la mano criminal de esta dictadura”, dijo la organización.

“Sin cambios estructurales del modelo económico y político, va a ser imposible frenar el éxodo diario de miles de familias hondureñas”, dijo por su parte el periodista Bartolo Fuentes, experto en temas migratorios.

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