“Mi único delito fue defender el territorio”

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Elizabeth García. Foto Mónica Miranda

En el marco del VI Foro Internacional de Víctimas, el semanario VOZ dialogó con Elizabeth García sobre las mujeres migrantes, el retorno digno y la coyuntura nacional. Ella es indígena arhuaca de la Sierra Nevada de Santa Marta, abogada y exiliada en Canadá

Violeta Forero
@Violeta_Forero

¿Qué significa ser víctima en y por fuera de Colombia?

-El adjetivo “víctima” de un momento a otro se convirtió en sustantivo, se perdió el nombre. Entonces ya no soy Elizabeth García, la abogada, la esposa, la defensora del territorio, sino que ahora soy víctima y entonces es como una etiqueta más. Pero creo que en la vida y hablando del conflicto, una pasa por muchas etiquetas en donde se va perdiendo la identidad.

Entonces, víctima para mí es solamente una nominación legal en la que ni siquiera las leyes se han puesto de acuerdo en saber qué somos, cómo somos, qué necesitamos, qué queremos o cuál es el límite de lo que el Estado considera que nosotros tenemos como derechos.

Yo no soy víctima, yo soy Elizabeth García, que fuí víctima de un delito y que por ese delito fui obligada a salir del país. Entonces, para mí víctima es solamente una denominación legal y no cambia para nada lo que yo soy como mujer.

Lideresa social

¿Por qué buscaste el exilio?

-Desde muy chiquita trabajé tanto en organizaciones indígenas como con organizaciones afrocolombianas en defensa de los territorios, de la consulta previa, de alertas tempranas, de construcción de derechos propios, defensa de la justicia tradicional y ancestral, y de un momento a otro, terminé orgullosamente envuelta en muchos procesos organizativos de base, en territorios que eran deseados por las compañías mineras en el Cauca, por las palmeras en el sur del Pacífico, las empresas que querían las represas y ese Ser Supremo me dio la posibilidad de estar presente para empezar a defender estos derechos.

Yo no me arrepiento. Yo no me equivoqué. Se equivocaron ellos que truncaron mi vida, que truncaron las posibilidades de seguir construyendo con un pueblo, de dejarme huérfana y de dejar huérfanos a los procesos que había iniciado. Y el por qué es la pregunta que siempre uno se hace desde que está saliendo. Responder a la pregunta es culpabilizarse porque siempre se contesta en función de lo que uno hacía, como si lo que uno hiciera estuviera mal, y no.

La respuesta entonces sería que esta sociedad está podrida, porque el Estado no quiere asumir responsabilidades, porque las personas como yo somos incómodas para muchos otros, porque yo sigo pensando en que nuestros territorios son territorios que merecen y que deben ser respetados, en que la humanidad tiene que ser más equitativa, en que las mujeres merecemos estar en un lugar diferente, en que las juventudes tienen derecho a soñar.

Yo tenía en ese momento protección estatal del Departamento Administrativo de Seguridad, DAS. Yo era presidente de la Federación Nacional de Cooperativas Agropecuarias, Fenacoa, y si me preguntan por responsables, fue el DAS, quienes me habían adjudicado para protegerme, me hicieron padecer mucho dolor y eso me hizo perder la confianza en muchas cosas. Yo me fui de aquí hace 12 años, con muchísimo dolor y de a pedacitos, como un rompecabezas, he tratado de reconstruir mi vida. Mi único delito fue defender el territorio.

Mujer y exilio

¿Qué es ser mujer en Colombia?

-A medida que yo he recorrido muchos procesos, he encontrado que ser mujer es duro, no importa dónde estés. Ser mujer es duro si eres rica, si eres pobre, si eres indígena, si eres afro. Lo que pasa es que a ese ser mujeres hay que agregarle ciertas particularidades también, porque pasa más allá de una diferenciación biológica y creo que eso hay que pensarlo mucho.

Yo creo que ser mujer en Colombia es ser portadora de una historia inmensa, de una lucha que aún no ha sido reconocida, ser la responsable de generar paz y creo que eso es como un deber y una obligación que nos ha encomendado también la sociedad y que nos cuesta mucho.

Nos cuesta mucho porque estamos cansadas de decir que no parimos hijos e hijas para la guerra y además nos dicen que tenemos que enseñarles la paz, que tenemos el legado de la memoria de todo lo que pasa, etc. Entonces, ser mujer en Colombia está definido por una cantidad de obligaciones y de responsabilidades que te ha adjudicado la sociedad y que tú no has pedido.

¿Y ser mujer exiliada?

-Ser mujer en Colombia es ser victimizada por muchísimas situaciones que tanto históricamente como en ciertos momentos particulares de la vida de cada una de nosotras, nos han llevado a tomar decisiones dolorosas que finalmente te afectan de manera individual y colectiva.

Yo sé lo que cuesta ser mujer exiliada, conozco a muchas mujeres que nos tocó dejar en los países que íbamos pasando a nuestro núcleo familiar, hijos e hijas desaparecidas, asesinadas y amigas. Nosotras estamos hechas de fuerza, de resistencia. El hecho de ser mujeres hace que nos percibamos unas a las otras, diferente a como los hombres lo hacen. Entre mujeres tenemos sororidad, podemos agarrarnos de la mano, mirarnos a los ojos con ternura y saber qué está sintiendo la otra, volver a nuestras ancestras con una palabra. Estamos hechas de ternura.

Retorno digno

¿Las víctimas tienen en este momento garantías para retornar?

-No. El retorno tiene dos principios básicos: la dignidad y la voluntariedad. Un retorno digno significaría que me pusieran en las condiciones en que yo estaba cuando me fui, que se rehagan las organizaciones sociales que acabaron como la Asociación Nacional de Mujeres Campesinas, Negras e Indígenas de Colombia, Anmucic.

Implicaría que prepararan a mi comunidad para volver a recibirme, que hubiese justicia social, que se tuvieran las mínimas condiciones como trabajo, salud, vivienda, educación, un futuro para nuestras hijas, un país donde se pueda caminar segura. ¿La sociedad está dispuesta a que nosotras retornemos? ¿A recibirnos con el mismo amor y con las mismas condiciones dignas en que estábamos cuando no nos habíamos ido? Exigimos un retorno acompañado para no tener que volver a exiliarse.

Yo llevo 12 años por fuera y tengo un esposo y una vida, a lo mejor si le digo que si se devuelve conmigo, él me dice que sí, pero no hay garantías para eso, este país tiene demasiadas cargas y a veces es necesario repartírselas. El sueño de las personas exiliadas es el retorno, y la tarea del retorno es una tarea conjunta entre el Estado, la sociedad y nosotras mismas.

¿Por qué estás participando en el Foro Internacional de Víctimas?

-Porque no merezco ser olvidada. Yo vengo a reclamar mi recuerdo, a reafirmar mi huella en las cosas que ya hice, a decirles que yo no soy culpable de nada, ni tampoco somos culpables las miles y miles de víctimas que estamos exiliadas. Culpable es la indiferencia, un Estado no protector, una sociedad que nunca se ha merecido a los liderazgos que tiene ni a las personas defensoras de derechos humanos, sobre todo aquellos que le dan la espalda a los muchos que están en la calle diciendo que este país ya no tiene miedo. Estoy contenta porque vengo en medio de un estallido social, de un país que no tiene miedo, porque como dicen muchos de los grafitis, se metieron con la generación equivocada.

A esa generación que es valiente, que sale a las calles quiero decirles que en su momento también lo hicimos y que tienen todo nuestro apoyo y estamos aquí como víctimas en el exilio para decirles que nuestra voz tiene que volverse una con ustedes y que desde donde estamos esa es una muy buena venganza del exilio, porque en vez de acallar esta voz, hicieron que se multiplicara como un eco y no se imaginan cómo se hace presente en cada uno de los espacios que estamos de este país, este país que tiene que ser gritado para ser escuchado.