Mi ética como espectador de cineclub que fui, soy y seré

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Juan Guillermo Ramírez

No es lo mismo ser paradójico que ser contradictorio; lo primero es un recurso estilístico por el que puede alcanzarse cierto tipo desconcertante de hondura o al menos brillantez, mientras que lo segundo suele ser muestra de debilidad conceptual o de una negligencia que pretende pasar por honradez teórica.

No hay por lo general mérito alguno en ser contradictorio: basta con conocerlo todo fragmentariamente y con abandonar a su aire las ideas que uno dice sostener cuando sus implicaciones comienzan a mostrarse poco manejables.

La paradoja, en cambio, busca una forma sutil de concordia entre apariencias superficialmente irreconciliables, por la que se revele que tener ideas da más fuerza y más agilidad que limitarse a repetirlas. Porque lo que se repele y excluye entre ciertas ideas es sólo lo que hay de repetitivo en ellas, no la vida propia que las anima en quién las posee sin restricciones y con coraje.

Recibo de vez en cuando la acusación de incurrir en contradicción, allí donde yo sólo me veo responsable de una más o menos bien traída paradoja. Padecí este reproche por última vez hace poco, cuando al salir de una pesada película que pretende documentarnos con la misma terapéutica objetividad que un psicodrama sobre las fastidiosas decepciones de una pareja, se me ocurrió calificarla ante mi eventual acompañante de “inmoral”. Mi interlocutor se escandalizó sinceramente: ¿Cómo era posible que yo, que tantas veces le había defendido la pura diversión cinematográfica sin coacciones éticas, que como ciudadano reivindicaba la causa de los indios mientras aplaudía como espectador a Clint Eastwood, me atreviese a formular una reserva moral ante una película de ideología obviamente más defendible que la serie de James Bond, cuyos episodios me veía devorar sin protestas?

Y así mismo, ¿por qué me permitía descalificar a La lista de Schindler de Steven Spielberg o a La vida es bella de Roberto Beningni, en base a ciertas infidelidades con la historia, que no me impedían en cambio disfrutar Los duelistasde Ridley Scott? ¿En nombre de qué me sentía autorizado para considerar perfectamente repugnante las películas de Liliana Cavani –salvo El portero de noche– que toma como pretexto a los héroes de la filosofía, puesto que en cuanto obra cinematográfica debería estar a resguardo según mis propios planteamientos de toda objeción que no fuese puramente estética?

Se da una flagrante contradicción en mi ética de espectador, una admiración por el cine de diversión frente al “otro cine”. Pese a la contundencia preocupante de los reproches que se me hicieron, sigo sin admitir que me contradigo y más bien me veo debatiéndome en una significativa paradoja.

Roger Callois en “La ambición del arte” me ayudó a sustentar mi doble posición: Si un artista intenta hacerme sentir la suavidad de un crepúsculo, otro me cuenta sus sueños y un tercero cuenta historias de una fantasía encantadora, está bien y no les pido más. Pero no me engaño sobre su valor ni sobre su importancia. Cuanta más ambiciosa es una obra, más me veo obligado a mostrarme exigente con ella. Si un autor, desdeñando agradar en mí al amante de los poemas o de los sueños, pretende interesar al hombre e incluso transformarlo, como algunos no ocultan que pretenden, me pongo en guardia, muy vigilante y dispuesto a pedir cuentas.

Si una película no desea más que agradarme, la aprecio sin reservas, porque en mis placeres mando yo y los administro como mejor me parezca, sin involucrarme en cuestionar su moralidad o disculparme porque no la tengan. Pero hay películas que solicitan de mí mucho más que mi simple agrado. Las hay que tratan de redimirme, de convencerme o de refutarme. Aquí tengo ya el derecho y el deber de ser mucho más exigente y de juzgar al autor: si noto la intención de moralizarme, no me privaré de considerarle también desde una perspectiva ética; si me dirigen un discurso político, despertarán a mí al ciudadano; si me lanzan a un drama sentimental, despertarán en mí al romántico. Pero quiero decir de una vez por todas, prefiero cualquier película de Sharunas Bartas, de Chantal Akerman, de Rita Azevedo, a la deliciosa El hombre que no amaba a las mujeres.

Lo que pasa es que la buena intención no basta y el empalagamiento no da garantía de un posible aburrimiento ni permite reclamar mi benevolencia incondicional.