Más allá de Andrés Escobar

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Manifestar y exigir los derechos no debería nunca suponer un disparo, una agresión o la misma pérdida de la vida. No estamos en guerra. La ciudadanía está exigiendo el respeto por su dignidad

La sistematicidad de los ataques de civiles armados contra manifestantes revela que detrás del fenómeno existe una manera de pensar que legitima la violencia

Sofia Ariza
@Sofiaariza01

Un hombre entre los cuarenta a cincuenta años apunta hacia los manifestantes. Sin dudarlo aprieta el gatillo múltiples veces y atento, sin perder la atención de su objetivo, retrocede hasta quedar junto a los hombres de uniforme verde oliva y casco fluorescente, justo ahí donde se ubican los “héroes de la patria”, los policías, quienes sin oponerse lo observan una y otra vez, apuntando y disparando.

Esta escena se repite múltiples veces en Cali y en Tuluá, aunque cada vez con una característica distinta. Algunas veces los pobladores portan camisas blancas para identificarse entre ellos, otras portan chalecos antibalas o pañoletas en la mitad del rostro para evitar que los identifiquen, como en el caso de Andrés Escobar. Mismo patrón, distinta forma.

Como nada sucede de la misma manera dos veces, la forma en la que se transporta la población civil armada también cambia. En Pereira, por ejemplo, el día 5 de mayo, la persona que disparó a Lucas Villa y sus acompañantes se movilizaba en un carro, pero este vehículo transmuta y se duplica como en Cali. El 9 de mayo, personas que se desplazaban en camionetas blancas atentaron contra la vida de los manifestantes de la Guardia Indígena que hacían presencia en la ciudad. Misma lógica, distinta ejecución.

Tal parece que en el marco del paro nacional hay ciertos fenómenos de violencia que se repiten simultáneamente en distintos lugares del país, todos tan distintos y a la vez tan iguales el uno del otro. Entonces, si entre estos hechos comparten ciertos rasgos, ¿qué hace que tengan puntos en común? ¿cuál es la lógica que siguen?

El paramilitarismo

Los grupos armados ilegales en Colombia no son una novedad, las AUC son un ejemplo de ello. El Observatorio de Memoria y Conflicto del Centro Nacional de Memoria Histórica, CNMH, documentó los hechos ocurridos en el conflicto armado colombiano entre 1958 y el 31 de enero del 2021. De las distintas modalidades de violencia que registraron, las once principales corresponden a un total de 267.565 víctimas fatales de las cuales 94.754 son atribuidas a los paramilitares.

Aunque las personas que dispararon en las movilizaciones en el pasado primer mes de paro no hacen parte de un grupo paramilitar (por lo que se sabe hasta el momento) siguen la misma lógica: población civil armada que por medio del exceso de violencia cometen actos ilegales que serían inadmisibles en las fuerzas del Estado.

A simple vista parecen un par de casos aislados de violencia que se presentan en distintas partes del país, sin embargo ¿cómo es posible que dichos hechos de intimidación se repitan sistemáticamente sin que al parecer sean producto de una organización?

La cultura paramilitar

Para entender los hechos que suceden en el país es necesario hacer un breve análisis de los discursos que movilizan a las personas que cometen estos actos ilegales.

Desde que iniciaron las movilizaciones el pasado 28 de abril, en redes sociales se han presentado múltiples denuncias por parte de manifestantes que develan la actitud agresiva de personas que se denominan a sí mismos como ‘gente de bien’ o no-vándalos, que vendrían siendo quienes no hacen uso de su derecho a la protesta, sino que ‘producen’. Estos hechos esclarecen un poco los discursos que promueven dichas personas.

En uno de los vídeos que circuló en las redes sociales, un hombre de Envigado graba con su celular la calle que transita, especifica su ubicación y advierte que porta un arma, incluso la muestra, mientras dice que está “patrullando” la ciudad. “Vándalo que veamos, encapuchado que veamos, orden directa de los jefes, dar de baja”, dice mientras muestra el arma de su copiloto.

Hay formas más sutiles en las que el discurso de estas personas se ve reflejado en frases textuales, como en la llamada “Marcha del Silencio” que se llevó a cabo el pasado 30 de mayo en Bogotá. “Yo apoyo al ministro de Defensa y a la policía a que sigan sacando ojos, asesinando y desapareciendo impunemente”, decía una de las pancartas de los manifestantes que, irónicamente, vestía una camisa blanca en nombre de la paz. Todo en su conjunto parecía un cruel sarcasmo.

Parecen dos demostraciones bastante distintas la una de la otra, pues en una se muestra explícitamente un arma mientras que en la otra se expresan los sentires por medio de una pancarta en una marcha “pacífica”. Aunque, ¿qué de pacífico tiene una manifestación que promueve la violación de derechos por parte de las fuerzas armadas? A pesar de las marcadas diferencias, tienen algo en común: el apoyo a la vulneración de los derechos de quienes marchan.**

La forma de pensar de estas personas no surge de la nada, los discursos que se promueven en contra de las protestas y la estigmatización de las personas que recurren a ellas se apoyan nada más y nada menos que en una ideología corrosiva que se replica desde las clases dominantes, el Establecimiento y los medios hegemónicos de comunicación.

La lógica de la guerra

Para entender los discursos que se promueven desde el Establecimiento, basta con comparar lo que sostiene María Fernanda Cabal, que no para de desprestigiar a quienes hacen uso de su legítimo derecho a la protesta, mientras desde la misma Presidencia de la República se promueven propagandas de “reconciliación” y “concordia” como la que presentaba la etiqueta ‘#SinViolenciaHayFuturo’.

“…Más colombianos que entiendan que desde el odio jamás podremos construir futuro, que solo si paramos todas las formas de violencia, podremos recuperar la confianza…”, dice una parte del comercial que se transmite por los canales nacionales, donde también se hace un llamado a los manifestantes para que se abstengan de la violencia y a los periodistas para que dejen de ‘polarizar’, haciendo referencia a los encapuchados y a los periodistas que están cubriendo el paro.

Es un discurso edulcorado que parece un llamado al diálogo, pero en el fondo es un discurso de odio porque es la negación del otro, de sus reclamos y de su ira. Mientras ese discurso se siga promoviendo desde las élites del país, las demostraciones de violencia, abusos de poder, los grupos armados ilegales y los tiroteos no van a parar. Mientras se sigan promoviendo en palabras suaves los discursos de odio, muchas personas seguirán creyendo (como en el vídeo de Envigado donde el hombre dice “no al daño a la propiedad privada” mientras graba su arma) que atentar contra un establecimiento o hacer un grafiti, amerita un disparo.

Manifestar y exigir los derechos de todos y todas las ciudadanas no debería nunca suponer un disparo, una agresión o la misma pérdida de la vida. No estamos en guerra. La ciudadanía está exigiendo el respeto por su dignidad. En tanto no se entienda que quienes están en las calles y carreteras de Colombia están allí ejerciendo su derecho de mostrar indignación, seguirán replicándose esos actos de violencia, ese pensamiento paramilitar.