Lumpenización de la diplomacia

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Luis Almagro e Iván Duque han sido personeros de una agresiva política intervencionista contra Venezuela.

Hoy en la arena internacional, por vías pacíficas, viene surgiendo un mundo multipolar, incluyente y democrático, que se opone al pensamiento único, expresado en las invasiones e imposiciones de los Estados Unidos. Pero en lo que respecta a la OEA del señor Almagro, esa realidad no existe

Ricardo Arenales

Bajo el lema “Innovando para fortalecer el multilateralismo hemisférico”, durante los días 26, 27 y 28 de este mes de junio sesionará en la capital antioqueña la 49 Asamblea General de la Organización de Estados Americanos, OEA, en un momento crucial de la integración latinoamericana, en la que el organismo hemisférico llega a su peor momento de descrédito e ilegitimidad.

No deja de ser una paradoja, en este contexto, que la máxima representación de la OEA se reúna bajo la enseña de la integración latinoamericana, cuando su gestión en los últimos tiempos, y el trabajo de su actual secretario general, el señor Luis Almagro, han estado orientados justamente hacia la desarticulación de la integración  regional, al fomento de una política de odio contra Venezuela y demás países que levantan una bandera progresista, y de afianzamiento de una política intervencionista, por cuenta del Departamento de Estado de los Estados Unidos.

Lo que ha hecho el organismo multilateral es afianzar su rol de “ministerio de colonias de los Estados Unidos”, como en alguna ocasión lo calificó el entonces canciller cubano Raúl Roa. La OEA fue creada en el marco de la Conferencia Panamericana, celebrada en Bogotá en 1948, con  el telón de fondo del asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán. Pero el recientemente anunciado foro hemisférico, jamás abrió la boca para condenar el execrable magnicidio.

De espaldas al intervencionismo

Porque en realidad, la OEA fue creada para legitimar la Doctrina Monroe, aquella que plantea, “América para los americanos”, entendiendo por ‘América’ la defensa de los sacrosantos intereses de los consorcios económicos y financieros de los Estados Unidos. De ahí la tesis de que el continente, al sur de Río Grande, es el ‘patio trasero’ de los Estados Unidos.

En algo más de siete décadas, la OEA no hizo pronunciamiento alguno frente a las invasiones militares norteamericanas en Nicaragua, Grenada, y en casi toda Centroamérica. Jamás condenó la invasión militar a Panamá, ni el golpe militar fascista contra el gobierno constitucional de Salvador Allende, en Chile.

Por consiguiente tampoco condenó la invasión de Bahía Cochinos, en Cuba, con la que pretendieron sepultar la joven experiencia socialista en la mayor de las Antillas. Tampoco las pretensiones británicas sobre las islas Malvinas; en años recientes guardaron silencio frente al golpe parlamentario contra la presidenta Dilma Rousseff en Brasil. No condenan la política injerencista en Cuba, Nicaragua, Bolivia, Venezuela, México.

En vez de eso, el actual presidente de la OEA, el señor Almagro, proclama abiertamente la necesidad de una intervención militar directa sobre Venezuela, por tropas norteamericanas, para derrocar al gobierno constitucional de Nicolás Maduro. Niega el derecho que el pueblo venezolano tiene de ocupar un asiento en el foro regional y en cambio acepta la representación de un ‘embajador’ personal del ‘presidente encargado’, Juan Guaidó. Un mandatario a quien “nadie lo eligió, nadie votó por él, nadie acata sus órdenes, pero representa la ‘democracia’”, como asegura el comentarista político de ese país Anisio Pires.

Multipolaridad y diálogo

Hoy en la arena internacional, por vías pacíficas, viene surgiendo un mundo multipolar, incluyente, democrático, que se opone al pensamiento único, expresado en las invasiones e imposiciones de los Estados Unidos. Pero en lo que respecta a la OEA del señor Almagro, esa realidad no existe. Ni siquiera los esfuerzos de los países latinoamericanos por su integración. Para Almagro lo que cuenta son los planes intervencionistas contra Venezuela, Cuba y Nicaragua. Es la lumpenización de la diplomacia latinoamericana. A la que, por cierto, hace una generosa contribución el gobierno del señor Iván Duque en Colombia.

Ese camino de la OEA conduce a su mayor asilamiento y desprestigio. Recientemente, las 15 naciones que integran la Comunidad del Caribe, Caricom, le exigieron a Almagro no hablar en su nombre. Y la Organización de las Naciones Unidas produjo una serie de recomendaciones, en apoyo al diálogo político en Venezuela, en contra de cualquier intervención militar extranjera, como mecanismo de solución a sus problemas. Lo contrario de lo que predica la OEA.