Los rastros recuperados de Juan Bautista Villafañe

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Juan Bautista Villafañe.

Esta es la historia del líder arhuaco que concentró sus esfuerzos en denunciar la destrucción de su cultura a manos de la misión capuchina y el modelo educativo etnocida, impuesto a la niñez en las décadas de los años veinte y treinta del siglo pasado

Juancarlos Gamboa Martínez
@YoskaBimbay

Tras casi tres décadas de implementación de un multiculturalismo neoliberal, hoy por hoy se advierte una marcada atomización de las luchas emprendidas por los distintos movimientos sociales, que se expresa en que cada uno de ellos, despliega unas narrativas sobre sus derechos específicos que muchas veces no son incluyentes con las demandas de otros sectores sociales subalternos con los que se ha compartido una historia común de exclusión y expolio.

Sin embargo, es preciso destacar que décadas atrás esta situación era muy distinta y las luchas de los movimientos sociales se entrelazaban, para potenciarse entre sí.

En este contexto de hermanamiento de luchas obreras, campesinas, afrodescendientes e indígenas, emergen las figuras de dos inmensos líderes arhuacos que tuvieron un connotado papel en las recurrentes movilizaciones sociales que sacudieron al país en las décadas de los años veinte y treinta del siglo pasado y que, sin nunca dejar de denunciar con vehemencia la situación por la que atravesaban los pueblos indígenas de la Sierra Nevada de Santa Marta, se involucraron activamente en diferentes dinámicas sociales de origen obrero y campesino. Nos estamos refiriendo a César Niño y a Juan Bautista Villafañe Mestre.

La Liga Indígena de la Sierra Nevada

En la amplia red de relaciones y vínculos que tanto César Niño, militante del Partido Comunista de Colombia, PCC, como Juan Bautista Villafañe Mestre construyeron a lo largo de varios años de trabajo organizativo con distintos sectores sociales y políticos del país, se encuentra el origen mismo de la fundación en 1944 de la que sería una de las primeras organizaciones indígenas creadas en Colombia, la Liga Indígena de la Sierra Nevada, cuya creación se dio en buena medida gracias a la solidaridad y a la orientación de la Federación de Trabajadores del Magdalena, organización sindical con la que desde fines de la década de los años veinte, los arhuacos dieron refugio a los obreros que huían de la persecución militar tras la fatídica masacre cometida por el ejército en la plaza de Ciénaga en la noche del 6 de diciembre de 1928.

La Liga Indígena de la Sierra Nevada, cuyas primeras acciones se orientaron a denunciar el etnocidio que la presencia de los misioneros capuchinos estaba ocasionando, definió, para ese entonces, los siguientes objetivos: poner fin al servicio personal obligatorio, exigir el nombramiento de arhuacos en los cargos de inspectores de policía y de maestros, prohibición de la venta de tierras a los no indígenas o “bunachis”, fundación de escuelas propias y autónomas y acabar con la persecución que se había desatado contra los Mamos y su rol como hombres de conocimiento.

La Liga Indígena de la Sierra Nevada de Santa Marta, y por supuesto la labor realizada desde distintas orillas por César Niño y Juan Bautista Villafañe Mestre, hacen parte de los antecedentes de la creación en 1972 de la organización que hoy se conoce como Confederación Indígena Tayrona, CIT.

A la altura de los grandes del Cauca

Sobre Juan Bautista Villafañe Mestre, líder arhuaco, se conocen fragmentos de su trayectoria biográfica gracias a una pequeña crónica escrita por el abogado valduparense Arnoldo Arzuaga Mestre, publicada el 7 de marzo de 2014 en el Portal Vallenato, y por el breve boceto psicológico elaborado por uno de sus contemporáneos, el anarquista nortesantandereano Biófilo Panclasta.

Juan Bautista Villafañe Mestre (1895-1965), conocido con el nombre tradicional de Duane, fue un destacado líder indígena que concentró sus esfuerzos organizativos en denunciar la destrucción de su cultura a manos de la misión capuchina y el modelo educativo etnocida que imponían a los niños y niñas, a quienes prácticamente arrancaban por la fuerza de su entorno y le cortaban cualquier tipo de vínculo con sus tradiciones, convirtiéndolos así en ignorantes de su propio universo cultural.

Nunca pisó una escuela pero logró hacerse a una formación nada despreciable que bebía de dos fuentes: en primer lugar de la sabiduría de su propio pueblo y en ese sentido, gracias a su reiterada inmersión en el mundo ritual de los Mamos, llegó a tener profundos conocimientos de medicina tradicional y de astronomía, y en segundo lugar, fue un autodidacta que aprendió lo básico para defenderse en el seno de la sociedad mayoritaria en las luchas que emprendió para defender los derechos de su pueblo.

Como parte de su activismo de denuncia acerca de los problemas que enfrentaba su pueblo, llegó a dirigirle al gobierno nacional varios memoriales, entre los que cabe recordar uno rescatado por el historiador Renán Vega Cantor en su obra Gente muy rebelde, que fuera firmado por varias autoridades arhuacas y remitido en agosto de 1931 al por entonces presidente de la República, Enrique Olaya Herrera, mediante el cual se le informó que “los padres capuchinos envían el cuerpo de policía que tienen a su disposición a todas las casas para sacar los niños en altas horas de la noche […] Es así como se nos trata a todos. Es esa la labor de la misión encargada de educarnos. Debemos agregar que los niños que se encuentran en el orfelinato no pueden salir antes de la edad de veinte años por lo menos y no pueden ver a sus padres durante todo ese tiempo; cuando alguno muere lo entierran sin dar siquiera aviso a los padres” y se le puso en conocimiento el caso en que fue asesinado, a manos de la policía, el Mamo Adolfo Torres. El referido memorial termina con la puntualización de las principales demandas:

“1. La supresión de la Misión Colonizadora de los Capuchinos, 2. Libertad para internar a nuestros hijos en el Orfelinato cuando lo creamos conveniente y necesario, 3. Libertad de cultivar las tierras, aboliendo los gravámenes y el trabajo forzoso, 4. Independencia para los colonos y campesinos indígenas que se separen de la misión y libertad para crear sus propias organizaciones, escuelas, etc., 5. Abolición de las multas sin fundamento que se imponen constantemente y devolución de las tierras, animales y frutos decomisados como multa, 6. Libertad para crear nuestras propias organizaciones”.

La nieve de la Sierra es su refugio

Debido a su activa oposición a la nefasta presencia de la misión capuchina en la Sierra Nevada varias veces terminó preso, primero en Valledupar, luego en Santa Marta y, posteriormente en Bogotá, lugar en el que entró en contacto con el líder Nasa Manuel Quintín Lame Chatre, quien adelantó varias gestiones para que fuera puesto en libertad, lo cual, a la postre, consiguió.

Por su parte, en su artículo titulado Comprimidos psicológicos de los revolucionarios criollos, publicado entre mayo y junio de 1928 en los números 52 al 56 del periódico bogotano Claridad, el arriba mencionado anarquista Biófilo Panclasta le dedica una destacada mención cargada de elogios, situándolo en un mismo pedestal junto a dos grandes líderes indígenas caucanos de la época, uno Totoró y el otro Nasa, baluartes referenciales del movimiento indígena colombiano. Sobre el particular escribió lo siguiente:

“Como José Gonzalo Sánchez y como el indio Quintín Lame son ellos tres la augusta trinidad de la raza aborigen que hizo temblar con Lautaro y Manco Cápac, a la España inquisitorial y goda. Su labor en la Sierra Nevada no tiene parangón en los esfuerzos humanos por la emancipación de los oprimidos. Como los esquimales, la nieve de la Sierra es su refugio, y allí como el héroe de Nicaragua, resistirá las hordas de traidores que, en nombre de la religión, el liberalismo y de la patria negocian con el honor de la raza y venden al yanky insolente la madre de todos: ¡Colombia!”.

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