¿En línea recta o en zigzag?

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Movilización estudiantil en Bogotá. Foto Nelson Cárdenas.

Yezid Arteta
@Yezid_Ar_D

El camino del samurái es único y rectilíneo. Muere, antes que abandonar la línea recta que lo lleva hasta su objetivo. El camino es la muerte. Uno de los problemas recurrentes de la izquierda del siglo veintiuno tiene que ver con la tendencia a alinearse con causas impopulares o contrarias al humanismo. La salud de la izquierda sufre trastornos graves cuando se “alinea” per se con un personaje, un gobierno o un Estado, en detrimento de su propia legalidad programática y el humanismo. La izquierda debe alinearse con el sufrimiento social. La razón última de la izquierda es el pueblo. El bienestar de la mayoría social. La izquierda debe tomar una posición crítica frente a personajes, gobiernos y Estados que, retóricamente están con el pueblo, pero en la práctica están contra él. Avergüenzan a la izquierda.

El orden mundial ha cambiado. Algunas cofradías de la izquierda no lo han entendido y siguen interpretándolo a la usanza de los tiempos de la Guerra Fría: dos bloques y en medio los “No Alienados”. Rusia no es la Unión Soviética. El mundo árabe está dividido. La socialdemocracia de hoy nada tiene que ver con la del asesinado Olof Palme. La potencia económica de China aún está lejos de trasformarse en potencia cultural. El imperio cultural de los Estados Unidos sigue dominando. La violencia en México (35.964 asesinatos en 2018) es más letal que la guerra de Yemen (30.800 muertos en 2018). El Foro de Sao Paulo y las cumbres iberoamericanas, pasaron de más a menos, hasta convertirse en un decorado en el que se reúnen los desconsolados. La extrema derecha latinoamericana es un circuito en que todos los cables están conectados entre sí. La izquierda latinoamericana es un laberinto. Un laberinto del que hay que salir siguiendo un hilo realista, diáfano y democrático.

La lucha también ha cambiado. Para la izquierda ortodoxa todas las luchas deben pasar por su aro. Tienen una visión reduccionista y rectilínea de la lucha y toman a las organizaciones sociales como satélites que deben orbitar alrededor del Partido. No entienden que los movimientos sociales, indigenistas, ambientales, feministas, animalistas, identitarios o étnicos cuentan con autonomía, objetivos y voceros propios. Por ignorancia o dogmatismo se cae en el error de desafiarlos o descalificarlos con argumentos simples, defensivos y totalizadores. Lo inteligente es conectar ideas y objetivos. No anteponerlos. Hay que cuidar la narrativa y el lenguaje para no colisionar. La solidaridad y la colectividad son conceptos-íconos de la izquierda que tropiezan con el hiperindividualismo de nuestra época. La individualidad no puede estar sometida a una especie de dictadura cultural partidista. La libertad, maltratada y devaluada por el autoritarismo, es un concepto que la izquierda debe tomar en serio. Sobre estos temas volveré en próximos artículos.

Pienso que la izquierda debe dejar a un lado el camino rectilíneo y optar por un camino zigzagueante. Posesionarse, ante cada hecho nacional o internacional, en concordancia con los intereses de las mayorías sociales y salvaguardando los principios del humanismo. El humanismo que describió Antonio Gramsci desde la cárcel o el que defendió Salvador Allende desde el Palacio de La Moneda, mientras la aviación fascista sobrevolaba los cielos de Santiago. La corrupción, la tortura, el autoritarismo, la censura, la injusticia, el favoritismo o el engaño son comportamientos despreciables. La izquierda debe despreciarlos sin importar el nombre del personaje, gobierno o Estado.

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