León Zuleta ¿un muerto bueno?

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León Zuleta grabado de M. Velandia

«Prepararse para ser líder siempre significa estar dispuesto a la violencia», León Zuleta

 Manuel Antonio Velandia Mora[1]
@manuelvelandiam

No hay muerto malo o por lo menos eso dicen las buenas lenguas… Así que no es de extrañar que en estos días se haya puesto de moda León Benhur Zuleta Ruiz, bueno realmente lo ponen de moda cada 23 de agosto, conmemorando su asesinato en 1993. En la historia marica colombiana nuestras escritura e ideas se imbrican y que, por tanto, hay una intertextualidad en los discursos.

Gracias a la vida a alguien se le ha ocurrido que el Día de los Derechos Humanos de la población LGBT en Colombia debería ser la fecha del aniversario del asesinato de León, pero esto sigue siendo una acción de guetos, aun cuando han salido en medios de comunicación masiva algunos artículos que hablan sobre él, también es verdad que sigue siendo un desconocido. León es cofundador, junto a Velandia, del MLHC Movimiento de Liberación Homosexual de Colombia.

No puedo negar, y esto ya lo he afirmado muchas veces, que, desde el primer a mi último encuentro con León, él no dejaba de sorprenderme, siempre generaba contradicción. En ese entonces me parecía que su reto consistía en desestabilizar cuanto se encontraba a su paso. Ahora puedo afirmar que su logro fue precisamente ese. No era que desestabilizara, sino que si lográbamos seguirle la línea a lo que comunicaba, sus contenidos y en especial sus profundas reflexiones en las que era fácil encontrarse con las ideas y la terminología propia del pensamiento sex-pol, el freudismo radical, el troskismo y, en general, de la filosofía de vanguardia, nos conducían a nuestra propia desestabilización.

Quién era Zuleta

León Zuleta Ruiz nació en Itagüí, Antioquia, el 18 de noviembre de 1952 en una familia tradicional. Nació para retar y cuestionar el mundo con irreverencia. Se fortaleció con estudios en filosofía, sociología, semiología, feminismo, socio-lingüismo y sindicalismo. Tenía una maestría en psicopedagogía. Hablaba francés, inglés y portugués. Era cataléptico, incluso alguna vez despertó en la cámara de un anfiteatro en Bogotá.

Recibió una enseñanza atea, libertaria, por parte de su padre. No tiene el peso de la moral católica, ni el miedo a vivir, a ser, al cuerpo, que ésta enseña. Por la presencia de su madre, se define como un hombre religioso, sin la estructura moral del miedo, ni la estructura moral de la culpa. Esto pudiera comprenderse como un plano de amoralidad, pero se siente marginal porque no posee la estructura del pecado. No soy irreverente adrede aun cuando se tiene de mí esa idea. La suya es una familia proletaria; la de un carpintero, que también era un intelectual. No tuvo una vida infantil sino una vida intelectual. Aun cuando eso lo marcó, le hubiera gustado ser más lúdico y menos simbólico, él fue un loco lógico simbólico a quien sorprendía la realidad. Esto lo llevó a valorar el alto desempeño académico y un poco, a despreciar la brutalidad y la ignorancia. Vivió el deseo con la maestra, el rector de la escuela, se sintió inducido a prácticas genitales con otros chicos, pero inicialmente le buscaban, tuvo muchas experiencias. En el Liceo Antioqueño, donde estudió, todos tenían que bañarse desnudos, luego de la educación física, este fue un espacio de encuentros, pero estos en esa época nunca fueron con personas adultas. Estos ya fueron terminando el bachillerato.

Desde niño, su padre que era como “un conservador socialista”, lo indujo a leer Voz Proletaria. En la primaria hacia un álbum de recortes de las noticas que le atraían. Su ideal no era acabar con la pobreza, sino la justicia. No era un militante de izquierda, en los inicios del bachillerato, pero su ideal de justicia lo llevó a ser un líder juvenil, a los 14 años. Fue presidente del consejo estudiantil. De ahí pasa a la Juventud comunista. Se definía como un “militante ejemplar”.

Existe la idea de que León fue expulsado por marica, pero el Partido Comunista lo expulsa en un congreso por centrarse en la justicia y no en la pobreza; esto sucedió de una manera muy ignominiosa, según él. Cabe señalar que a algunos molestaba el hecho de que no se negaba coquetear con cualquier persona que la atrajera. Razón por la que nunca volvió al partido. Su factura era completamente antileninista; su ethos era libertario. Su propuesta era anarquista no terrorista, sino un anarquismo ético en la que cada cual se da su pauta de vida, con una nervadura central de gran honestidad consigo mismo.

Experimentó con la mariguana en todas sus versiones, no solo en cigarrillos, sino también en galletas, pasteles, sopas, bebidas… la fumaba de manera desculpabilizada; era una manera de experimentar con su propio psiquismo (en este momento lo conocí); un encuentro intimo para estructurar su propio psiquismo con el universo alucinatorio, con el universo del símbolo y la estimulación de ciertas formas de producción a partir del estímulo nervioso, no como vicio sino como experimento. Esto se evidencia en su propuesta poética y estéticas, como alternativa a la política universitaria, su liderazgo se vuelve una práctica cultural.

En 1974 crea el periódico “El cocodrilo insurgente” (cuatro números), un cocodrilo que llevaba paraguas y frac; un periódico que mezclaba marxismo y psicoanálisis; en el que da gran énfasis a la revolución sexual política de Wilhelm Reich.

Simultáneamente estudiaba Educación en historia y filosofía en la Universidad de Antioquia y simultáneamente sociología en la Universidad autónoma.  Desde educación se crea la facultad de Filosofía y León es uno de los tres primeros estudiantes y el más avanzado.

Crea en 1975 la revista “La carreta libertaria”. Fue bloqueada por los maestros de la facultad. Promueve entonces un grupo de estudio anarquista libertario, de donde surge una guardería universitaria estudiantil, porque cree que la vanguardia de la revolución es la formación de la infancia.

Su ánimo era vivir, ser su propia expresividad. Su propio Ser era la materia plástica moldeable que debe llegar a un horizonte. El ser no está hecho, es un ser en proceso, para Zuleta, no hay sujetos terminados; por ello, fue siempre juvenil, no joven, porque nunca perdió la oferta del reto, de lo nuevo, de lo conflictivo, de lo difícil. Su ser materia se comprendía no como materialidad matérica sino como sustancialidad, en la que está implícita la espiritualidad del ser, no en el sentido judeocristiano sino como postura de conciencia en el plano óntico ontológico. Al universo, lo comprendía como un plasma vivo, no como una locación, sino una organicidad que no es dios, sino iluminación fuerza, plano de logicidad universal. Su espiritualidad se explicaba como psicosociogenética y se realizaba en el plano de la cultura, le preocupaba el miedo al espíritu de la época.

En la lógica de su escritura experimental, escribía de manera automática, siguiendo la propuesta surrealista. Él era surrealista en la cotidianeidad. Escribía como una necesidad orgánica, para él dejar de escribir era como estar muerto. Otra de sus formas de escribir era la de la alucinación, no por la droga, sino a partir de alimentos espirituales, como hongos, LSD, el yagé; escribía en transes experimentales no viciosos, así escribió, por ejemplo, “Bazuco Street, la calle de los juegos artificiales”.  Escribir, nos decía, experimentando con el propio ser permite aproximarse a saber quién es uno como producto espiritual y no como un pre-supuesto. Se aprende a vivir viviendo, sin formulas, sin reglas.

Fue crítico al afirmar que la enseñanza académica no enseña a reconocerse en la propia espiritualidad y en la experiencia de vivir. Le angustiaba vivir en una época cuadriculada, pobre; de ahí la importancia de vivir su propia verdad sin perder la risa interior. Al final de su vida, escribía pensando

Para Zuleta, somos policivos en la manera de fisgonear al otro, de explicarlo, hay mucho miedo, mucha cuadriculación, mucha policía y poca poesía; hay mucho policía interior.

Nuestra relación

León no era un sujeto fácil de llevar, en especial si se era bastante normalito, pero sí uno se permitía darse el regalo de conocerlo entonces eran muchas y permanentes las gratas sorpresas.

Zuleta, a quien yo solía llamar el “polimórfico perverso”, nombre que degeneró para algunos en el “polívoco perverso”; quitando el peso a su gran capacidad para aparecer y desaparecer y su mimetismo que bien lo hacía ser querido en diversos espacios e incluso, por personas harto diferentes.

El niño es un perverso polimórfico que carece de una sexualidad definida, afirmaba Freud. El niño, pese a poseer una propensión al placer, carece, ciertamente, de caracteres definitivamente masculinos o femeninos. No es sino hasta después de lo que Freud denomina la fase sádico-anal, con la consecución de un objeto de deseo sexual y posteriormente con la pubertad, que el sujeto se hace con uno de los sexos y que, por ende, consolida una identidad psíquica sexuada; por lo demás, de claros rasgos normativos: se trata de una heterosexualidad restringida al coito, genitocéntrica y dirigida unilateralmente a la consecución del orgasmo masculino y la procreación; allende esta configuración Freud habla, de hecho, de “anormalidades” e “inversiones”. El perverso Zuleta, en su caso lo era, bien podía definirse homosexual, marica, bisexual, asexual, jugar con su masculinidad/ feminidad, pero nunca heterosexual.

Todo concepto es polívoco, está habitado por tensiones internas, por significados que no son completamente coherentes, es decir, la polivocidad imposibilita pensar una totalidad lógicamente integrada. Preocupante ese cambio que lo ha hecho pasar de ser un polimórfico a un polívoco, porque era bien claro que para Zuleta el lenguaje jugaba un papel determinante en la construcción de los discursos y como filólogo era muy apropiado el uso que hacía de este.

León era un sujeto muy inquieto intelectualmente. Leía cuanto llegaba a sus manos, por supuesto esto implicaba una actualización permanente de los discursos sobre lo que pasaba no solo en Colombia sino en otros lugares del mundo. Es así como León se introdujo en la lectura de “El deseo homosexual” de Guy Hocquenhem, un francés activista marica a quien habían echado del Partido Comunista por atreverse a hablar del ejercicio de la analidad como un discurso político. Por León yo llegué a dicha lectura. Cabe agregar que yo no hablába francés así que lo leímos con diccionario en mano.

Zuleta era exactamente lo que llamaríamos un sujeto sexpol. Es decir, alguien que une la sexualidad a la política en el ejercicio de la vida cotidiana y no solamente en la academia o para los medios de comunicación, como ahora suele pasar. Uno de los temores hacia León era precisamente que no había gran distancia entre el discurso y la práctica y que por ello proponía intercambios sexuales políticos que a algunos no le sonaban como una realización práctica de la teoría sobre el sexo y el poder, sino al interés oculto de querer “culiar” con todo el mundo; tal vez por ello, también pasó de ser el “perverso” más no del que yo hablaba, sino al que se evaluaba con una carga moralista, no en el sentido del que corrompe las costumbres o el orden y estado habitual de las cosas, sino el perverso comprendido como el tipo malo, que hace daño; imagen, por cierto, bastante lejana del hombre amoroso que era León. ¿Y eso con qué se come? se preguntarán algún*s. Sencillo. El discurso no puede ser un pajazo más sino una vivencia en el cotidiano en que el cuerpo y el “follar” se asumen políticos.

Uno de los problemas que Zuleta y yo encontramos en algunos de los miembros de “Ventana Gay” (revista del MLHC, fundada en 1979) fue precisamente la incapacidad de éstos para ser realmente transgresores en lo cotidiano y en el discurso; aun cuando si lo eran a escondidas, de pronto, en la “Cuquera”, aquella pequeña habitación en Chapinero, en la que dejaban fluir sus verdaderos deseos. Extrañamente no deseaban estar con León en la calle, pero igualmente lo invitaban a participar de los «trabajos sexuales colectivos» en los que su texto sarcástico, lujuriosos y profundamente intelectual, afloraba al mismo tiempo que el semen. A pesar de que el discurso de Zuleta, luego de los encuentros sexuales en lo que participaba, parecía tener aceptación, la gran mayoría solo se quedaba con “la paja”, ya sea en mano propia o en cuerpo ajeno.

Para él era de suma importancia considerar al actuar como una forma de lucha contra «la persecución insidiosa de la moral, la religión y la medicina, que se complementan con el derecho y la psicología (y psiquiatría) para considerar al homosexual como delincuente y enfermo«.

Hay algo en lo que los dos nunca estuvimos en acuerdo: el hecho de que él se negara –fundamentado en su propuesta sex-pol– a discutir profundamente sobre el tema político sexual con alguien cuya genitalidad le fuera desconocida. Para obviar las posibles relaciones de poder en las acciones conjuntas en la lucha sexual-política, asumía necesario que su interlocutor hombre lo penetrara y permitiera ser penetrado analmente. Para mí, tener relaciones con León fue más que un acto político, un encuentro con un ser tierno y respetuoso por el ejercicio de la autodeterminación. Nunca me sentí presionado en lo genital como sí lo fui permanentemente en lo intelectual. Para mí antes de Zuleta el encuentro genital era eminentemente un hecho erótico; para él siempre fue un hecho político, sin perder su carácter lúdico placentero.

Con él llegué a darme cuenta de la importancia del deseo, de lo afectivo, lo erótico, lo genital, y de la identidad particular y social de los homosexuales; reflexiones que con el tiempo fui profundizando y que son parte fundamental de mi propuesta teórica de este momento.

Su relación con las mujeres era de equidad, de complicidad absoluta, para ellas era un amigo, un camarada solidario. Hacia suya sus lechas. Yo sabía que Zuleta se relacionaba sexualmente con ellas, y no me sorprendía que lo hiciera porque en ese tema teníamos un acuerdo, la sexualidad no estaba hecha, se construía en el encuentro con el otro o la otra. Yo mismo tuve relaciones con mujeres y en esos encuentros descubrí una manera distinta de abordar el cuerpo y de no reconocerme falocrático. Esto me llevó a reflexionar sobre otro punto teórico de contacto con Zuleta: que para quien no había trascendido su propia falocracia, como dueño de un falo ejercía una forma de poder sobre su pareja sexual, fuera hombre o mujer, y que esto se reflejaba en la imposibilidad que tienen algunos homosexuales de reconocer su analidad y, en consecuencia, negarse el placer que obtienen de ella. La reflexión me condujo a cambiar mi discurso, reafirmando en mis alocuciones y escritos no sólo la importancia de este tema sino además de experienciarlo en mi propia sexualidad.

La vivencia de la analidad es una manera de romper con la falocracia y hacer una lectura diferente del placer y sobre todo del poder. León consideraba que la demostración pública de los afectos era una manera de combatir el estigma y discriminación hacia los homosexuales. En Colombia, en este momento, la propuesta de analidad como acto político, que es también mi manera de expresarlo, sentirlo y vivenciarlo, sigue siendo una utopía, con ciertas excepciones de algunas personas que trabajan en la performance desde la teoría queer y que han hecho del Drag queen un ejercicio político de la maricada; por otra parte, son pocos los que se atreven a vivir la analidad con convicción política, porque “poner el culo”, no solo es un acto placentero, sino sobre todo un acto político en el que el cuerpo se asume territorio y su vivencia nuestra territorialidad.

El cambio debe ser primero cultural, luego jurídico

Para León siempre fue más importante el cambio de la cotidianidad, de la cultura, que el cambio de la norma legal. Esto también lo aprendí de León, quien siempre fue un militante. Para algunos, eso se traducía en comprenderlo únicamente en su faceta de ser irreverente, que atentaba contra las estructuras establecidas. En ese entonces, como ahora, algunos homosexuales y lesbianas son de derechas, aun cuando gracias a la vida se comportan como sexo-izquierdistas en la cama, o al menos eso espero.

León hizo mucha mella en mí. Cabe recordar que, en algún momento de la historia del Movimiento, alguna persona pidió y logró que me “echaran” por una semana del MLHC porque yo era “muy marica” (lo sigo siendo).

En la práctica yo había asumido una buena parte de las propuestas de Zuleta y exigía reivindicar el “discurso marica” como ejercicio político, por tanto, era necesario reivindicar la analidad como ejercicio de poder y los amaneramientos gestuales y en la oralidad como una práctica de ruptura con la masculinización o más correctamente con el “tono masculino” con que se les pretendía matizar a las ideas en su expresión oral, para hacerlas más creíbles y serias; situación machista que aún se sigue presentando.

En el MLHC me aceptaron nuevamente como miembro, luego de que con un cartel que decía “Ser marica es cosa seria, es cuestión de hombres”, me parara, como protesta, y antes de que todos los participantes ingresaran, frente a la puerta de la Biblioteca Emmanuel Mounier, lugar donde nos reuníamos todos los sábados.

Es importante señalar que no me aceptaron nuevamente porque comprendieran el peso teórico del discurso de la maricada, sino por temor al hecho vergonzante de que los transeúntes y el director de la biblioteca pensaran que algunos de los que allí se reunían eran tan maricas como yo.

Zuleta fue muy amado por las mujeres. Era un feminista radical y nos enseñó la importancia de tenerlas a ellas como interlocutoras y cómplices en la lucha. Fue una manera de aprender sobre las ganancias que había tenido el movimiento feminista en sus procesos organizativos.

León fue amigo de María Lady Londoño, una feminista de gran importancia en el discurso de los derechos humanos y reproductivos de la mujer. León me facilitó una fotocopia con los planteamientos de esta mujer, en cuya propuesta teórica, junto a la de Marta Lamas, me basé, en los orígenes de mi trabajo denominado «Los derechos humanos también son sexuales, los derechos sexuales también son humanos», en donde ya no sólo me refiero, como ellas, a los derechos reproductivos de las mujeres, sino más concretamente a los derechos de humanos y humanas expresados en los derechos: al reconocimiento y aceptación de sí mismo como hombre o como mujer y como seres sexuados; a la equidad de géneros; al fortalecimiento de la autoestima, la autovaloración y la autonomía para lograr la toma de decisiones en torno a la sexualidad; al libre ejercicio de la orientación sexual; a elegir las actividades sexuales según sus preferencias; al ejercicio dela función sexual en su modo erótico y reproductivo; a la educación sexual positiva; a espacios de comunicación familiar y escolar para tratar el tema de la sexualidad; y a la intimidad personal, la vida privada y al buen nombre.

Para Zuleta, en lo pertinente a los derechos humanos, era vital que se reconociera la universalidad de nuestra condición como un elemento determinante en la solución de conflictos sin tener que llegar a la violencia para construir una convivencia solidaria. De ahí que encontráramos un acuerdo, en nuestro último encuentro, de hablar no de homosexualidad sino de homosexualidades y más concretamente de sexualidades, y de darle una gran difusión a mi documento sobre derechos humanos y sexuales, documento del que me quedé esperando por escrito y hasta su asesinato, en agosto de 1993, de sus comentarios y aportes.

Para concluir citaré textualmente el cierre de la presentación de mi libro «Y si el cuerpo grita… dejémonos de maricadas» en la que hago un recuento sobre Zuleta al que denominé «Filósofo, loco, poeta y maricón»: «Hoy lamento que hayamos perdido el espíritu de su lucha; que las nuevas organizaciones parezcan no tener orígenes, contenidos políticos, e ideales claros. A pesar de que la sexualidad siga siendo un hecho político, la homosexualidad una sexualidad al margen, y las lesbianas y homosexuales considerados marginales, las nuevas organizaciones parecen olvidar los cientos de asesinatos y estigmas. Se dedican a algo que Zuleta y yo siempre rechazamos como nuestra primera línea de acción: al reformismo jurídico. Pensamos que no era necesario si previamente no lográbamos que hombres y mujeres, cualquiera que fuera su orientación sexual, se transformaran a sí mismos como una manera de buscar la ruptura y el cambio de la sociedad».

Debo decir que es una lástima que ese parentesco entre movimiento LGBTI y feministas se haya perdido, más ahora con el rollo de las feministas TERF; pero el rechazo a las personas trans y su instrumentalización también es parte de la práctica de las ONG para mostrarse respetuosas, abiertas y solidarias, contradictoriamente con su negación por evidenciarse trans/gresoras del deber ser del cuerpo, el vestido y la identidad. Las organizaciones que dicen ser LGTBI no les quieren en las manifestaciones y demás saraos diferentes a aquellos espectáculos en que las invitas, como estrellas, para recolectar fondos.

En los sectores que dicen ser LGTBI, el discurso se ha vuelto un discurso blanco, hegemónico falocrático, machista, partidista, por supuesto arribista, musculocéntrico, y esto, seguramente tiene que ver con la falta de ejercicio de poder en algunas lesbianas, de aceptación hacia las personas bisexuales, de falta de acompañamiento a las luchas de las personas trans y de desconocimiento sobre las intersexualidades.

 

[1] Marica de descendencia indígena. Artivista, artista transdisciplinar, político, inmigrante y refugiado en un proceso vivo de descolonización, disidente del régimen blanco-Heterosexual-capitalista-colonial. Se ha pasado toda su vida estudiando, co-construyendo conocimiento y creando. Refugiado colombiano en España desde 2007 es cofundador del Movimiento de Liberación Homosexual de Colombia. Máster en Proyectos de Autor y Fotografía Contemporánea en LaEscuela Mistos, Alicante 2017.

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