“Las mascotas fueron otros actores de la confrontación”

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Martín Cruz Vega y su gata Renata

La confrontación bélica produjo muchas historias, aún desconocidas. La selva tiene mucho por contar. Al respecto, Martín Cruz Vega, firmante del Acuerdo de Paz y escritor, habló con VOZ sobre su nuevo libro Mascotas en el conflicto armado y otros relatos

Mónica Andrea Miranda Forero
@Emedemoni_

Este es tu cuarto libro ¿Qué te inspiró a escribir sobre las mascotas en el conflicto armado?

-La memoria histórica tiene una cantidad de elementos muy importantes. La mayoría de las historias hablan sobre la guerra, los bombardeos, el combate, las víctimas, etc. Este libro lo hice junto con mi compañera. Queríamos escribir sobre algo distinto, sobre la guerra, pero con otro enfoque. Los animales son maravillosos y eran muy importantes cuando estábamos en la clandestinidad. La gente que no estuvo en la guerra no sabe de eso, que hay mascotas en la reincorporación, entonces me pareció muy importante visibilizarlas porque igual que nosotros murieron, fueron heridas, desaparecieron y otras nos dieron una familia. Por eso escogí este tema.

Reconciliación con la naturaleza

Este es un tema que es muy atractivo pero un poco invisibilizado ¿Cuéntanos un poco qué quieres transmitir en este libro sobre Mascotas en el conflicto?

-Quiero expresar dos cosas. La primera es que las mascotas jugaron un papel muy importante con nosotros en la guerra, fueron familia, amigos y amigas emplumados y peludos y hubo un universo de animales que sobrevivieron a la confrontación, otros que murieron. En segundo lugar, enseñar que los animales además de hacer parte de nuestro hábitat que compartimos, también fueron muy importantes como compañía. Guardaron secretos nuestros por años, algunas se murieron con esos secretos.

Las mascotas fueron otros actores de la confrontación y significaron una terapia importante. Ahora lo entiendo porque tengo a Renata, la gatica negra que está en la portada del libro. Los animales nos enseñan a ser incondicionales, a amar, a comunicarnos de maneras diferentes. Paradójicamente, entender a los animales es algo muy humano. En el Acuerdo de Paz, además de posibilitar la reconciliación con el enemigo y transitar hacia la reincorporación, también nos ayudó a reconciliarnos con la naturaleza y con un mundo que a veces no apreciamos desde las ciudades.

Hemos hecho dos eventos del libro y ambos han sido maravillosos, hemos llegado a donde queremos y es a que la gente se sensibilice y es otra forma de ver el conflicto más allá del Acuerdo de Paz que si bien benefició a seres humanos, también benefició a la naturaleza.

Un nuevo relato

¿Cómo llegó Renata a tu vida?

-Después de una pelea con mi compañera. Yo duré casi dos años diciéndole que tuviéramos una mascota y siempre la respuesta era que no, que dañaba los muebles, que las cortinas, que esto que lo otro, y al final ella cedió a Renata, pero con unas condiciones. Por ejemplo, que debía ser adoptada, traída del sur de la ciudad que es donde más abandonan animalitos, que fuera negra y pequeñita; y yo le tenía que comprar todo lo necesario y todos los días darle su concentrado, su agua y recogerle su arena. Yo acepté las condiciones y ahora es la adoración de nuestra vida. Yo quería ser abuelo, pero mi compañera dijo que no, entonces no soy abuelo, la esterilicé y la cuidé en su convalecencia. Renata en la casa hace lo que se le da la gana. En mi casa las órdenes las dan mi compañera y la gata.

Portada del libro ‘Mascotas en el conflicto armado’

Se construyó la imagen de la vida guerrillera como algo sanguinario, pero relatos como el que tú estás entregando en este libro confrontan esta idea, ¿qué mensajes le envías a las personas que aún piensan que en las filas de las FARC eran personas sin sentimientos?

-Yo creo que debemos mostrar un relato con todas las posibilidades, un relato muy amplio, que recoja todas las circunstancias de la clandestinidad. Efectivamente en la guerra resiste el fuerte, se someten los seres humanos al mayor esfuerzo, al mayor sacrificio y eso requiere personalidad y temple de fortaleza porque es la única manera de sobrevivir.

Dentro de la comunidad fariana, hubo comportamientos típicos de una familia, hubo muchas cosas que la gente ignora. Escribir sobre mascotas para mí resulta sencillo. A mí me han dicho “cómo es posible que ustedes tuvieron mascotas y escriben sobre esto”, pero la gente no entiende que fueron otro actor en la confrontación.

Estamos en un proceso de reincorporación y somos seres humanos. Lloramos, sentimos, tenemos miedos, nos reímos, tenemos problemas, nos enamoramos; pero el estigma construido es una forma de la guerra y quien tiene el poder de la información y de la manipulación, pues juega sus cartas. Por más de cincuenta años se escuchó el mismo relato, pero cuando nosotros llegamos y contamos cosas que vivimos, se dan cuenta que somos gente común y corriente, que necesitamos otra oportunidad de vida para poder contar nuestro relato.

Por ejemplo, está la historia de Sandy, quien hizo dejación de armas en el Chocó y ella tiene un loro, yo le digo súper loro, porque tiene 21 años. El loro duró 15 años en la confrontación y lleva cinco en la reincorporación a la vida civil.

Animalismo fariano

Con la publicación que haces ¿Crees que estás entregando un mensaje animalista desde el partido Comunes, antes FARC?

-Es que lo tenemos. Siempre evitábamos la tala de árboles, la contaminación de los ríos, no botábamos el aceite a los caños ni a las quebradas, prohibíamos la cacería de algunos animales. Siempre hemos sido así, pero no hemos tenido la oportunidad de contarlo. El libro que estamos presentando es apenas el inicio de la historia de 21 animales, pero son miles de relatos.

Cuando los excombatientes están contando sus historias, siempre hay un animal en el centro del relato, pero no todos tienen la posibilidad de escribir y yo lo que hice fue centrar esas historias. Yo tuve muchas mascotas. Tuve un loro que se llamaba Lorenzo y decía “Lorito real, visto de verde y soy de las FARC”. Quien matara una serpiente, por ejemplo, era sancionado. Quien cazaba un animal por “diversión”, también era castigado.

Cuéntame otra historia que esté plasmada en el libro y que se haya quedado en tu cabeza sobre los animales en el conflicto.

-Hay varias. Jacob fue un perro que lo recuperamos en un combate con la Policía. Era un pitbull que tenía un carácter muy fuerte. Yo lo cogí como mascota personal mientras la enfermera lo curó. Él era muy bravo, pero muy humilde a la vez. Ese perro nunca volvió a donde su familia. Teníamos como 12 perros policía y los entregamos a todos menos a Jacob.

Ícaro fue un gallinazo herido que adopté desde muy pequeño y que terminó amañado con nosotros. Comía la ración de carne antes que la guerrillerada, pero tocaba darle carne cruda y podrida. Cuando servían la comida y alguien se distraía, Ícaro se comía lo que estaba en el plato, eso fue para problemas, hasta que se hizo amigo de otros animales, pares de él y se lo llevaron y voló por los aires. Tuvo un final feliz.

Viajero fue un perro de un comandante que se llamaba Wilson Palacios, que murió en un combate con el Ejército. El perro aullaba y lamía la sangre como pidiendo ayuda. Viajero murió de pena moral porque cuando mataron a Wilson, él ya no quería comer, ni tomar agua, ni dormir, ni nada. Murió por amor.

Teodoro es un cusumbo, lo dejamos en un campamento y cuando fuimos a ver, un campesino fue a cazar y se lo encontró y lo mató sin saber que era de nosotros. Cuando llegamos a la casa a verificar, la carne estaba colgada en una vara sobre el fogón. Se comieron nuestro cusumbo. El Comandante como sanción por no estar responsable de Teodoro, nos dejó un año sin mascotas. Fueron muchas historias.