“La vieja esa” dice la verdad

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Senadora Aída Avella.

La instalación de las sesiones del Congreso puso en evidencia que Colombia tiene un Gobierno ausente, un Congreso con mayorías arrodilladas y cómplices y una oposición política lúcida y con propuestas de país

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

“¿Qué tal la vieja esa? Dijo que dónde estaba yo, que si estaba escuchando”, fueron las palabras que deslizó Iván Duque a su esposa mientras efectivamente sí escuchaba la réplica de la oposición, acompañado por parte de su equipo de Gobierno. El desliz -que ni siquiera fue una filtración pues fue publicado por la propia vicepresidenta- tal vez haya sido el detalle más escandaloso de una jornada agridulce, pero no es más que el botón de muestra de un régimen político que cada vez es menos capaz de -en palabras de Jacobo Arenas- conducir las contradicciones de la sociedad, es decir, de hacer política.

La jornada de instalación de la nueva legislatura del Congreso de la República puso en evidencia la desconexión que existe entre la clase política tradicional y buena parte de la sociedad que exige cambios urgentes en la forma de liderar este país. Mientras la bancada de la oposición acudió al recinto del Capitolio para garantizar con su presencia que no hubiese ‘jugaditas’, los congresistas de los partidos aliados del Gobierno se conectaron a la sesión por medios telemáticos, haciendo el juego a una ultraderecha que quiere un Congreso ausente, mudo y sin capacidad real de control político.

Un ‘lujo’ de presidente

Lo más indignante, pero a su vez lo más anunciado, fue la elección como presidente del Congreso del senador Arturo Char. El barranquillero llega a este puesto no por sus méritos -al menos no como congresista- sino como producto de un acuerdo político que reparte los periodos de la mesa directiva entre los partidos. El turno le correspondió a Cambio Radical que no tuvo una mejor idea que escoger al más mediocre miembro de su bancada, no solo cuestionado por su participación en el escándalo de la ‘merlanopolítica’, sino porque como senador se ha destacado por ser un mal cantante.

Tratando de parafrasear a Marx, puede decirse que lo trágico de la elección de Char es que se nombra en uno de los cargos más influyentes del Estado a un personaje acusado de graves delitos y con dos procesos abiertos en la Corte Suprema de Justicia. Porque no es solo la comisión de delitos electorales como la compra de votos, también es la participación en el plan de fuga de Aída Merlano -su antigua aliada- quien después de huir y ser recapturada en Venezuela acusó a Char de planear no solo su fuga sino su asesinato, como una estrategia para silenciarla definitivamente.

Lo patético, continuando con el parafraseo, es que se elige a una persona sin ningún tipo de experiencia en una responsabilidad de ese calado. Char ha sido cantante, gerente de la joyería de su familia y presidente del Junior de Barranquilla, también propiedad de su familia. En su paso por el Senado tiene uno de los peores récords de ausentismo, baja producción legislativa y casi nula participación como ponente de proyectos de Ley. En otras palabras, han puesto a un mediocre, alguien sin iniciativa ni liderazgo y que se limitará a tramitar los asuntos del Senado en función de los intereses de sus aliados políticos. Suena conocido, ¿verdad?

Un discurso de ensueño

Iván Duque demostró con su discurso de instalación que después de dos años continúa sin darse cuenta que la campaña terminó y ya es el presidente. No fue solo el saludo protocolario a Álvaro Uribe, innecesario y lambón. Tampoco el olvido -más responsabilidad de su oficina de comunicaciones que suya- de cumplir con el propósito del discurso de instalar formalmente las sesiones del Congreso, tanto que el presidente y el secretario del Senado tuvieron que pedirle que expresamente las instalara. Lo peor es que Duque sigue viviendo en un país de fantasía. Como dijo el periodista Félix de Bedout, el presidente practica no el aislamiento social sino el aislamiento de la realidad.

Podría decirse que el discurso de Duque fue ingenuo porque describe un país y una gestión que claramente no existen, pero tal vez sea más preciso calificar a su discurso como esquizofrénico. La esquizofrenia es el trastorno que hace que la persona perciba la realidad de forma distorsionada. Por ello, la descripción de un país en franca recuperación y sus llamados a “trabajar en equipo” parecerían un chiste macabro si no fuesen pronunciados por el más importante cargo del Estado. Con el Gobierno parece suceder algo similar a lo que ocurre con los Estados Unidos y su estrategia de tomar Venezuela: que terminan creyendo sus propias mentiras.

Un repaso a algunas de sus frases puede dar una idea de la desconexión del Gobierno con la realidad: “Es necesario dejar atrás un pasado de divisiones (…) debemos ser los protagonistas de un reencuentro de los colombianos en medio de las dificultades”. “El desafío más grande será evitar que la pandemia destruya el camino que hemos recorrido juntos para cerrar las brechas sociales” (!!!). “Invito a continuar la batalla de las ideas desde la claridad de las diferencias, pero atreviéndonos a desafiar la política del odio que promueven los profetas de la fractura nacional”. “Que cuando nuestros hijos y nietos nos recuerden y la historia nos juzgue, resalten que estuvimos unidos y no torpemente divididos por vanidades o intereses electoreros”.

Aída se lució

El discurso de réplica estuvo a cargo de la senadora por la Unión Patriótica, Aída Avella. Recordemos que este es un derecho consagrado en el Estatuto de la Oposición, una de las conquistas más importantes del Acuerdo de Paz. Ante el discurso delirante del Gobierno, Aída respondió con una cruda descripción de la realidad. Habló de los líderes sociales y exguerrilleros asesinados, denunció la pésima gestión de la pandemia, criticó el excesivo endeudamiento y los abusos de los bancos y llamó la atención sobre los casos de violencia sexual por parte de militares y policías.

Pero Aída no se quedó en el diagnóstico. Pidió renta básica permanente y pensión universal, exigió la matrícula gratis en todas las universidades públicas, propuso la creación de un sistema público de aseguramiento universal en salud, reclamó por la protección a la biodiversidad, insistió en el mejoramiento de las condiciones laborales de los profesionales de la salud y advirtió de la necesidad de crear una nueva doctrina militar. Cerró su intervención con un vibrante llamado a que Colombia le pertenezca a los 50 millones de colombianos y no a los 50 clanes que se han apropiado del país, de su economía y de la política.

Por ello, Duque llamando a Aída “la vieja esa” no pasa de ser una anécdota que solo evidencia el talante excluyente y soberbio de nuestra clase dominante. Lo importante fue el contenido del discurso de Aída y la elección para la Segunda Vicepresidencia del Senado -también gracias al Estatuto de la Oposición- de la senadora del partido Farc, Sandra Ramírez. Es histórico que una exguerrillera sea la vocera de la oposición en la mesa directiva del Senado. Es un hecho de reconciliación que -más allá de la pantomima que significó la instalación del Congreso- nos permite ser optimistas en la construcción de la paz.

Para nuestros senadores y representantes decentes y comprometidos, ¡buena legislatura!

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3 Comentarios

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