La vida es un ejercicio cotidiano de resiliencia

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Manuel Antonio Velandia Mora

La vida es un ejercicio cotidiano de resiliencia, y en especial la vida de quiénes hemos sido víctimas del conflicto armado en Colombia. Sobrevivir a la violencia, en especial cuando eres una persona desplazada, requiere acomodarse a un nuevo lugar, a unas nuevas personas, a nuevos vínculos, a un nuevo trabajo, a un nuevo uso del tiempo; además, cuando eres refugiado debes asimilar una nueva lengua, a una nueva forma de vivir las relaciones, de vestir, de comunicarte, de comer, de movilizarte, el uso del tiempo.

Cuando llegas hasta el nuevo lugar como refugiado, tu hoja de vida y experiencia parecen desaparecer. No importa lo que hayas estudiado, hasta que no homologas los títulos técnicamente no sabes sino leer y escribir. De nada sirve tu saber hacer, incluso para quienes se ven obligados a lavar platos, es imposible acceder a un trabajo de este orden sino hacen previamente un curso especializado en el tema.

De un día para otro, cuando logras reglamentar tu formación, los títulos aparecen en tu currículo y entonces crees que todo se ha solucionado, pero no es así. Cuando intentas concursar para un trabajo, lo haces por puntos; te dan, por ejemplo, por ser originario del país o miembro de la comunidad europea, pareja de un nativo o de un comunitario… No tienes puntos por ser extranjero ni tampoco por ser una víctima o por ser un refugiado. Mientras no logres certificar en Europa tus trabajos en Colombia o en América latina, no puedes demostrarlo y en consecuencia, no has hecho nada.

Portada del libro De exilio, retorno y otros dolores de guerra.

Tal vez, y esto es muy extraño, termina siendo más fácil crecer como artista. En general los estudios de arte no están reglamentados, así que con tu propia obra puedes lograr algo de aceptación y si es posible, algo de reconocimiento. Pero bien sabemos que el arte no da para vivir, a no ser que te aproveches del dolor de las víctimas para construir el gran monumento, y eso tan sólo es posible en Colombia.

La distancia que te separa de los seres que amas cambia su relación y su sentido. El amor no puede alimentarse con mentiras; se sazona día a día con la mirada, el toque, la complicidad, la palabra de aliento, la lágrima compartida, la sonrisa cómplice, el saber estar ahí…

Las nuevas tecnologías de la información y la comunicación posibilitan restablecer el vínculo. Ser refugiado te permite consolidar las amistades, así sea en la distancia, pero también te lleva a descubrir quiénes realmente son tus amigos. Duele saberse olvidado, duele estar lejos en los momentos importantes.

Nadie abandona su hogar, a la familia y a las demás personas que ama, sus cosas, su trabajo, por el simple hecho de querer partir. Los refugiados no queremos abandonar nuestra existencia por lograr un futuro incierto; es la libertad constreñida por los enemigos de la paz la que nos obliga a pensarnos la vida e incluso a abandonar nuestras acciones, pensamientos, escritos, trabajo artístico, relaciones de pareja. Cuando decidimos partir también lo hacemos para no romper plenamente con nuestra existencia, porque le damos valor a lo que hacemos y sabemos que si lo abandonamos ya nos han asesinado.

Cuando partimos al exilio, nuestro cuerpo parte, pero nuestra mente se queda. Durante algún tiempo, incluso años, leemos cotidianamente las noticias del país, aun cuando tenemos claro que las noticias a ti también te duelen. Queremos seguir atados a nuestras tradiciones, a los ritmos cotidianos; las crisis emocionales aparecen con los pequeños detalles: la añoranza del mango cuya miel resbala entre las manos, la maravilla de recordar el olor de la guayaba, soñamos comernos un ajiaco. Nos damos pequeños regalos, como prepararnos un caldo con papá, huevo y arepa. El bocadillo que recibimos de regalo alarga su existencia hasta que ya es difícil morderlo.

Nuestra mente empieza a llegar al conseguir cierta estabilidad laboral, económica y/o afectiva, pero tan solo hasta encontrar el amor el cuerpo y la mente se integran. El problema es cuando te has visto obligado a dejar en Colombia a tus hijos, a tu pareja, porque el exilio se hace más complicado. Hay que vivir la vida con el corazón partido. Sabes que así no se puede vivir y que necesitas juntar los añicos; aun cuando parece no existir un pegante lo suficientemente efectivo, el corazón y la mente se curan con paciencia, un poquito de amor y algo de felicidad.

La xenofobia es algo que probablemente nunca habíamos pensado que podría afectarnos. En general, cuando se es un refugiado, uno mismo tiene claro que es una víctima y las razones por las que ha tenido que huir, sin embargo, los demás suelen vernos como un desplazado económico. Aun cuando en Europa los inmigrantes cambiamos la curva poblacional y hemos creado las condiciones para que haya mejores alternativas en la seguridad social para las personas mayores, el ciudadano de a pie no suele ver esto y nos asumen como un atentado a sus posibilidades económicas y sus derechos. Es difícil ir caminando por la calle y observar que alguien guarda su cantera porque tú pareces representar riesgo para su seguridad; duele no poder ayudar a alguien que está siendo violentado en sus derechos porque el policía podría entender que tú eres un cómplice del maleante. Se te arruga el corazón cuando alguien te gritan ¡vete a tu país!

A pesar de los logros alcanzados o las dificultades experienciadas, te sientes aliviado cuando encuentras una voz cómplice y una mano amiga, cuando se interesan en ti y en tu historia, en aquellos momentos en que comparten contigo el hogar y los alimentos. Cuando creen en tu obra y comprendes que el reconocimiento es verdaderamente auténtico. Te alegras cuando descubres que la gente no se acerca a ti por caramelear, sino porque hay un interés realmente genuino. Te maravilla darte cuenta que cuando alguien te dice que te quiere, es porque efectivamente te ama

Cuando has construido el amor, cuando sientes que realmente es tuya la existencia, cuando tienes tu casa y tus cosas, es muy difícil pensar en el regreso, pero al recapacitar en que el amor de los tuyos te hace falta y sientes que puedes aportar tu grano de arena para construir el castillo de la paz, entonces vez la oportunidad de regresar y crees que todo será felicidad, pero pronto te das cuenta que tu retorno es un nuevo exilio.

Son muchas las vivencias que pudieran relatarse sobre el exilio y el retorno y también sobre otros dolores de la guerra, y son muchas las formas de hacerlo. Para mí el ARTivismo ha sido una alternativa para construir la resiliencia, para no verme obligado a contar una y otra vez los estragos que en mi kokoro ha dejado la partida, la ausencia y el regreso. Lo he hecho desde la fotografía, el grabado, las performances, las instalaciones, el teatro, la escritura de artículos y la poesía.

En mi libro “De exilio, retorno y otros dolores de guerra” se reúnen todas esas formas de contar las historias vividas; lo he hecho con mucho amor, también es mío el diseño y la diagramación del mismo. En él encontrarás unos guiños, que cual códigos QR, te permitirán acercarte a un proceso interactivo en el que el arte también se hace poema.

Quiero agradecer a la Alta consejería de paz, víctimas de reconciliación, de Bogotá y a Vladimir Rodríguez Valencia, el alto consejero por haber creído en mi obra y hacer posible que este compendio de amor, dolor y resiliencia llegue a sus manos en forma de libro, y, por hacer este visaje a las víctimas de los sectores LGTBI y de las diversidades de géneros y cuerpos.

Es una manera de decirnos y de reconocer que los actores armados castigaron y siguen castigando con fuerza a aquellos cuerpos que se apartaban de la norma heterosexual y el binarismo de género por cuanto consideran que estas formas identitarias son desviadas, enfermas, anormales, ilegales y pecaminosas. La violencia sexual en contra de hombres homosexuales, maricas y mujeres trans, ha sido ampliamente utilizada como un mecanismo correctivo por “renunciar” a los modelos binarios de masculinidad y feminidad, heterosexualidad, las formas de ser macho, falocrático misógino y de romper con el modelo establecido para vivir el rol sexual, cultural y político que nos ha sido asignado socialmente.

Agradezco a la señora alcaldesa y doctora Claudia Nayibe López Hernández por la introducción al poemario; a la alicantina Esther Abellán Rodes, poeta, actriz, crítica literaria, creadora multidisciplinar y, sobre todo, amiga y cómplice por su maravilloso prólogo; al fundador y director del Laboratorio de actos de escucha, Luis Carlos Sotelo Castro, quien es profesor en el departamento de teatro de la Universidad de Concordia en Montreal, Canadá, y autor del prefacio; mis voces de gratitud también para Ingrid García, feminista y funcionaria del gobierno canadiense y miembro del Foro Internacional de Víctimas y coordinadora del mismo en Canadá; como también a Mariano Sánchez Soler, historiador poeta y periodista español que igualmente que Ingrid hizo uno de los maravillosos textos de solapa.

Mis palabras de gratitud son también para Tico Alejandro Morales y mis ex-mis-amores Álvaro Ricardo Molano, Juan Carlos Sánz y Antonio Mejía por la lectura juiciosa y crítica del texto y los aportes estéticos al diseño del mismo. Agradezco también la Secretaría General de Bogotá y a la imprenta distrital por la impresión de este libro.

Gracias a mi familia, a mis amigos, por sus complicidades y efectos; a ti, y, en especial a quienes están aquí, por el calor humano que significa su presencia. Gracias a todos todas y todes por apoyarme en la construcción de mi felicidad.