La traición de Múnich y la hora cero de la guerra

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Los Acuerdos de Múnich fueron firmados por los jefes de gobierno de Italia, Alemania, Gran Bretaña y Francia para solucionar la Crisis de los Sudetes. De izquierda a derecha: Benito Mussolini (Italia), Adolf Hitler (Alemania), Paul Otto Schmidt (traductor) y Arthur Chamberlain (Gran Bretaña)

Occidente se ha empeñado en modificar la historia. No solo intentan reducir el rol de los soviéticos para presentar a los europeos y los norteamericanos como los principales autores de la derrota del fascismo, sino que buscan hacer responsable a la Unión Soviética del estallido de la guerra. ¿Cuál es la verdadera historia que antecedió al estallido bélico en el frente oriental?

Alejandro Cifuentes

Hace 80 años la Alemania nazi finiquitó los preparativos para su invasión de la Unión Soviética. A pesar de que la guerra se había iniciado casi dos años atrás, en agosto de 1939, y de que las tropas de Hitler habían demostrado una gran capacidad al doblegar en una rápida campaña a los franceses, los soviéticos no estaban preparados para enfrentar la agresión fascista.

Son muchos los elementos que explican dicha situación, pero hay dos que son fundamentales. Las purgas de Stalin en la década de 1930 habían afectado seriamente al Ejército Rojo. Con la ejecución de oficiales como Mijaíl Tujachevski se retrasó la modernización militar, lo que dejó al ejército soviético rezagado en tácticas de guerra mecanizada, y a la vez se le privó de una oficialidad experimentada.

Por otro lado, Stalin creía que los alemanes no se atreverían a atacar la Unión Soviética sin antes haber fulminado a los ingleses. Y es que no solo los soviéticos consideraban que el paso lógico que darían los nazis sería la invasión de las islas británicas, para lo cual los alemanes ya habían planificado una operación -conocida con el nombre clave de León Marino- aunque esta nunca se ejecutó. Pero en ningún caso se puede pensar que la situación de los soviéticos para junio de 1941 era resultado de una confianza ciega en el Tratado de no Agresión firmado con Alemania dos años antes.

El fascismo y las potencias occidentales

En los últimos años, occidente se ha empeñado en una campaña para modificar la visión sobre el curso de la Segunda Guerra Mundial. Pero ya no solo se trata de reducir el rol de los soviéticos en el esfuerzo bélico para presentar a los europeos y los norteamericanos como los principales autores de la derrota del fascismo. Ahora buscan equiparar a la Alemania nazi y a la Unión Soviética, y hacer responsable a esta última del estallido de la guerra.

En este sentido, el Tratado de no Agresión se muestra como la prueba irrefutable de tal responsabilidad. El Tratado, firmado en agosto de 1939 por los ministros de exteriores alemán Joachim von Ribbentrop y el soviético Viacheslav Mólotov, debe entenderse en medio de la convulsa situación de finales de los años treintas, y su comprensión es primordial para el análisis sobre el estallido de la Guerra.

El fascismo irrumpió en el escenario europeo durante la década de 1920. Mussolini se hizo con el poder en Italia, pero pocos recuerdan que otras latitudes del Viejo Continente fueron regidas por proyectos autoritarios, reaccionarios y antisemitas, como los liderados por Piłsudski en Polonia, Horty en Hungría, Tsankov y Kioseivanov en Bulgaria, Antonescu en Rumania, o Metaxas en Grecia. Muchos de estos personajes, hoy considerados por estados de la Unión Europea como héroes de la democracia, crearon un ambiente que llevó a sus países a colaborar con los nazis ya iniciada la Guerra.

Para la década de 1930 el fascismo ganaba más espacio, con la aparición de partidos incluso en el seno mismo de las democracias occidentales: Inglaterra, Francia, Canadá y los Estados Unidos contaron con sus propias organizaciones fascistas. El ascenso de Hitler en Alemania en 1933 propició esta situación.

Sin embargo, las organizaciones y regímenes fascistas no mantenían relaciones exclusivamente con Alemania o Italia. Algunos prefirieron alinearse con el imperialismo británico. Y en el caso de la guerra en España, iniciada por un levantamiento militar contra la República, se puede ver cómo las democracias occidentales decidieron tenderles la mano a los fascistas.

Franco pudo reagruparse en Marruecos gracias al apoyo oficial británico; mientras, las empresas norteamericanas les dieron su ayuda a los franquistas, a pesar de que Roosevelt había declarado un embargo de armas a los dos bandos. Además, luego de la guerra, las autoridades norteamericanas persiguieron a los milicianos, muchos de ellos afrodescendientes, que combatieron por la República en la Brigada Abraham Lincoln.

El fascismo y el Frente Popular

A principios de 1930 las organizaciones obreras se habían aliado con otros sectores progresistas en un frente político para frenar a la ultraderecha. La Internacional Comunista había identificado al fascismo como el principal enemigo a batir, por lo que impulsó estas alianzas bajo la denominación de Frente Popular. En 1936 Manuel Azaña y León Blum, en España y Francia respectivamente, llegaron al poder gracias a estas coaliciones. Pero ante el levantamiento militar, el Frente Popular en España se volcó a la guerra y profundizó las medidas radicales en el gobierno.

La situación era clara. El fascismo era un buen aliado para contener a la izquierda y al movimiento obrero, más en un momento donde la política de Frente Popular cosechaba éxitos.

Es por eso que no debe extrañarnos que desde 1933, unos pocos meses después del ascenso de Hitler al poder, Francia e Inglaterra mantuvieran su primer trato cordial con Italia y Alemania. Por iniciativa de Mussolini, estos cuatro países firmaron lo que se conoció como el Tratado de los Cuatro, donde reconocían mutuamente su rol como potencias en Europa estableciendo un acuerdo de colaboración y buenas intenciones.

De esta forma se iniciaban relaciones entre las potencias de Europa Occidental y los estados fascistas marcadas en todo el periodo previo a la guerra por la política de apaciguamiento del enemigo. Francia e Inglaterra se mostraron permisivas con el militarismo alemán y su política expansionista. Esto se hizo patente en 1935 con el acuerdo naval germano-británico, que les permitía a los primeros la formación de su marina de guerra, y sobre todo, iniciar la construcción masiva de submarinos, en clara violación del Tratado de Versalles.

Evitar la guerra en occidente incendiando oriente

Por eso, cuando Hitler comenzó a amenazar la paz en Europa, las potencias occidentales no solo evitaron la confrontación, sino que hicieron sendas concesiones a los intereses alemanes. Inglaterra y Francia hicieron la vista gorda ante el rearme, guardaron silencio ante la anexión de Austria y avalaron la ocupación del territorio checoslovaco.

Hitler desató un diferendo con el gobierno de Praga, exigiendo que le entregaran la región de los Sudetes, donde vivía población germanoparlante. El objetivo del alemán era en realidad neutralizar al ejército checo y apoderarse de la potente industria militar de ese país.

Las presiones alemanas sobre Praga comenzaron desde 1935. En 1938 los ingleses sumaron su voz por medio de la prensa. Francia y Gran Bretaña no estaban dispuestas a iniciar una guerra por los Sudetes. Pero el problema no era mantener la paz, sino evitar una guerra en el corazón de Europa que proyectara el conflicto español, con los obreros movilizados y la Unión Soviética apoyándolos.

Luego de algunos intercambios diplomáticos de los que los alemanes concluyeron que Francia e Inglaterra no se resistirían a su anexión de los Sudetes, Mussolini, el primer ministro británico Chamberlain, y su homólogo francés Daladier, se reunieron en Múnich en septiembre de 1938, y sin el concurso de los checos, aprobaron la ocupación alemana de los Sudetes. La decisión fue refrendada por los Estados Unidos.

La Unión Soviética, que había ofrecido una alianza a franceses e ingleses para proteger a los checos de una agresión alemana, entendió que las potencias occidentales estaban centrando sus esfuerzos diplomáticos en dirigir las armas alemanas hacia el Este.