La política de alianzas del Partido Comunista

0
171
La Unión Patriótica, convergencia política que emergió en los años ochenta y que sobrevivió al exterminio estatal, es hoy una importante fuerza política e integrante del Pacto Histórico. Foto Boris Orjuela

Las coaliciones propuestas por los comunistas no son nuevas. En un país con un régimen tan excluyente, las iniciativas de convergencias han sido, y seguirán siendo, fundamentales en la lucha de las fuerzas populares por la democracia

Alejandro Cifuentes

Hace 100 años el país experimentaba profundas transformaciones por cuenta de la modernización, y con esta, el estallido de conflictos sociales protagonizados por la naciente clase obrera, el campesinado y los indígenas. Los conservadores respondieron a las reivindicaciones populares con represión, la cual empeoró durante los gobiernos de Pedro Nel Ospina (1922-1926), y Miguel Abadía Méndez (1926-1930).

La clase obrera creó sus propias organizaciones políticas buscando autonomía frente al tradicional bipartidismo, tales como los partidos Socialista y Socialista Revolucionario. Estos luchaban por las reivindicaciones del proletariado, así como por la apertura del antidemocrático régimen. En este sentido confluían con sectores liberales de la oposición, con los cuales forjaron alianzas: los socialistas apoyaron la candidatura presidencial liberal en 1922. Y en 1929, los socialistas revolucionarios, se aliaron con algunos liberales en un fallido levantamiento para deponer a los conservadores.

Más allá del hecho de que estas alianzas causaron efectos adversos para los socialistas, nos demuestran que en Colombia las fuerzas populares y alternativas han recurrido desde sus orígenes a las alianzas en la lucha por la apertura democrática.

Movimiento obrero y lucha antifascista

El mismo año de fundación del Partido Comunista, 1930, los liberales volvieron al poder luego de 50 años. Estos impulsaron un proyecto modernizador, con reformas que matizaban el carácter conservador de la constitución de 1886, y pretendieron encausar los conflictos sociales promoviendo una legislación sobre sindicatos, huelgas y tierra. Por eso, no es de extrañar que estas medidas desataran la ira de los conservadores. A lo largo de la década de 1930, dirigentes como Laureano Gómez y Gilberto Alzate, embelesados con el fascismo ibérico e italiano, enfilaron sus críticas especialmente contra Alfonso López.

Dada la agresividad de la oposición conservadora y el desarrollo de las reformas, los comunistas colombianos decidieron apoyar a López, y acercarse al liberalismo para conformar la central sindical única, desarrollando así las tesis de la III Internacional sobre el frente antifascista. En 1935 se fundó la Confederación de Trabajadores de Colombia, que no solo fue central para las luchas reivindicativas, sino pilar de la movilización social que en 1944 puso freno al intento militar de derrocar a López.

Gaitán y la violencia

La segunda administración de López (1942-1945) resultó en el desencanto de las masas, pues abandonó el reformismo de su primera presidencia y se vio envuelto en varios escándalos. Jorge Eliécer Gaitán, quien había intentado construir un movimiento de masas en torno a su figura desde la década de 1930, aprovechó la situación. Para 1948, el caudillo liberal, con su discurso de crítica a las oligarquías bipartidistas, representaba las aspiraciones de las clases populares del país.

El Partido Comunista había tenido fuertes polémicas con Gaitán, pero poco antes de su asesinato, supo reconocer el potencial de Gaitán, y, en cabeza de Gilberto Vieira, se entabló una alianza con el caudillo.

El magnicidio de Gaitán se dio en medio de la ola de violencia iniciada en 1946. Ese año, los conservadores retornaron al poder y desataron la violencia para consolidar sus posiciones políticas y despojar violentamente al campesinado. La muerte del caudillo convirtió esta violencia en un conflicto armado.

En medio de la violencia se desató la persecución a la oposición política y a las organizaciones sociales. Con el cierre del Congreso por el presidente Ospina, el país se sumió en un régimen dictatorial, continuado por Laureano Gómez, electo en 1950, y luego por el general Rojas Pinilla, quien dio un golpe de estado en 1953.

Los comunistas, ilegalizados oficialmente en 1954, pasaron a la clandestinidad promoviendo la lucha de autodefensa, mientras los campesinos liberales también crearon sus agrupaciones armadas para defenderse de la violencia paraestatal. En medio de este conflicto, comunistas y liberales, sobre todo gaitanistas, constituyeron alianzas en zonas del Tolima y Cundinamarca para enfrentar la agresión. Algunos de estos viejos gaitanistas se constituirían en el núcleo fundador de las FARC, y otros, como Juan de la Cruz Varela, serían destacados dirigentes comunistas.

Contra la democracia restringida

Rojas Pinilla amenazó el poder de la oligarquía liberal-conservadora. Para superar la crisis, las élites bipartidistas llegaron a un acuerdo para repartirse paritariamente el Estado y alternar la presidencia. Este se denominó Frente Nacional, y cuando entró en vigor en 1958, fue publicitado como el “retorno a la democracia”. Aunque los comunistas recuperaron su estatus legal, consideraron que el nuevo régimen distaba de ser democrático. En realidad, el Frente Nacional les negaba el derecho a terceros partidos de ser elegidos, creando, cuando menos, una democracia limitada, donde la figura del estado de sitio, de uso recurrente, facilitó la persecución. La izquierda, que amplió su espectro luego de las revoluciones china y cubana, y los movimientos estudiantil, obrero y campesino, fueron el objetivo de los gobiernos frentenacionalistas.

Pero el Frente Nacional no recibió apoyo homogéneo de los partidos tradicionales. Por el liberalismo, Alfonso López Michelsen lideró la oposición al acuerdo bipartidista. Los comunistas decidieron apoyar la formación del Movimiento Revolucionario Liberal, MRL, y en coalición con este movimiento ocuparon escaños en el parlamento, desde donde se criticó el bipartidismo institucionalizado.

Y, en las postrimerías del Frente Nacional, los comunistas lideraron la formación de una alianza electoral, que se conocería como Unión Nacional de Oposición, UNO, a la que se integraron inicialmente disidentes de la ANAPO, liberales del MRL, demócratas cristianos, y el MOIR. En los procesos electorales de 1974 a 1982 ganó escaños en el parlamento, asambleas y concejos municipales; además impulsó el paro cívico de 1977, y acompañó a organizaciones campesinas y obreras en sus luchas reivindicativas, valiéndose de la actividad legislativa.

Siglo XXI: por la paz y la unidad

Dado su éxito, la UNO fue víctima de un exterminio sistemático. Sin embargo, la década de 1980 abrió un nuevo panorama. El gobierno de Belisario Betancur inició negociaciones con buena parte de los grupos guerrilleros. Para apoyar la salida negociada del conflicto, surgieron varias organizaciones resultado de alianzas entre sectores democráticos y de izquierda: ¡A Luchar ¡, Frente Popular, Firmes y la Unión Patriótica.

La represión no se hizo esperar, estas organizaciones fueron diezmadas por la violencia paraestatal, mientras el proceso de paz era saboteado por el ejército. Sin embargo, el M-19 se acogió a un acuerdo. En 1990, el excomandante de esa guerrilla, Carlos Pizarro, y Bernardo Jaramillo, por la UP, repuntaban en las encuestas de las elecciones presidenciales. Por eso comenzaron a buscar un acuerdo, que fue truncado por el asesinato de ambos.

Pese a la violencia, las fuerzas alternativas continuaron buscando la unidad para lograr la apertura democrática. A finales de 1990 surgieron el Frente Social y Político y el Polo Democrático, en torno a la candidatura presidencial de Luis Eduardo Garzón. Ambas organizaciones luego confluirían para llevar a Garzón a la alcaldía de Bogotá, y terminarían fundiéndose en 2005 en el Polo Democrático Alternativo, organización de amplia confluencia de izquierdas que apareció para enfrentar a Uribe en las urnas, y la cual constituyó la más importante fuerza opositora al presidente reelecto.