La persistente lucha por la paz

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Pietro Lora Alarcón

Guerra y Paz es una maravillosa obra de Tolstoi, que retrata los expedientes usados por Estados con pretensiones imperiales, para justificar su agresión militar. Paz es tal vez el substantivo cuyo contenido semántico es el más perseguido en Colombia luego de la gesta popular encabezada por Bolívar, que determinó la independencia en el siglo XIX.

La consigna de paz democrática y justicia social desafió en el país a las clases dominantes, que siempre han planteado la solución militar ante movimientos insurgentes con arraigo en el pueblo y que han auspiciado con su complicidad el intervencionismo, para profundizar el neocolonialismo como proyecto económico, social y político, que aumenta la dependencia.

Más allá de las fronteras, el derecho a la paz es el agredido y vilipendiado por la OTAN en sus incursiones militares que deflagraron el conflicto en Ucrania. Y paz es el clamor de los manifestantes en los más variados rincones del mundo ante el genocidio contra el pueblo palestino, que desnuda no solo el lugar que ocupa Israel como desestabilizador político y militar en el mundo, sino la naturaleza imperial de los propósitos de quienes patrocinan sus acciones de expansión hace más de 50 años.

Lo que caracteriza un genocidio, sobre el tema la izquierda colombiana tendría mucho que decir, es el proyecto para eliminar sistemáticamente la vida y la cultura de un pueblo o de un conjunto de seres humanos que manifiestan al mundo libremente su pensamiento y deciden actuar legítimamente para conquistar sus fines. El genocidio materializa claramente la recusa al derecho de vivir del otro, que en esa lógica insana debe ser exterminado para nunca más reaparecer.

La lógica se extiende a quien busca encontrar salidas políticas en favor de la paz. Esta semana, voceros de Israel afirmaron que “muchos “comprenden” a Hamas, diciendo que sus acciones son respuesta a agresiones nuestras. Comprender y apoyar son la misma cosa. Si apoyan a Hamas dan apoyo a terroristas”. La amenaza es evidente: todo aquel que ofrezca una explicación al conflicto y condene la masacre contra el pueblo palestino apoya el terrorismo y es, a los ojos de Israel, un terrorista por extensión.

Bajo esa doctrina, gobiernos de triste recordación en Colombia usaron la fuerza contra profesores, estudiantes, religiosos, hombres y mujeres del pueblo que adoptan una visión transformadora de una realidad montada e impuesta por el gran capital. La máquina de muerte del imperio busca permanentemente la guerra. Fueron los EUA los que rechazaron la propuesta humanitaria de Brasil en la ONU en favor de Palestina. Es su necesidad, no la de los pueblos.

Por eso, trabajar por la paz en cualquier acto del planeta es un acto de gallardía revolucionaria. Y por eso, que el Foro Internacional de Víctimas (FIV) y COLPAZ participen al lado de otras organizaciones en el Comité Nacional de Participación para los diálogos con el ELN y que, además, se realicen en Ginebra, los días 24 y 25 de noviembre, y en Bogotá, el 1 y 2 de diciembre, eventos de exiliados para contribuir a la Paz Integral es también un mensaje al mundo de que asumir la lucha por la solución política de los conflictos y la soberanía hace parte de las tareas movilizadoras para un proyecto estratégico de ruptura con el actual sistema de poder internacional.