“La movilización ha venido para quedarse”: Iván Cepeda

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Iván Cepeda Castro

El senador fue, sin duda, protagonista de primera línea de los principales acontecimientos políticos de este convulsionado año 2020. Habla del caso Uribe, de la extrema derecha, del gobierno de Iván Duque y de las reformas regresivas que se preparan para el 2021. También reflexiona sobre la oportunidad de un cambio político en el corto plazo en Colombia

Redacción Política

Este año, el caso Uribe produjo un verdadero terremoto político en el país. Sin embargo, hoy el exsenador está libre pero imputado, ¿cuál es el balance general que usted hace de lo ocurrido?

-El caso Uribe es un proceso judicial que tiene una gran complejidad y que se viene desarrollando desde hace ocho años, que ha tenido diversos momentos y que ha puesto a prueba cierto tipo de realidades. Por ejemplo, que en Colombia existen magistrados y magistradas que ejercen de una manera recta y a conciencia su trabajo logrando esclarecer uno de tantos hechos que se le imputan al expresidente. Creer en la justicia, en medio de muchas evidencias de impunidad, es fundamental. Por otra parte, este proceso judicial ha puesto en evidencia quién es Uribe y qué métodos utiliza.

Este proceso tiene otro aspecto, quizás más importante que el judicial. Considero que el caso ha tenido consecuencias políticas profundas. Se ha producido un hecho irreversible, un expresidente de la República fue objeto de medida de aseguramiento y tuvo que optar por renunciar a su cargo como senador para eludir a la justicia. Las consecuencias son el deterioro de su legitimidad, de esa aura que se había formado en torno a Uribe.

La extrema derecha

Muchas personas coinciden en que a pesar de la defensa mediática e institucional que tienen hoy a Uribe libre, todo lo que pasó golpeó no solo la imagen y favorabilidad del expresidente, sino también al partido de Gobierno. ¿Está de acuerdo con este diagnóstico?

-Como principio fundamental, no se puede subestimar a la extrema derecha en Colombia. Este sector político tiene bases sociales innegables y practican métodos que son sumamente sórdidos. No me refiero solo a sus métodos de guerra sucia, sino a su clientelismo, a su capacidad de generar clientela sobre la base de las necesidades de la gente, de ejercer el autoritarismo y el despotismo desde el poder, violar todos los principios de la Constitución y el Estado de derecho.

Lejos de mí una actitud triunfalista. Sin embargo, sí hay que registrar un golpe a la legitimidad del exsenador, que él mismo ha reconocido, cuando dice que le preocupa su reputación y su “honorabilidad”. Él nos endilga a algunos que hemos hecho una labor para desprestigiarlo públicamente, pero no, Uribe se ha desprestigiado solo porque la opinión pública ha podido ver y constatar cómo ha reaccionado, la manera como ha irrespetado a la justicia, la manera como la ha emprendido contra los periodistas críticos, cómo ha utilizado sus aliados en Estados Unidos, etc.

Ha sido evidente el manejo mediático a favor de Uribe Vélez, intentado imponer la versión de que el expresidente fue víctima de una conspiración orquestada por usted y la Corte Suprema de Justicia, ¿cuál es su valoración de esta estrategia mediática?

-Los medios son empresas privadas donde se imponen opiniones y líneas editoriales. En esa discusión yo he sido partidario de una lucha absolutamente limpia y transparente. No he hecho nunca, ni lo haré, un comentario en contra de algún periodista porque lo nuestro no es eso. Nosotros no censuramos, no intentamos descalificar el ejercicio del periodismo, independientemente de las críticas que tengamos hacía ciertas formas de informar. Más bien, lo que hemos hecho es explicar y argumentar.

Hay una realidad que ha cambiado. Antes era de un lado, lo que decía el aparato mediático, y del otro lado, un silencio sepulcral. Hoy ya no es así. En la actualidad existen infinidad de medios alternativos y redes sociales, además de una corriente de comunicadoras y comunicadores y columnistas de opinión que han sido fundamentales en esta lucha; trabajos de investigación muy serios que han servido para controvertir ese tsunami de mentiras que ha venido del otro lado.

Gobierno Duque

¿Cómo cree que se va comportar la extrema derecha de cara al 2022?

-No es un fenómeno local o nacional. Hoy estamos asistiendo en el mundo a un agrupamiento y consolidación de fuerzas de extrema derecha. Eso lo hemos visto, para no ir muy lejos, en países como Brasil o Estados Unidos. Debemos estudiar ese fenómeno. ¿Por qué se está produciendo?, ¿cuáles son sus raíces ideológicas, sociopolíticas y hacia dónde va?

Lo digo porque son procesos que tienen similitudes y coincidencias profundas y que están conectados. Por ejemplo, la extrema derecha colombiana tiene relaciones simbióticas con los sectores más extremistas del Partido Republicano, eso lo vimos en las pasadas elecciones en los Estados Unidos.

Duque es un presidente impopular, pero a sus amigos les ha ido muy bien antes, en y después de la pandemia. Más allá de su mala imagen, ¿qué esperar del Gobierno en estos dos años que le quedan?

-No podemos hacernos ilusiones de que va a haber un gran cambio de orientación y de estrategia por parte del gobierno Duque. Todo indica que la extrema derecha colombiana se está preparando para no perder el Gobierno y sus mayorías en el Congreso.

Para eso hay un recrudecimiento de las políticas que hemos visto hasta hoy. Se sigue acentuando el ataque al proceso de paz, estamos asistiendo en este momento a una preparación demagógica de lo que serán medidas regresivas en materia social y económica.

“Vamos a trabajar menos y ganar lo mismo”, “auxilios a las pequeñas y medianas empresas”, o “las ayudas solidarias se van a fortalecer”, todo eso es un barniz demagógico para lo que se viene. Y no es otra cosa que la cuenta de cobro del endeudamiento para salvar las grandes empresas y concentrar todo tipo de capitales en el sector financiero.

Viene una gran reforma tributaria, una reforma pensional y, con toda certeza, una reforma para profundizar la tercerización del empleo. En fin, lo que veo es que se sigue acentuando el curso del autoritarismo, de las políticas ultraneoliberales y de un neoextractivismo minero. Nada hace prever que el gobierno vaya a cambiar ese libreto.

Proceso de paz y caso ‘Santrich’

A cuatro años de la firma de los Acuerdos de Paz, existe un balance negativo en la implementación con la preocupante cifra de más de 200 excombatientes asesinados. ¿Cree usted que a la clase política tradicional de este país le quedó grande la paz?

-Yo creo que hay que hacer diferencias fundamentales. Evidentemente un resultado del acuerdo de paz es que se ha reconfigurado la política colombiana. Una cosa eran las fuerzas políticas antes del Acuerdo, cuando las élites estaban unidas monolíticamente en torno a la concepción de que la única posibilidad frente al conflicto armado era precisamente incentivar la confrontación, y lo que se produjo entre 2010 y 2018.

Existió un giro importante con varios efectos: definió, agrupó e identificó con claridad la extrema derecha; hizo que sectores de la élite y del liderazgo político asumieran posiciones favorables hacia el Acuerdo de Paz, así tengamos diferencias. También para los sectores alternativos fue importante, pues con el Estatuto de Oposición se materializó una de las deudas pendientes de la Constitución de 1991.

Más allá del incumplimiento, para mí el problema radica en los ataques al proceso de quienes lo han querido destruir. Lo que ha existido no es un problema de descuido, de desatención o falta de eficiencia. No. Lo que ha existido es un demoledor ataque contra el proceso de paz, cuya expresión más visible son los cientos de lideresas, líderes y excombatientes asesinados.

De igual forma, yo creo que no ha existido en la historia del país una institución más agredida y atacada que la JEP. Dudo que exista una institución que haya sido objeto de tantos ataques macabros en su contra. Se ha intentado destruir a todo el sistema de justicia transicional, utilizando toda clase de métodos.

El caso ‘Santrich’ pudo destruir el proceso de paz. Afortunadamente no fue así, pero sí generó consecuencias como el rearme del sector atacado. Usted no ha vacilado en ningún momento en defender el Acuerdo e investigar lo que a todas luces fue un complot contra la paz. Desde su opinión, ¿quién cree que dio la orden de sabotear el proceso de paz?

-Hay que constatar evidencias. Uribe desde el comienzo del proceso de paz hizo todo lo que podía hacer para acabarlo, desde poner a gente suya a filtrar las conversaciones que en ese momento era secretas, como vaticinar que eso no iba a ninguna parte, hasta crear un ambiente adverso en contra de la paz. Sin lugar a duda, Uribe y su sector político no han escatimado esfuerzos para acabar con el Acuerdo. ¿Qué tanta relación tuvo con este caso que estamos comentando? Eso habría que investigarlo más a fondo.

¿Cuál es la responsabilidad del exfiscal Néstor Humberto Martínez en el entrampamiento?

-Hay que decirlo. Hubo toda una acción para destruir el proceso. Por supuesto que hay una triple responsabilidad del exfiscal Néstor Humberto Martínez que no requiere un gran esfuerzo probatorio.

El primer hecho es que hubo una actividad de la Fiscalía General de la Nación para interceptar y seguir ilegalmente a miembros del equipo negociador. Esa actividad se realizó cuando el señor Martínez Neira ya presidía el ente acusador. Existen varias evidencias sobre eso.

La segunda responsabilidad de Martínez Neira es haber actuado con una agencia extranjera desde el comienzo de las operaciones. La pregunta es si eso cumplió con los requisitos de ley. Ahí hubo una concertación desde el comienzo, que está reconocido en el libro que jactanciosamente escribió el exfiscal.

Y el tercer asunto evidente es que ocultó hasta último momento estas operaciones al Presidente de la República, al Gobierno y al equipo negociador. Él ha intentado la manera de eludir el asunto diciendo que escribió cartas, pero es absolutamente evidente que, ante un asunto de seguridad nacional, absolutamente relevante para el país, hubo un encubrimiento y una mentira que es monstruosa.

¿Cómo interpretar el papel de la DEA?

-Yo en esto me cuidaría mucho en hacer afirmaciones generales con relación a Estados Unidos. Hay una actuación de la DEA, que no es el Gobierno de los Estados Unidos ni el conjunto de sus instituciones. Nos referimos a una agencia en particular, que actuó y que lo hizo de determinada forma. Petro mostró en su debate una serie de evidencias y análisis que desvirtúan la manera en que se hizo esa trampa.

Sin lugar a duda deben existir más responsabilidades. Todas estas agencias y personajes del caso no responden a intereses personales. Obviamente aquí hay fuerzas políticas, económicas y militares interesadas en destruir el proceso de paz y sus avances.

Movilización social

Existe una novedosa e interesante movilización que lastimosamente se frenó por la pandemia. ¿Qué interpretación hace usted de lo que pasó el 21N y lo que desencadenó este fenómeno en la agenda política del país?

-Hay que poner el asunto en una perspectiva internacional, obviamente reconociendo que en todos los países existen dinámicas propias. Lo que estamos viendo en la última década es un ciclo de movilizaciones en todo el mundo que se han convertido en multitudinarias y permanentes, persiguiendo objetivos cada vez más ambiciosos.

Si uno observa con detenimiento, lo que está ocurriendo es que la movilización termina convirtiéndose en procesos políticos de cambio. Por ejemplo, en España el 15M terminó convirtiéndose en un movimiento político, Podemos, que hoy gobierna. En Chile, para ejemplificar otro caso, se pasó de la protesta alrededor de demandas concretas a un momento de convulsión social que terminó en una constituyente. Entonces estamos ante un fenómeno político nuevo. Hay unas ciudadanías profundamente convencidas de la necesidad de cambios.

Eso ha ocurrido en Colombia. La dinámica del movimiento social, de las huelgas, de los paros, de los plantones se ha ido transformando en un movimiento más de fondo, más ambicioso, pero al mismo tiempo más diverso y plural.

Todo esto ha confluido con nuevas expresiones ciudadanas que se dieron cita el pasado 21 de noviembre de 2019. Evidentemente, la movilización ha tenido un receso con la pandemia pero la indignación se agranda. Que nadie del otro lado se haga ilusiones que hubo un momento de suspensión. La poderosa movilización social es un indicador favorable de que avanzamos hacia un cambio político.

¿Cuáles son, desde su perspectiva, las enseñanzas que dejó el 21N?

-Que no se puede negociar al mismo tiempo todo, hay que priorizar, hay que librar este proceso de luchas sociales en distintos tiempos y con distintos objetivos, unos más estratégicos y otros más de coyuntura. Pero quiero resaltar algo, asistimos a una movilización mundial, continental, transnacional y global, fenómeno que ha venido para quedarse.

Unidad del campo democrático

Usted trinó: “Tengo plena convicción de que es posible -y de que comienza a materializarse- un movimiento que hará realidad la transformación de Colombia, con gentes de todos los matices, ciudadanías, movimientos sociales y fuerzas democráticas diversas. Comienza a formarse esa gran alianza”. Cuéntenos algo que la gente no sepa con respecto a esa gran alianza

-Hemos asistido a un encuentro de múltiples planos, obviamente con los problemas, desencuentros y discusiones que son propias de la política. Ha surgido un movimiento por la paz, hay sectores que se consideran más de centro y otros que se consideran más de izquierda, progresistas o alternativos. También hay un movimiento social y ciudadano que no depende del mundo político institucional y que está ahí.

Yo creo que todas esas fuerzas, con sus dificultades, vienen dialogando y convergiendo y que van a hacer una propuesta. Yo he dicho que es posible. Lograrlo es el mayor desafío político, pero hay condiciones excepcionales para pensar que será así.

Hay fuerzas que no están necesariamente unidas a esos sectores políticos pero que ejercen liderazgos de opinión. Hoy hay una corriente de opinión en las redes sociales y en los medios de comunicación. Yo creo que en esa perspectiva sí hay cómo lograrlo. Se han producido hechos que deberían tener como efecto una reflexión y actitudes políticas acordes a eso que estamos acordando. Hay un contexto favorable para la convergencia y hay que plasmarlo en hechos políticos.

De alguna manera VOZ ha sido parte de su historia por sus padres, Yira Castro y Manuel Cepeda. ¿Qué recuerdo tiene?

-Tanto mi mamá como mi papá estuvieron muy ligados al periódico. Son muchos recuerdos, ya sean bonitos, festivos y otros un poco más difíciles.

Recuerdo mucho el día del asesinato de José Antequera en 1989. Después de la batalla campal que hubo por toda la ciudad, un grupo de cincuenta personas quedamos encerradas en la casa del Partido en la carrera 10 con calle 19. La situación se volvió tensionante, estábamos rodeados, la policía disparó gases lacrimógenos contra la casa y adentro había también personas armadas.

En medio de la escena, cuando el ambiente se llenaba de gases lacrimógenos y nadie podía respirar, recuerdo a mi papá, imperturbable, sentado en la máquina de escribir. Yo le dije: “es bueno que reacciones, porque esto se está poniendo realmente muy mal”. Él me contestó: “Ya voy, déjame, estoy escribiendo el editorial del semanario VOZ”.

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