La lucha de un guerrero por la paz

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Abelardo Sánchez fue testigo de cómo en las cárceles se reproducen los conflictos que se desarrollan en el resto del país

Abelardo Antonio Sánchez fue militante del Partido Comunista, sobreviviente del genocidio contra la Unión Patriótica en Urabá y víctima de un falso positivo judicial por el caso de la masacre en el barrio La Chinita de Apartadó. Esta crónica, hecha en vísperas de la firma del Acuerdo de La Habana, se convierte en el mejor testimonio de un hombre que sobrevivió a la guerra y a la cárcel gracias a sus indoblegables principios revolucionarios

Redacción VOZ

“Ese día llevaba 60 pasajeros. Cuando llegué a una parte que llaman La Cabaña miré por el espejo y vi un carro raro detrás. Era una camioneta. Cuando llegué a la terminal no me dieron papaya, sino que se me atravesó una buseta, me tocó frenar. Cuando me di cuenta estaban encima de mí y me encañonaron con metras. Uno se subió y el otro me apuntaba desde fuera. Era el Unase del Ejército. Yo me quedé quieto, los vidrios los quebraron todos porque la gente por donde podía salirse se volaba.

“Ellos no sabían qué era lo que pasaba si me iban a matar o cómo era la cosa. El bus quedó prendido a media calle, no me dieron tiempo de apagarlo. Me bajaron a puros golpes con las manos en el cuello y me echaron en la camioneta. Me decían ‘hijueputa diga dónde está Nicolás Gómez’, que esto y lo otro… Nicolás Gómez era un comandante de las FARC”.

Aquel 19 de febrero de 1994, era un día común y corriente para Abelardo Antonio Sánchez. Conducía su bus Dodge modelo 1980, en el servicio público urbano en Apartadó, Antioquia, que le daba para vivir bien con su familia: Su esposa Teresa Ibárraga, quien era ama de casa; su hijo John Fredy Sánchez, quien hacía su último año de estudios secundarios.

El día de la detención, eran las dos de la tarde y Abelardo llegaba de La Trinidad con un viaje. “No sabíamos que teníamos orden de captura, esta era para 300 personas y lograron capturar a 150; ahí cayeron los alcaldes, concejales, escoltas, junta de acción comunal y conductores. Es decir, todo lo que perteneciera a la Unión Patriótica, los alcaldes de Chigorodó, el de Turbo, el de Apartadó, entre otros que no recuerdo”.

“Ese día llegué a almorzar a la casa, como a las 12 o 1 de la tarde. Llegó un muchacho conocido de nosotros, le decían Vitamina, era también de la UP, me dijo: ‘Hermano pilas que hay un listado de órdenes de captura de los compañeros de la UP’. Él se enteró porque había visto ya el volante, yo le dije ‘Pero por qué hermano si yo no he hecho nada, yo me voy a seguir con mi recorrido’. La orden no la había dado alguien, porque para esa fecha no la había. Primero nos cogieron y nos llevaron a La Picota y a los siete días salió la orden de captura. Eso lo hizo la Fiscalía, la señora Clemencia Usechi”.

El bus no era la única fuente de ingresos para la familia de Abelardo Sánchez: “También teníamos una finca de 60 hectáreas donde había ganado, cosecha verde y bestias, era una finca en el campo donde se cultivaba maíz y cacao. Estaba más o menos a 40 minutos en San José. Allí teníamos administradores y trabajadores”.

A La Picota

Los capturados fueron llevados al batallón donde continuaron los interrogatorios: “El que me obligaba a mí a cantar era un tipo muy conocido, yo lo tenía como amigo y fue el que me dio dedo. Como pagaban millón doscientos mil porque le dieran dedo al que fuera, no era más sino que dijera ‘ese es’ y no más. Yo lo vi y él me decía, ‘este hijueputa, diga, diga…’ yo le contesté ‘no sé de qué me está hablando, yo a usted no lo conozco, escasamente trabajo en este pueblo y este bus es para cargar a todo mundo, yo cargo al que sea, no le pregunto usted quien es ni nada, a mí lo que me interesa es que me paguen’”.

Cuando llegaron al batallón lo encerraron con Mercedes Úsuga. Fueron amarrados, junto con otros 18. “Como a las 10 u 11 de la noche llegan los del Ejército a tratar mal a Mercedes, a la viejita, le decían que dijera dónde estaban los muchachos que reclutábamos y nos daban pata. A mí me sacaron a las 12 y 30 de la noche, me cogieron y me metieron una bolsa negra en la cabeza y dele, y dele… Yo sentí que fui hasta cierta parte caminando, entonces un soldado se emberracó y les dijo ‘no a ese señor devuélvanlo, esa gente está a cargo mío, porque si les pasa algo yo los tengo que divulgar a ustedes y me perjudico yo’. Éramos tres, nos llevaban para una parte que llaman el pozo, un hueco grande. Nos devolvieron, a mí me tumbaron todos los dientes me dieron mucha pata y culatazos en la cara”.

Al siguiente día les llevaron a la Fiscal, Clemencia Usechi. “Un tipo de café puso una pista y luego otra sobre la mesa. Estaba ella y a mí me sentaron, yo les dije que no conocía a ninguno de los que me preguntaban.

“El sábado estábamos esperando que nos llevaran a desayunar, porque aguantábamos mucha hambre. Estábamos listos desfilando para desayunar, pero no me dejaron, dijeron que no se le da de comer a un ‘guerrillero hijueputa’. Nos montaron a un helicóptero de carga que parece un burro, ahí nos metieron a 26 todos amarrados. El tiempo de vuelo, 45 minutos, fue una tortura, descansamos cuando llegamos a La Picota, no nos volvieron a maltratar para nada. Los guardias nos decían ‘muchachos lo que están haciendo con ustedes es una injusticia’”.

Abelardo fue testigo de cómo en las cárceles se reproducen los conflictos que se desarrollan en el resto del país. Los metieron al Infierno o cuarto piso, que estaba abandonado: “Dicen que ahí era donde mataban la gente. En el piso de arriba estaba la gente de Pablo Escobar quienes nos recibieron bien y nos defendieron de los paracos que querían matarnos. Nuestro patio estaba abandonado, había arena, no había camas. Los lugartenientes de Pablo nos surtieron todo, nos dieron colchones, cobijas, todo lo necesario.

En la cárcel nos trataban muy mal, nos daban hora de sol de seis a siete de la mañana. Los del patio dos, donde estaban los del ELN y las FARC también nos protegían de los paras. Varias veces los paras intentaron meterse a nuestro patio, hubo balaceras, muertos. Hasta que las FARC se metieron al patio de los paras y se generó un enfrentamiento con varios muertos”.

Cuatro meses después fueron llevados a un cuarto oscuro donde una voz ronca les decía que aceptaran los cargos. “No teníamos qué aceptar. La justicia sin rostro hacía lo que le daba la gana con nosotros”. Abelardo tuvo dos condenas una por 25 años y la otra por 52, por complicidad con la Masacre de La Chinita, perpetrada por las FARC el 23 de enero de 1994 en Apartadó, Urabá Antioqueño, donde un grupo de hombres armados asesinaron a 35 personas que departían en una fiesta comunitaria.

El Partido Comunista y la Unión Patriótica en Urabá para el año 1994 gobernaba los municipios de Apartadó, Turbo, Mutatá, Murindó y Chigorodó, contaba con un censo de 12 mil militantes y vendía 2.000 periódicos VOZ a la semana

La salida del Infierno

A los meses de estar detenido, llegaron a su casa en Apartadó a matar a su esposa y a su hijo, quienes afortunadamente cuatro horas antes habían abandonado el pueblo con rumbo hacia Bogotá. “Cuando llegaron a la ciudad –dice que no sabe por qué- los del cartel de Medellín que estaban en la cárcel se las arreglaron para darles ropa, una estufa y pagarles arriendo”.

En el Infierno duró seis años, aunque el lugar había tenido muchas mejoras. Lo sacaron al patio quinto o de la tercera edad cuando cumplió 50 años. Allí fue diferente. Pudo aprender a trabajar la madera, hacer muebles, distraerse y producir. Sus días pasaban entre los talleres, las lecturas de libros de historia, la Biblia y el periódico VOZ.

Perdió todas las propiedades que tenía en su pueblo, la casa, los carros y la finca, aunque de esta última tiene papeles, no ha podido recuperarla, sabe que ahora toda la utilizan para ganadería.

Cuando Abelardo estaba a cargo de la producción de su tierra vendía la producción a una cooperativa: “En ese tiempo el cacao era más caro que el café y sacaba mucho, pero actualmente no sé qué es tomarme un tinto de la producción de la finca”. Ni su esposa lo supo, pues un hermano de Abelardo debió responder por ella y su hijo a quien le faltaba poco tiempo para graduarse de bachiller.

Su familia sobrevivió en Bogotá gracias a un trabajo en una cerrajería que consiguió el muchacho, luego como vigilante.

El fin de su parcela

Alguna vez entró a hablar con ellos un abogado quien les dijo que según lo que sabía ellos no tenían defensores, que los habían abandonado. Abelardo con tantas decepciones por culpa de otros abogados, tampoco creía en que él le pudiera ayudar, pero lo autorizó a coger su caso. Pocos días después lo sacaron a una reunión en el Consejo de la Judicatura. “Ahí me sorprendí al ver el memorando que yo le había firmado al abogado. Luego de dos horas de reunión dijeron ‘estos papeles háganmelos llegar a (no sé a qué oficina) porque a esta gente no me la van a castigar más’”.

El 22 junio de 2006 quedó libre. Recuerda que su esposa fue a esperarlo a la salida de la cárcel y estuvo hasta la una de la mañana, pero por un error en un número de la cédula no lo soltaron. Al siguiente día en horas de la mañana salió, pero no pudo ir a alguna parte. Se encontraba solo en una ciudad que no conocía. Tuvo que llamar a su esposa para que lo recogiera, lo que sucedió hora y media después. Poco tiempo después había conseguido trabajo como vigilante.

Dice que no va a volver porque el pueblo está lleno de paramilitares, quienes siguen haciendo masacres en el campo. “Mi historia ha sido muy dura, está llena de humillaciones”, comenta para explicar cómo la fiscal los hizo condenar sin prueba alguna. “Es la misma fiscal que luego fue a la cárcel, eso salió por televisión”.

De manera categórica dice que no cree en el proceso de paz que se adelanta en La Habana. Que una cosa es lo que se firme allá y otra lo que se vive en los campos donde están creciendo y fortaleciéndose los paramilitares. “Ellos son los que están haciendo y deshaciendo. Entonces, para que haya paz deben es desmontar el paramilitarismo y no creo que hagan eso. Es que recuerdo que alguna vez trabajando en el bus llegué a una vereda donde vi cómo habían incendiado más de 150 casas de la gente, los masacraron, a otros los mataron y esas tierras ahora son de gente como los Castaño, Uribe y Rito Alejo. No creo que eso cambie”.

Actualmente está endeudado por los impuestos de la finca y la casa. La casa en el pueblo está en poder de los paramilitares. Los carros y el bus fueron desguazados en un batallón del ejército. No quiere volver a hacer producir la tierra, solo quiere tener una propiedad en la ciudad en donde meter a su familia.

Abelardo Sánchez y su familia tenían una finca en zona rural del corregimiento de San José de Apartadó