La gente de bien

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El personaje de ‘Juanpis González’, interpretado por el comediante Alejandro Riaño, es la mejor interpretación de una clásica “persona de bien”

La cultura política de la élite colombiana no es ni siquiera premoderna. El Paro Nacional parece haber plantado la semilla para superar la concepción colonial de nuestra sociedad y construir una consciencia ciudadana

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

“Yo soy una persona decente, yo pago impuestos, yo genero empleo, yo hago obra social, yo soy gente de bien”. Así, palabras más palabras menos, se defendía Andrés Escobar, el negociante caleño que salió con sus vecinos a disparar a los manifestantes, tratando de explicar por qué para él “defender la propiedad es normal” y “para eso hemos conformado un grupo en la comunidad”.

El video, que en sí mismo es una confesión de actividades paramilitares y debería constituir una noticia criminal, es también una radiografía del pensamiento de una franja de la sociedad que ha interiorizado una forma particular de entender el país como si este fuese “su” propiedad.

Por supuesto, el caso de Escobar es apenas una muestra de algo mucho más extendido. Porque no solo piensan así los verdaderos dueños del país, esos que nunca vemos porque ni siquiera viven aquí, andan en carros blindados y viajan en avión privado. Es que esa forma de pensar se ha irrigado hacia un sector de la sociedad que ha mejorado su ingreso en los últimos años -en buena parte gracias al narcotráfico- y que ha adquirido e imitado las formas de pensar y actuar de la élite.

Esa franja emergente -a la que evidentemente pertenece Escobar- es la que sustenta y legitima ese pensamiento pues sirve de ejemplo a las capas más deprimidas para que no se quejen y se den cuenta de que se sale adelante con trabajo y esfuerzo y no con huelgas y marchas.

Élites

En toda sociedad hay sectores que tienen más influencia o poder. En nuestras sociedades latinoamericanas, estos sectores han sido históricamente los herederos de los antiguos criollos, americanos de origen europeo que lideraron -muy a su pesar- los procesos independentistas y luego ocuparon el lugar de los peninsulares en la escala social.

Por eso la distinción de clases en América Latina -a diferencia de otras partes del mundo- está marcada por la variable racial, es decir, quienes ocupan los lugares privilegiados del escalafón social son más blancos y a medida que se intensifica el mestizaje se desciende en dicha escala hasta llegar, irónicamente, a las etnias con menos mestizaje como los indígenas y los negros.

Esa división racial permaneció casi intacta hasta el decenio de 1920, cuando masas de campesinos emigraron a las ciudades y se proletarizaron accediendo a la vida urbana -más igualitaria y democrática que la vida rural- donde compartían las mismas calles y parques con los “señoritos” de la élite y podían mirarlos a la cara y perderles el miedo.

Pero fue hasta el decenio de 1970 cuando se dio un tímido fenómeno de movilidad social, pues el desarrollo de la economía nacional, la popularización del clientelismo y la aparición del narcotráfico lograron que capas más amplias de la sociedad pudieran mejorar sus ingresos y convertirse en clase media o incluso enriquecerse.

Esa nueva clase media emergente, como siempre sucede, imita la estética y las formas de la élite pretendiendo parecerse a ella y tratando de distanciarse lo más posible de los sectores populares. Ese esfuerzo de imitación ha sido denominado por varios autores como “blanquitud”, es decir, la intención de parecer blanco en el aspecto, el lenguaje y los modales con el fin de acceder a los excluyentes círculos de la élite.

Pues bien, en Colombia esa imitación se ha extendido a la forma como la élite concibe su lugar en la sociedad y es reproducida por muchos sectores de clase media que ven en el desprecio por lo popular un signo de status.

Los dueños del país

Esta expresión, muy frecuente en Colombia para referirse a la élite, es inquietantemente precisa para definirla no solo por la alta concentración de la riqueza que hay en nuestro país, sino en especial por ese rasgo que la diferencia de otras élites, incluso latinoamericanas. Porque las clases dirigentes, para serlo, deben tener un alto grado de consciencia de su responsabilidad social.

Las sociedades más exitosas han sido aquellas con élites más responsables de su rol de dirección, pero la nuestra no considera que tenga ninguna responsabilidad. Este es el rasgo más preocupante del pensamiento elitista colombiano, porque supone una dominación no basada en el consentimiento del pueblo sino en una retorcida concepción del derecho natural, es decir, quienes mandan no lo hacen porque el pueblo obtenga algo satisfactorio a cambio de su obediencia sino porque sencillamente les corresponde, el país es de su propiedad y nos hacen el favor de dejarnos vivir aquí.

Por eso, a pesar de que la élite usa el complaciente término “clase dirigente” para referirse a sí misma, en realidad no lo es porque no ha logrado elaborar un proyecto de país con el que todos y todas nos sintamos identificados. Es, eso sí, una “clase dominante” porque su dominación no se ha basado en el consenso sino en la indiferencia y el miedo, es decir, el colombiano es un pueblo que obedece por inercia o porque no tiene más opción, no se ha creado una cultura política ciudadana que nos anime a cumplir la ley, pagar los impuestos u obedecer a las autoridades porque creamos que es lo correcto.

El poder de nuestra élite no se articula desde el consentimiento sino desde la coacción y por eso, la mayoría de conflictos sociales se resuelven en Colombia por la fuerza.

Encomenderos

Esa ausencia de responsabilidad se basa en una concepción encomendera de la sociedad. La Encomienda fue una institución colonial por la cual el rey le “encomendaba” a un conquistador unas tierras con su población indígena, para que la evangelizara y la pusiera a producir. La gran distancia con España, el aislamiento entre los territorios y el poder omnímodo del encomendero sobre los indígenas configuraron una especial forma de relación social donde el español debía someterse a las órdenes reales y proteger a los indígenas, pero en realidad tenía una enorme autonomía y poseía -de hecho- la tierra y las personas.

La actual cultura política de la élite colombiana se asemeja mucho a dicha concepción colonial. Así como el encomendero consideraba que poseía el territorio y las personas, así la élite cree que el país les pertenece. Por eso no reconocen derechos, desprecian la cultura popular, temen una sociedad más igualitaria donde los pobres no les hagan venias y sienten pánico ante cualquier intento de democratización.

La misma expresión “gente de bien” alude necesariamente a que hay un grupo de “gente que no es de bien”, gente indeseable, sucia, inculta, culpable del atraso de nuestro país. Ellos no, ellos son blancos, ilustrados y refinados. Lo irónico y cruel es que su “blanquitud” solo se nota cuando se comparan con alguien más pobre, por eso detestan la igualdad y les interesa que la sociedad colombiana siga siendo excluyente y clasista.

Idea de libertad

Tal vez uno de los resultados más significativos del paro nacional ha sido que en un país tan arribista como el nuestro, donde hasta hace poco más de un mes ser “gente de bien” era una aspiración de cualquiera, esa expresión se ha convertido en un insulto. Las imágenes de ciudadanos vestidos de blanco disparando contra los manifestantes al amparo de la policía y la posterior justificación de que aquello era “normal”, han hecho que millones de colombianos cambien su percepción sobre el ascenso social.

No lo sabemos aún, pero esto puede ser el comienzo de una nueva forma de conciencia ciudadana surgida al calor del paro. La libertad no consiste en que el esclavo se convierta en amo sino en que desee ser libre.

Nuestra propia idea de libertad puede comenzar por renunciar a querer ser “gente de bien” y aspirar a ser simplemente colombianos.