La génesis del golpe de Estado en Bolivia

0
4673
Sectores populares enfrentan a los golpistas y exigen el retorno de Evo Morales.

En la misma proporción en que avanza el cerco derechista a una de las mejores democracias de América Latina, avanza la resistencia indígena, campesina y popular

Ricardo Arenales

La resistencia de los trabajadores, campesinos, indígenas y pueblo de Bolivia sigue creciendo frente a los golpistas que derrocaron al presidente constitucional Evo Morales. La declaración de la Coordinadora de Seis Federaciones del Trópico de Cochabamba, a través de su vicepresidente, Andrónico Rodríguez, de que han convocado a una “movilización nacional” a partir del 13 de noviembre, “hasta que el presidente Evo Morales retorne a la presidencia”, puede dar una idea del nivel de confrontación social que vive el país suramericano tras el derrocamiento del presidente indígena aymara.

El líder cocalero aseguró que las organizaciones sindicales que representa, rechazan “de manera contundente” la autoproclamación de Jeanine Áñez como presidenta interina, un paso que calificó de “totalmente inconstitucional”. “Nos declaramos en movilización nacional en contra del golpe de Estado que se ha perpetrado en nuestro país”, puntualizó, y pidió “aunar esfuerzos a todas las organizaciones sociales de todo el país”.

“Estaremos en las calles hasta que nuestro hermano presidente Evo Morales retorne a la Presidencia, porque está en el tiempo del mandato constitucional hasta el 22 de enero de 2020”, declaró el líder gremial. Por su parte la Confederación Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia llamó a la movilización general y se declaró en estado de emergencia.

Las banderas wiphala

Al mismo tiempo, desde la ciudad de El Alto, en el departamento de La Paz, cuna de la resistencia indígena, desde hace una semana se reportó que miles de indígenas salieron a las calles con banderas wiphala, que representan a los pueblos originarios bolivianos, para rechazar el golpe de Estado contra su presidente. En esa localidad, militantes del Movimiento al Socialismo, MAS, el partido de Evo Morales, denunciaron que fueron atacados a bala por la policía durante las protestas.

“Evo no está solo, carajo”, gritaron miles de gargantas en un desfile multitudinario que más tarde llegó a La Paz, donde expresaron su solidaridad con el mandatario depuesto. En algunos sitios comenzaron a levantar barricadas, y desde varios puntos del país se reportaron bloqueos de vías, taponamiento de calles, quema de llantas y otras acciones. El comandante de la policía de La Paz, coronel José Barrenechea, dijo: “La policía boliviana ya fue rebasada” y pidió refuerzos a las Fuerzas Armadas.

“Pronto volveré con más energía para seguir trabajando por nuestra querida patria”, respondió desde México, donde se encuentra asilado, el depuesto mandatario, en un audio de voz dirigido a sus seguidores.

Por donde quiera que se le mire

Los grandes medios de comunicación latinoamericanos han querido prender la idea de que Evo Morales presentó renuncia a su cargo, ante la imposibilidad de manejar una crisis, desprendida del proceso electoral reciente, que se le escapó de las manos. Pero la realidad es bien diferente. Lo que sucedió en Bolivia es un golpe de Estado, por donde quiera que se le mire.

Durante semanas, los manifestantes de la derecha acosaron a los militantes del partido de Morales, incendiaron casas, oficinas de sus militantes, atacaron físicamente a sus seguidores. La alcaldesa de Vinto, Patricia Arce, fue secuestrada por una horda de fanáticos golpistas, le cortaron el pelo, le rociaron el cuerpo con pintura, la obligaron a caminar descalza: la humillaron públicamente.

Los golpistas bloquearon la sede de TV de Bolivia, la estación de radio Patria Nueva, golpearon a periodistas que denunciaron la aventura golpista, saquearon y quemaron la casa de Evo Morales y trataron de arrestarlo. La elite política y económica de Bolivia planeó y ejecutó esta escalada violenta. Los militantes del MAS están siendo aplastados. En medio de semejante ofensiva criminal, Morales no renunció, fue derrocado. Nadie renuncia con una pistola en la cabeza.

Reformas sin precedentes

La derecha nacional e internacional nunca le perdonó a Evo Morales, un indígena aymara, que nacionalizara los recursos naturales de Bolivia en el año 2006, tan solo tres meses después de haberse posesionado, y que convocó una Asamblea Constituyente, que otorgó derechos como nunca en la historia del país a indígenas y campesinos.

La derecha fascista nunca aceptó la igualdad de derechos con indígenas y trabajadores. En una época en que una chola, como se le dice a una mujer indígena con pollera, no podía ingresar a los edificios públicos, pero con la llegada de Evo, Bolivia se convirtió en un Estado plurinacional, más inclusivo ante indígenas, campesinos, niños, jubilados, trabajadores y frente a la naturaleza. Bajo la administración de Evo se hizo una reforma agraria democrática y se hizo, mediante el voto popular, una nueva Constitución.

Por eso le dieron el golpe cuando pudieron, después de crear el clima social adecuado, seguramente aprovechando perversamente algunos errores en la administración, pero cuidándose de que la aventura golpista no tuviera vuelta atrás. Fue un golpe, cívico policial, con la complicidad de las fuerzas armadas, y empujado por una escalada de violencia sin precedentes.

Retorno de la vieja oligarquía

En estas condiciones, como asegura el analista Katu Arkonada, lograron desmoronar el proceso político que más igualdad generó en el país más desigual de América Latina y el Caribe.

Pero el pueblo boliviano no se resiga a ese designio. No hay en estos momentos un gobierno formal en Bolivia. Los sectores sociales y populares más representativos del país, desconocen cualquier legitimidad a la autoproclamada presidenta provisional Jeanine Áñez. Apenas unas tres o cuatro naciones en el mundo, entre ellas Colombia, han reconocido legitimidad al gobierno espurio de Áñez, a quien algunos comienzan a llamar, la ‘Guaidó’ boliviana.

La derecha boliviana no va a salirse con su propósito de imponer un régimen que represente el retorno al poder de la vieja oligarquía. Es lo que se insinúa en los primeros pasos de la nueva administración. Han producido un decreto que confiere impunidad a los militares para la represión contra el pueblo. Han arriado la bandera indígena Wiphala, como advenimiento de un régimen racista. Han dispuesto el retiro del país de la Alianza Bolivariana de los Pueblos, ALBA.

En la misma proporción en que avanza el cerco derechista a una de las mejores democracias de América Latina, en esa medida avanza la resistencia indígena, campesina y popular. El movimiento social de Bolivia no olvida que nació luchando. Son tiempos de resistencia.