La fiesta de la guerra

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A bordo en la cabina del helicóptero Huey II de la Fuerza Aérea Colombiana. Foto Fuerzas Militares.

Los llamados a la confrontación militar no obedecen a una irracionalidad absurda. Si se quiere contrarrestar el discurso de la guerra hay que comprender sus causas y profundizar el discurso de la política

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

Ha sido evidente para todo el país el cambio de tono en el debate político desde que Iván Márquez y su grupo decidieron retornar a las armas. Una de las mejores evidencias fue la comparación que se hizo en un programa de opinión muy célebre en internet entre dos videos de Álvaro Uribe. El primero, antes del anuncio de Márquez, mostraba un anciano apacible, nostálgico de la vida campesina y con ganas de retirarse de la política para atender a sus “nietecitos”. El segundo video, después del anuncio, muestra en un taller Construyendo País en Medellín a un Uribe exultante, embravecido y arengando al presidente Duque a emprender fuertes acciones militares contra la nueva insurgencia y contra Venezuela.

Algo similar se puede constatar en las redes sociales, especialmente en Twitter, que se ha convertido en un vertedero de odios y violencia verbal. Allí los más conspicuos voceros del uribismo se han dedicado a llamar a la guerra y a la venganza desde sus cómodos sillones frente al computador. También, reconocidos periodistas y columnistas han aprovechado la situación para emprenderla contra el Acuerdo de Paz y demostrar que siempre tuvieron razón, que la paz era de mentiras y que tenemos la oportunidad de, ahora sí, derrotar definitivamente a “los bandidos”.

Analistas bienintencionados como Rodrigo Uprimny o María Jimena Duzán han expresado su asombro y sorpresa por el cambio de tono. No logran comprender que haya no solo líderes políticos y de opinión, sino muchos ciudadanos del común que celebren el regreso del conflicto como si fuese una buena noticia. Están convencidos que debe ser un error, una falla en la percepción de la realidad o directamente la evidencia de un comportamiento irracional. Los más avezados han dicho, incluso, que es parte de nuestra cultura política violenta e intolerante.

No es así. Nada hay de irracional ni de malvado en ese comportamiento feliz con la guerra y que llama a la violencia como si llamase a una celebración. Para comprenderlo es necesario acudir al más lúcido pensador que ha dado este país, Estanislao Zuleta, quien en un brevísimo pero esclarecedor texto de 1982 llamado “Sobre la guerra”, reflexiona sobre el verdadero significado de la violencia colectiva en nuestras sociedades contemporáneas. Es fundamental tenerlo en cuenta si queremos comprender lo que está sucediendo y cómo contrarrestarlo.

La angustia de la razón

Zuleta advierte que el principal problema de los esfuerzos por la paz y contra la guerra consiste en imaginar que a la guerra se opone un escenario irreal y de absoluta armonía donde no haya conflictos. Quienes de buena fe piensan así no se dan cuenta que tal situación –si fuese posible– solo podría conducir a la disolución de las diferencias, es decir, a un totalitarismo. Comprender que los conflictos son, no solo inevitables, sino sobre todo necesarios en una sociedad, hace que reconozcamos el carácter contradictorio de la condición humana. Así, en vez de buscar una supuesta igualdad y armonía, es mejor construir espacios donde los conflictos puedan encauzarse sin violencia. Para eso existe la política.

Por eso, pretender superar las contradicciones sociales es válido, pero es peligroso creer que es suficiente. Y es peligroso porque intentar suprimir todas las diferencias conduce a que los propios conflictos íntimos de las personas se disuelvan en una cómoda unidad que solo es posible cuando es identificado un gran enemigo. Cuando una sociedad se moviliza contra el mal absoluto se olvidan las diferencias, se aplazan los conflictos internos y las personas se entregan a una identificación colectiva donde el individuo se funde con la masa y olvida su soledad, evita cuestionarse o reflexionar sobre el sentido de su lucha y es capaz de entregar su vida con tal de defender ese bien absoluto que representa el “nosotros”.

Es lo que Zuleta llama la angustia de la razón, es decir, la dificultad para hacerse preguntas, el dolor que produce cuestionarse los dogmas propios. Es menos doloroso, dice Zuleta, ofrendar la vida que hacer autocrítica. Es más fácil entregarse incondicionalmente a una causa que ofrezca un remedio a la soledad –así tengamos que morir– que reflexionar críticamente sobre esa causa, porque al hacerlo nos estamos cuestionando a nosotros mismos.

Por eso la guerra tiene una faceta que suele ser ignorada por el pensamiento pacifista: también es una fiesta. Dice Zuleta: “Fiesta de la comunidad al fin unida con el más entrañable de los vínculos, del individuo al fin disuelto en ella y liberado de su soledad, de su particularidad y de sus intereses; capaz de darlo todo, hasta su vida.”

Consenso de la unanimidad

Detrás del llamado a la guerra y a la violencia no está la irracionalidad de preferir la confrontación a la concordia. Los uribistas no son personas locas o poco inteligentes que están manipuladas por un perverso titiritero. No es tan simple. Es cierto que existen líderes que ejercen una malintencionada manipulación de las emociones, como se puede constatar haciendo un sencillo análisis de discurso a cualquier vocero uribista, pero también es cierto que hay dispositivos psicológicos y culturales muy potentes que condicionan la conducta y la actitud de las personas. Es decir, somos una sociedad fértil para la manipulación.

Y lo somos porque la sociedad colombiana tiene una cultura política que es proclive a valorar los conflictos como algo negativo y preferir la armonía y el consenso. Por supuesto, no se está hablando aquí del consenso democrático basado en el diálogo, la reciprocidad y las concesiones mutuas, sino en el consenso de la unanimidad.

Nos molestan las opiniones divergentes, desconfiamos de las diferencias, preferimos el silencio y la obediencia a la protesta y el pensamiento crítico. Por ello, cuando por primera vez en muchos decenios la élite política se divide alrededor de temas como la paz, los biempensantes no llaman a profundizar el debate sino a poner fin a la polarización. Es decir, no a ventilar las diferencias sino a olvidarlas.

Sociedad, conflicto y paz

Nuestra idea de armonía social es clerical, no democrática. No concebimos las diferencias como algo que nos enriquezca, sino como algo que rompe la unidad. No vemos en el debate la posibilidad de evitar la confrontación violenta sino su causa. Por ello no es sorprendente que haya cientos de seguidores de ultraderecha que se emocionan con la posibilidad de una nueva guerra. No solo porque ellos no enviarán a sus hijos a combatir, sino en especial porque ven en la guerra la posibilidad de olvidar todas las diferencias, fundirse en una cómoda masa que no piensa y no se cuestiona e identificar un enemigo a quien culpar de todo lo malo que pueda ocurrir.

La fiesta de la guerra no es irracional. Su racionalidad consiste en que ofrece a quienes se entregan a ella una respuesta absoluta a todas las dudas, un escenario donde pueden olvidar sus miserias personales y una causa por la que es legítimo ofrendar la vida. La lucha por la paz no puede ser, por tanto, un llamado a superar las diferencias y a ingenuamente tomarnos de la mano.

Por el contrario, debe ser por la política, es decir, por el fortalecimiento de los espacios de debate en esta sociedad como la lucha parlamentaria de la oposición, las protestas callejeras o incluso las campañas de opinión en internet. Así, el discurso por la paz no puede caer en la misma lógica del discurso de la guerra: olvidar las diferencias.

La construcción de la paz debe ser porque la política se haga sin violencia, porque la confrontación sea aguda, pero sin muertos. Es lo que Zuleta llamaría “una sociedad madura para el conflicto, una sociedad madura para la paz”. Es lo que tenemos que construir.

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