La esperanza de lo bello

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 Juan Guillermo Ramírez

 “Cierra tus ojos corpóreos para poder ver tu cuadro con los ojos del espíritu, y haz surgir a la luz del día lo que has visto en las tinieblas”, Caspar David Friedrich

Caspar David Friedrich nació en 1774, hijo de un jabonero de la pequeña ciudad de Greifswald (Alemania), muriéndose en Dresde en 1840, paralítico y trastornado, habiendo sufrido en su temprana juventud sus experiencias más dramáticas: a los 7 años pierde a su madre. Poco después a su hermana, y por último se ahoga su propio hermano menor cuando intenta salvara Caspar de un pozo mientras patinaban sobre el hielo. De aquí en adelante, melancolía y cavilación serán sus lúgubres acompañantes. Quizás hayan sido ellas quienes le indujeron a concurrir a la afamada Academia de Arte de Copenhague. Alrededor de 1798 se traslada a Dresde donde se vuelve aún más recluso y huraño. La aparente monotonía de su vida es interrumpida por el éxito de su obra pictórica.

Peter Schamoni (1934-2011) quien se destacó con varios retratos de artistas –por ejemplo, Max Ernst: mis vagabundeos, mis inquietudes (1991) y Robert Schumann en Sinfonía de primavera (1983) – ha convertido esta vida sombría en una historia de arte de Friedrich, mostrando a éste en el marco del tiempo, usando como trasfondo las reacciones de la época, además de las propias ideas del artista. En la película biográfica de Caspar David Friedrich, se van alternando secuencias –montadas de manera muy personal- con contemplaciones del arte y de la naturaleza. El tema central no es el artista, sino su obra, así como los paisajes que lo caracterizaron. Al artista se le presenta solamente patinando sobre el hielo a los 13 años, así como por medio del cuadro “Friedrich im Atelier” pintado por Kersting en 1812, a través de la imagen de unas pantuflas que se arrastran por el taller del pintor. Su naturaleza romántica y nórdica, no aparece aquí, dado que Friedrich, hizo todo lo posible por enfatizar su obra y no su persona. De todos modos, en la película hay una figura principal, el médico y pintor Carl Gustav Carus con quien Friedrich trabó amistad en 1817. Son las memorias de Carus que nos acercan a la obra de Friedrich a los pensamientos de este hombre extraordinario, así como en el trasfondo histórico.

Al principio, la película deslumbra con bellezas naturales, tomas de cielo y del aire: “El día en el que pinta el aire no se debe hablar con él”. Uno es arrancado de la contemplación romántica por el asombro de un historiador del arte, Andreas Aubert, quien genera perplejidad con el nombre de Friedrich ya completamente olvidado después de ciento ochenta y un años de su muerte.

Además de las pericias de la obra aparece repetidamente aquella imagen del cementerio de Dresde, donde interrumpido por retrospectivas y símbolos de la muerte, Friedrich es sepultado en el transcurso de la cinta. Las palabras de despedida, conforman el esqueleto de este “collage” fílmico-documental de componentes heterogéneos que, no obstante –y en eso consiste una de las virtudes de la película- brinda bajo los motivos dominantes de la melancolía y de la soledad, una unidad poética. Los cortes, hechos de manera comprensiva, a veces sorprendentes, a veces imperceptibles, animan el curso de esta historia estática, este panorama compuesto de la biografía, la obra, la historia de la época, episodios de la vida y meditaciones estéticas. Las escenas representadas, como teatro con actores en vestuario histórico- conforman en alternación con retrospectivas y visiones-, una especie de rompecabezas impresionista.

Así, en escenas muy prolongadas se convierte uno en testigo de la falta de comprensión del público culto y del miedo de los políticos de la restauración, ante el artista del genio alemán. Asistimos también a la discusión provinciana para otorgar la cátedra de pintura de paisajes en la Academia de Dresde. La cátedra no le fue otorgada a causa de su convicción patriótica y democrática y por su carencia de mundanalidad, pero sobre todo por su concepción del arte. Un discurso supuesto sobre pintura, que Schamoni acompaña didácticamente con un montaje simple de cuadros, debe mostrar lo que Friedrich, teniendo la posibilidad, hubiera dicho a sus alumnos.

Sin embargo, las debilidades son mejoradas con paisajes heroicos, envueltos en niebla y nieve y con temas de Schubert como fondo musical, los cuales les dan belleza de igual forma a amantes de la naturaleza y del arte. El espectador se dará cuenta que la metafísica de este maestro del color, consistió en transformar el instinto en arte y lo inconsciente en saber.