La esperanza tiene acento chileno  

0
991

Germán Ávila

Chile fue, como sabemos, uno de los principales laboratorios del modelo neoliberal en Latinoamérica, y por qué no, en el mundo. El golpe que derrocó a Salvador Allende y levantó, sobre las cenizas de Santiago a Pinochet como una de las figuras más macabras de la modernidad, fue un golpe esencialmente corporativo. Fue un servicio en que el poder empresarial contrató los servicios de un Estado (el estadounidense), para allanar el camino que mejoró las condiciones de su operación en el mercado de Chile.

Un ejemplo de esto fue el papel que la empresa de telecomunicaciones ITT jugó en los hechos que marcaron el inicio de la dictadura chilena. Mientras el gobierno, por medio de la dictadura, cumplía con su papel de control social, la industria se levantó a costillas de los derechos de los trabajadores y las trabajadoras.

Chile se convirtió en un país que, décadas después sirvió a los zares de la teoría neoliberal, para demostrar que el modelo funcionó sin problemas… Algunos miles de muertos y otros tantos desaparecidos fueron un precio bajo comparado con la gran recompensa que fue ver a Chile como la felicidonia, que algún capítulo de la serie Los Simpsons recreó.

Las cifras no mentían y la economía de Chile crecía vertiginosamente, el flujo de capital, por un lado, y el perfil salarial comparativo con otros países de la región, hizo que se viera como un destino muy atractivo para la migración económica de países como Haití o Colombia, que arrojaron miles de personas a buscar una especie de “sueño en el sur”.

Igual que en otros procesos migratorios, el ofrecimiento de mano de obra muy barata para oficios específicos y poco calificados fue consolidando el mito. Los recién llegados iban a jugarse el todo por el todo, y trabarían en lo que fuera, al fin y al cabo, de donde venían, seguramente tenían que hacer lo mismo por mucha menos paga.

Por fuera del ambiente laboral la realidad era la “normal” para gente llegada, por ejemplo, de Colombia. Cero garantías sociales, la salud y la educación fueron un producto más al que se podía acceder o no, según se tuviese con qué comprarlo. El sistema escondía la miseria, es algo que se ignora con facilidad, al fin y al cabo nadie se va para otro país con el sueño de llegar a engrosar los cinturones de miseria, ni al sur ni al norte, y cada día llega con la esperanza de ser el día en que la fortuna se presentará en forma de un buen empleo con un buen salario. Pero ese día no llegaba nunca para la mayoría.

La frustración se acumulaba por cada día, viendo cómo el sistema funcionaba sólo en la propaganda que sostiene al sueño como sueño. Pero al final del mes el saldo sigue en rojo y por cada tres o cuatro que se sienten realizados por poder cambiar su TV, por uno nuevo cada cierto tiempo, hay 40 o 50 que apenas logran darle de comer a sus hijos con mucha dificultad y otros tantos que ni siquiera eso.

Hartos de todo eso, los estudiantes llevan años proponiendo otra sociedad en Chile, hay quienes dicen que es porque son la generación que no vivió el terror de la dictadura, que le imprimió a la memoria colectiva las aterradoras consecuencias que puede llegar a tener la esperanza en el capitalismo. Por otro lado, aunque el movimiento estudiantil también obedece a dinámicas gremiales y políticas estables, aún no han permitido que las vanidades propias del sectarismo y la burocracia que ya se han asentado en otros escenarios de la alternativa, los inmovilice.

Una de las primeras grandes peleas de las que se supo en el ámbito continental fue por la gratuidad de la educación superior. Finalmente, en enero de 2018 fue aprobada en el Congreso luego de 37 años, cuando en el 81 Pinochet la volvió un negocio. La batalla se ganó y las nuevas generaciones aprendieron en carne propia el valor de la movilización como herramienta de las victorias más importantes.

Luego, en 2019, lo que se necesitaba era un viento que soplara a favor, una excusa, un motivo para que mutara la impotencia en rabia y esta impulsara a la acción. Le subieron el valor del pasaje al metro de Santiago, un aumento más que se sumaba a la lista de ajustes que el modelo siempre pide para su adecuado funcionamiento. Sólo un incremento, sólo un impuesto, sólo un aumento necesario que más adelante se verá compensado, es un pequeño sacrificio, dice la promesa eterna del neoliberalismo.

El 6 de octubre entró en vigencia el aumento y la respuesta fue la organización estudiantil convocando evasiones masivas del pago a las entradas del metro en Santiago. Cada vez fueron más quienes que se sumaron a un acto que, más que de protesta, era de supervivencia; ahorrarse tres dólares en la selva del capitalismo puede ser la diferencia entre comer y no comer.

Las protestas se fueron multiplicando y se regaron con la misma velocidad con que se regó la exclusión, las expresiones de la rabia fueron incontrolables, aunque también fueron un buen momento para poner a funcionar un modelo sistemático para las protestas a escala regional, que ha sido la infiltración de policías que hacen de vándalos dentro de las protestas para generar desmanes y deslegitimar las manifestaciones. Las pruebas de ello corren por todo el continente desde México hasta Chile.

Las movilizaciones se hicieron cada vez más grandes y ni las fiestas de fin de año pararon el impulso que llevaban las ganas de cambiar algo en lo profundo de una sociedad que está enferma y se siente orgullosa de ello. El 2020 en Santiago llegó con una manifestación y una cena colectiva en la Plaza de la Dignidad, miles en la calle recibieron el año en una celebración “con sentido social”, fue uno de los momentos más emotivos.

El movimiento continuó, ya no estaba de por medio el alza del pasaje, pocas semanas duró la medida, la torpeza de Piñera en sus declaraciones públicas indignaba cada tanto a la gente que vio cómo la lucha reivindicativa y sectorial, se convirtió en un lucha política y estructural. El paraíso neoliberal en el continente mostró su verdadero rostro: el de la exclusión, la gente pedía cambios y la represión quiso volver meter por la fuerza el río en su cauce. Tampoco lo logró.

Por primera vez, en Chile se les puso nombre a aquellos que durante décadas confrontaron mano a mano, por desesperación, por rabia, por valor, por arrojo o por inocencia, a la represión. Aquellos que aguantaban las arremetidas de la policía mientras la gente se ponía a salvo o que incluso lograban hacerlos recular. En los confusos 90 el grito era “piedra contra fusil”, y la muchachada iba hacia delante a la pelea callejera, ahora Chile los ha bautizado como “La primera línea”.

Es cierto que la pandemia guardó a la gente en sus casas y no permitió más manifestaciones callejeras, el miedo volvió a jugar a favor del capital. Pero ya hay un camino andado que esta generación no olvida cómo se camina. Luego, cuando haya que llegar a una conclusión como movimiento en términos sociales, políticos o electorales, las preocupaciones serán otras, por ahora, la gente sabe que las cuarentenas también se terminan. Un movimiento que duró 40 años cocinándose no se dejará enfriar tan fácil, volverá la primera línea, Chile volverá a la calle.