La debilidad del Establecimiento

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La incontenible rabia manifestada en las calles evidencia una ruptura en el modelo de dominación caracterizada por una pérdida del consenso político por parte del Establecimiento para liderar su proyecto. Foto Sophie Martínez

La olla volvió a estallar. Sin embargo, a diferencia de lo acontecido el 21 de noviembre de 2019, en esta oportunidad multitudes en calles y plazas están proporcionando un duro golpe al Establecimiento político y económico del país. ¿Por qué?

Óscar Sotelo Ortiz
@oscarsopos

Una vez más multitudes inconformes e indignadas se concentran indefinidamente en las principales calles atendiendo al llamado del paro nacional inaugurado el pasado 28 de abril. Para este propósito, la juventud movilizada ha sido determinante. A las clásicas y nuevas consignas, así como al ruido espontáneo de las cacerolas, se le suman bloqueos en las principales vías del país.

La respuesta del Gobierno se ha concentrado en desplegar todo el poder que proporciona la fuerza del Estado militarizando las ciudades y confrontando la protesta social, configurando una crisis humanitaria que deja como resultado decenas de muertos y cientos de desaparecidos.

Lo que comenzó como una jornada de protesta, cuya mecha que encendió la llama fue la reforma tributaria, por el momento retirada de la agenda, trascendió rápidamente en un movimiento de indignación nacional donde se conjuga no solo una crisis económica profundizada por la pandemia, sino un malestar generalizado frente al futuro del país. El momento político se ha transformado y vale la pena analizarlo.

Contra las cuerdas

Sin lugar a duda, lo acontecido en las últimas semanas en Colombia demuestra una debilidad inocultable del Gobierno que preside Iván Duque. Lo anterior queda en exposición cuando el principal recurso para responder ante la crisis es el uso desproporcionado de la fuerza.

La incontenible inconformidad y rabia manifestada en las calles demuestra no solo que existe una desconexión entre la ciudadanía y las elites políticas, sino que se ha abierto un quiebre en el modelo de dominación que se caracteriza por una pérdida total del consenso para orientar el proyecto político en el poder.

Desde la elección de Iván Duque como presidente de la República, todo el Establecimiento cerró filas en torno a la premisa de continuidad en las políticas económicas y políticas. Ante la fractura de legitimidad y con un proceso electoral encima, estas fuerzas quieren desmarcarse de la hecatombe que representa el Gobierno. Sin embargo, la calle no distingue entre uribistas o santistas, pues para el conjunto del movimiento, la elite en su totalidad es responsable de la crisis.

A lo anterior se le suma el contundente rechazo que ha emitido la comunidad y la opinión pública internacional frente a las sistemáticas violaciones contra los derechos humanos por parte de las fuerzas del Estado, dejando en jaque la legitimidad del Gobierno tanto en la política interna como en la correlación de fuerzas en el exterior.

Esta situación le ha quitado la careta al Gobierno Duque, que en múltiples ocasiones expuso ante la comunidad internacional un panorama abiertamente falso de lo que era su administración, donde aparentemente se implementaba el Acuerdo de Paz, se respetaban los derechos humanos y se avanzaba en una buena gestión de la pandemia.

Otro golpeado en este inédito proceso de movilización social es el expresidente Uribe, quien se ha convertido en el principal promotor de la militarización de las ciudades. Sus tesis conspirativas, que promueven el relato pseudo fascista de la infiltración del “castrochavismo” y el “petromadurismo” en la indignación popular, van en contravía de la realidad.

Políticamente Uribe existe, es verdad, pero cada vez su rango de maniobra se reduce ante la fuerza de los acontecimientos. Si existe un elemento que genera consenso en las fuerzas que se encuentran en la movilización social, es un profundo sentimiento antiuribista.

La fractura del modelo económico

El desastre político también se ha traducido en una fractura en el modelo económico. Si bien, los principales cacaos, gremios económicos y multinacionales se han visto ampliamente favorecidos en los tres años que lleva la actual administración, incluidos el periodo de pandemia caracterizado por la recesión, es imposible ocultar una realidad social tan aguda de miseria, pobreza, desigualdad, desempleo, informalidad y falta de oportunidades.

La radiografía social es contundente: hoy en el país de diez personas, cuatro se encuentran en la pobreza o extrema pobreza, tres tienen que sobrevivir al rigor de la crisis, mientras una minoría cada vez más pequeña sigue manteniendo sus intocables privilegios económicos, sociales y culturales.

La mecha que prendió la indignación, la cuestionada reforma tributaria, pretendía solucionar a partir de los ingresos de la clase trabajadora un problema macroeconómico generado por el propio Establecimiento para favorecer al super poderoso sistema financiero.

La célebre entrevista al otrora ministro de Hacienda Alberto Carrasquilla, quien con cinismo aceptó su completo desconocimiento con la realidad económica del país, naturalmente enfureció a la gente. La docena de huevos a 1.800 pesos de Carrasquilla expuso la intransigencia de un Gobierno que no representa a nadie.

También es importante destacar lo que ha destapado la crisis del covid-19. Solucionar el problema de la pandemia, que en términos generales es un fortalecimiento del sistema de salud pública con vacunación masiva y gratuita, implica un cambio en el modelo, que por supuesto ni Duque ni ningún representante del Establecimiento piensan liderar.

Bancarrota de los medios corporativos

Ahora, más que nunca, han quedado expuestos los verdaderos intereses de los principales conglomerados mediáticos. Periódicos de circulación nacional y regional, canales de televisión privada, emisoras de radio y medios digitales se han alineado en el propósito de darle oxígeno al Gobierno a partir de la imposición de una particular agenda que pretende desmontar la movilización social.

La matriz mediática ha sido orientada en dos escenarios. La primera es construida milimétricamente a partir del peligro inminente que representan los “vándalos” y el terrorismo urbano, mientras que la segunda está en culpabilizar a toda costa del estallido social al candidato presidencial y líder de la oposición Gustavo Petro. Toda esta artillería se puso en esta dirección, pero por el momento no han logrado cambiar la correlación de fuerzas en la opinión pública, fundamentalmente porque la situación social no puede ocultarse.

A estas alturas de la crisis es imposible manipular la información, cuando en las calles del país se vive un escenario de zozobra e incertidumbre. En este sentido ha sido fundamental el papel desempeñado por los medios alternativos de comunicación y por las redes sociales que han contrastado con eficacia la hegemonía de la agenda mediática impuesta.

Golpeados pero no derrotados

El retiro de la reforma tributaria, la renuncia del ministro Carrasquilla y el naufragio político en el que se encuentra el Gobierno nacional deben ser considerados, sin duda alguna, como una victoria popular. Ni las movilizaciones estudiantiles del 2011, ni el paro agrario del 2013, ni la defensa del Acuerdo de Paz en 2016, ni el estallido social del 21N en 2019, habían generado un golpe tan contundente en las entrañas del Establecimiento como el proporcionado por este movimiento que continúa en las calles.

El pueblo exige cambios en la conducción de la crisis. El Establecimiento responde con represión y desinformación, y aunque se encuentra golpeado no está derrotado. Sin embargo, la mayoría social se está pronunciando. La ventana de oportunidad se encuentra abierta y de las fuerzas democráticas depende que la indignación se transforme en un nuevo porvenir. Insistimos: ¡En las calles se construye la historia!