La caricia de la mirada

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Juan Guillermo Ramírez

Mala sangre pasa a la vez en 1986, el año en que pasa el cometa Halley, -bajo el signo del cual ocupa la película, en una tira cómica de Tintín: La estrella misteriosa-, y en un futuro próximo no lejano al año 2000. El gran temor de ese fin de siglo no fue, como lo fue en realidad el Sida, sino la enfermedad que contraen aquellos que hacen el amor sin amor. Dos grupos rivales libran una verdadera lucha por hacerse al cultivo del virus y están representados respectivamente por una mujer llamada ‘La americana’ y su sombra: Boris; y por Marc (Michel Piccoli) y Hans. Para obtener este fin Marc hace llamar a Alex (Dennis Lavant) de quien se dice que ha heredado de su padre una increíble rapidez manual. Este es el nudo, la intriga y la historia de la película. Es muy simple y su tratamiento se emparenta a la manera de Jean-Luc Godard, cuando éste pertenecía al período ‘po’: policíaco y poético de los años sesenta con Pierrot le fou.

Lo que le interesa al realizador Leos Carax -recientemente homenajeado en el Festival de Cannes 2021- en con esta historia, es cuando se abre en otra historia, una historia de amor que enlaza a Alex y a Anna (Juliette Binoche), la joven amante de Marc: Mala sangre o cómo ir de un punto A a un punto A, la ida y el regreso de una travesía al amor y a la muerte. Hay momentos en donde nada puede haber cambiado sin que todo cambie, momentos donde nada puede ser desanudado de nosotros sin que todo se desanude. Esta es una de las primeras frases del film. Y así se anuncia su propósito: cambiar, desanudar. Y es suficiente ver cómo Carax registra con su cámara este momento (el encuentro, si puede llamarse así, de Alex y de Anna deformada por el juego de vidrios y de espejos en un autobús irreal, casi desconocido) para estar sobre el vector, la línea dirigida de Mala sangre: la mirada. La mirada exigente, a menudo fija, ávida de Alex, réplica perfecta del cineasta, de la del voyeur, frente al mundo de los hombres y el de las mujeres, frente al mundo de las imágenes. Para Carax, es claro, la imagen será virginal o no será. Es tanto como saber si se quiere lavar la mirada de estas imágenes ya filmadas que nos rodean, que no miran a nadie y que nadie verdaderamente mira, todo esto es necesario para remontar el tiempo, regresar ir al origen.

Juliette Binoche será totalmente reinventada (no se le había visto así en La vida de familia de Jacques Doillon o en Rendez-vous de André Techiné): diáfana, dulce, cuchicheando, estirándose como una gata recién despierta. Aparecerá menos como una actriz que ha mirado películas de Lilian Gish (o de Louise Brooks) para copiarla, como alguien que habría sido mirada por ella. La mirada en Mala sangre procura sin cesar la metamorfosis, cuando Alex mueve las cartas ante los apostadores. ¿Quién manda en el juego? ¿La mano o la mirada? Las dos: la mano se convierte en mirada, la mirada se convierte en gesto, la caricia en la mirada. Y cuando, en una de las más bellas secuencias de la película, Alex hace trucos de prestidigitación para consolar a Anna, no es que su mirada se transforme (hasta el punto de hacer cambiar de color los pañuelos que ella tiene entre sus labios) sino que su mirada, la de ella, está sobre su mano, la de él. Son momentos mágicos en donde las miradas no están verdaderamente presentes, no son lo suficientemente vacías, simplemente están en el camino del sueño. Hay en esta secuencia, el momento de gracia absoluta en donde la película se detiene y los jóvenes enamorados parece como si estuvieran solos en el mundo, una total metáfora del cine de Leos Carax. ¿Tú conoces el juego de las manzanas? Alex lanza una manzana al aire fuera de campo y son peras las que comienzan a caer. La manzana es el plano: si se lanza un plano al aire, ¿qué otro plano cae? Mala sangre es una película que se desvanece en el aire. Lo que hay de Carax de prestidigitador, lo hay también de funámbulo.

La película es una relación tierra-cielo. Del primer abrazo con paracaídas, a la travesía del caliente campo en la moto con Alex, al sublime final, la película a frecuentado los más bellos momentos de la búsqueda por el sueño que las cosas, sobre la tierra pueden vivirse como en el cielo. Por esto sin duda, Leos Carax filma preferiblemente los rostros que los cuerpos, como los registra en largos planos y amorosamente los rostros se convierten en vastos paisajes que hay que descubrir. Leos Carax tenía algo que decir y probó que sabía filmarlo. No pierde su virtuosísimo y al mismo tiempo gana libertad. Es un buen signo pagar la libertad de la autonomía, esto lo dice Anna cuando lo mira a uno: Los hombres que hablan poco o se les toma por genios o por brutos.

Mala sangre es un tema, una historia pirotécnica de muy alto nivel, en donde la poesía lleva dentro de sí un rayo incandescente. Una gran película mágica y de romance, llena de juegos infantiles, de juramentos adolescentes casi rotundos: hacer intercambio de sangre, prometer suicidarse los dos antes de los 20 años, amenazar saltar de una moto en movimiento, llevado por instantes bajo olas de un texto que fluye como una escritura rápida, nerviosa, incrustada de astillas finas como el diamante. Absolutamente Mala sangre es un desvanecimiento. Con Mala sangresólo se evidencia un interés, una finalidad palpable: Querer decir, mostrar, hacer sentir las cosas más maravillosas como si ‘un más tarde’ tomara el riesgo de convertirse en ‘muy tarde’.

La pregunta vuelve a formularse: ¿es que existe el amor que va rápido, tan rápido que dura siempre? Pregunta absoluta, pregunta de amor y pregunta del cine: cine de amor y amor de cine. No podrían ser pensadas la una sin la otra.

Link de la película: https://zoowoman.website/wp/movies/mala-sangre/