Investigan la muerte del ruiseñor Víctor Jara

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Víctor Jara

Casi 40 años después del brutal asesinato del más representativo cantautor de música protesta, un juez de Santiago de Chile ordena capturar a seis oficiales del ejército vinculados al crimen

Víctor Jara
Víctor Jara

Ricardo Arenales

El autor de “Te recuerdo Amanda”, “El Cigarrito”, y “Paloma quiero contarte”, entre otras muchas canciones que inauguraron la época de la música protesta en América Latina, y que fue ícono de la poesía, la canción social y el nuevo teatro en la patria de Pablo Neruda, el inolvidable Víctor Jara, fue brutalmente asesinado el 16 de septiembre de 1973, cinco días después del golpe militar fascista contra el presidente socialista Salvador Allende.

En su afán por ahogar cualquier atisbo de democracia y de justicia social, la soldadesca de Pinochet, tras el bombardeo al Palacio de La Moneda, sede presidencial, allanó los predios de la Universidad Técnica del Estado, donde Jara era docente, y detuvo a varios centenares de estudiantes y profesores, incluido Jara, quienes fueron trasladados al Estadio Chile, convertido en gigantesca prisión.

El autor de “Plegaria a un labrador”, fue rápidamente separado del grupo y trasladado a uno de los sótanos del estadio, donde fue sometido a intensas torturas sicológicas y materiales. El tratamiento recibido era básicamente golpes de culata, quemaduras con cigarrillos, simulacros de fusilamiento…

En una de esas sesiones, cegados por la rabia que en los militares fascistas producían las letras de sus canciones, a culatazos molieron los dedos y las manos de Jara, para acallar su música. Cuando regresó a donde sus compañeros detenidos, con rabia, pero sin sombra de cobardía, Jara le dijo al periodista Sergio Gutiérrez Patri, que también era prisionero: “mira mis manos, me las machacaron para que nunca más volviera tocar guitarra”.

Su memoria perdura

Pero como suele suceder con los patriotas, jamás los militares golpistas consiguieron silenciar su música, que fue creciendo tras las fronteras patrias e inundó pechos y gargantas de millones de jóvenes hasta en los más remotos lugares del continente. Igual que sucedió con las proclamas del Che, con las arengas de Camilo, el cura guerrillero.

El oficial que jugaba a la ruleta rusa con el tambor del revólver, finalmente le descerrajó un disparo sobre la sien al cantautor. Pero la sed de venganza y el odio de clase no eran suficientes para saciar los apetitos de sangre de sus verdugos. Vinieron nuevos golpes, nuevas torturas y más disparos. El cadáver de Jara fue arrojado unos días después en cercanías del cementerio de Santiago, junto a otros tres camaradas. Según el parte médico, Jara presentaba 44 impactos de bala.

Y a pesar de que a su entierro fueron solamente dos personas, el chofer de la carroza mortuoria y la esposa del cantante, la bailarina británica Joan Turner, uno de los primeros en enterarse del magnicidio fue el poeta Pablo Neruda, quien horrorizado exclamó: “Oh Dios mío, esto es como matar a un ruiseñor”.

Proceso difícil

Casi 40 años después de su muerte, Miguel Vásquez, un magistrado de la Corte de Apelaciones de Santiago, en pronunciamiento del 28 de diciembre pasado, formuló cargos criminales contra siete oficiales del ejército chileno por el delito de homicidio calificado, contra dos de ellos, a quienes sindica de la autoría material y al resto como cómplices.

El requerimiento judicial cobija como autores a Hugo Sánchez y Roberto Barrientos, y como cómplices a Roberto Samper, Raúl Jofré, Edwin Dimter, Nelson Hasse Mazzei y Luis Bethke Wulf.

Aun con las manos cortadas, testigos dicen que Jara, en sus últimos días, levantaba sus muñones y cantaba. No tocaba guitarra, pero su voz retumbaba por el estadio convertido en cementerio. Para ignominia y derrota de sus verdugos, Jara todavía sigue cantando, e inspirando sueños y luchas en el corazón de miles de jóvenes del mundo. Y ha llegado la hora de la justicia. El proceso penal promete ser difícil y lleno de obstáculos. Pero va a salir adelante. Y Con Neruda, en su memorable Canto General, repetimos: “Por la sangre derramada; por esos muertos, nuestros muertos, ¡pido castigo!”.