¿Imprudencia, provocación o simple coherencia?

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Jesús Santrich luego de su liberación desde el balcón del partido FARC.

La camiseta de ETA en la liberación de Santrich. A veces los símbolos pueden herir susceptibilidades, pero a veces es mejor que pasen desapercibidos

Roberto Amorebieta
@amorebieta7 

La semana pasada el país recibió la buena noticia de la decisión definitiva de la liberación de Jesús Santrich. La Corte Suprema de Justicia reconoció que la acusación de la Fiscalía contra el excomandante guerrillero y ahora congresista era improcedente por cuanto el organismo que tiene la competencia para investigar y juzgar a Santrich es la propia Corte. La noticia fue registrada en medios de todo el mundo y en su inmensa mayoría, transmitieron la versión de que la liberación es un avance hacia la paz y un tropiezo en las intenciones de la ultraderecha por sabotear la implementación del Acuerdo.

No obstante, la importancia de la noticia se vio opacada por una situación que no dejaría de ser anecdótica si no fuera por el ruido que cierto sector de la prensa hizo del episodio: Entre las personas que acompañaban a Santrich en el balcón de la sede del partido Farc, desde donde se dirigía a sus seguidores y a los medios de comunicación, estaba una persona que lucía una camiseta negra con la sigla ETA y el símbolo de esa organización formado por un hacha y una serpiente.

Inmediatamente, el embajador de España en Colombia reaccionó protestando a través de una carta en la que recordaba el sufrimiento de las víctimas de esa organización vasca y pidiendo al partido Farc un pronunciamiento y unas disculpas por lo sucedido. Aunque el enfado del embajador es comprensible, no está de más recordar un poco quién ha sido ETA y cuál es su situación actual para no caer en consideraciones ligeras y emocionales sobre el hecho.

Reacción al franquismo

La organización ETA (Euskadi Ta Askatasuna, patria vasca y libertad en idioma euskera) fue una organización fundada en 1958 durante la feroz dictadura fascista que ensombreció a España durante casi cuarenta años. La dictadura, apoyada en sectores empresariales, la Iglesia, los terratenientes y el ejército, impulsó un proyecto –aplazado, para muchos- de consolidar la “unión” de España alrededor de una identidad homogénea caracterizada por la más férrea religiosidad (lo que se denominó en su momento el “nacional-catolicismo”), la supresión de las identidades nacionales (como la catalana, la gallega o la vasca) y la disolución de todas las diferencias sociales en un modelo único de súbdito español: Hombre, blanco, católico, conservador y heterosexual.

Por supuesto, este proyecto homogenizador se intentó imponer por la fuerza de la persecución, la represión y la muerte cuando fue necesario. No es casual que España siga siendo hoy el país que ocupa el segundo lugar en mayor número de desaparecidos. Se calcula que la dictadura asesinó y desapareció más de 100 mil personas, muchas de las cuales aún se hallan en paradero desconocido. Uno de los ejemplos más importantes de este fenómeno es el poeta Federico García Lorca.

Por ello, ETA surgió como una respuesta apenas lógica a la violencia desatada en especial contra las nacionalidades periféricas del Estado español, en particular los vascos. Pero ETA no fue solo un grupo de autodefensa. Su carácter marxista y revolucionario le llevó a incorporar la independencia y el socialismo del País Vasco como uno de sus principales objetivos, llegando a ser considerada por buena parte de la sociedad vasca como un verdadero movimiento de liberación nacional.

La lucha armada y reincorporación

Tal vez su acción militar más espectacular fue la “operación Ogro” en 1973, la muerte del entonces presidente de gobierno franquista, el almirante Luis Carrero Blanco con la detonación de un explosivo al paso de su automóvil oficial. El carro voló por los aires, pasó por encima de las construcciones y cayó estrepitosamente en el patio de un edificio. Pero más allá de lo impactante del hecho, la muerte de Carrero (quien sería el sucesor del dictador Franco) abrió una crisis en el régimen que solo pudo ser resuelta, tras la muerte del dictador en 1975, con el tránsito hacia un sistema representativo y la promulgación de la Constitución de 1978.

ETA continuó su lucha armada después de lo que en España se denomina la “transición a la democracia”. Tras varios intentos de negociar la paz con gobiernos de distinto signo político, por fin declaró el cese de sus acciones armadas en octubre de 2011, se declaró oficialmente desarmada en abril de 2017 y anunció su disolución definitiva en mayo de 2018. Desde entonces, su base social representada hoy por el partido EH Bildu, se puede expresar sin temor a la estigmatización, forma parte de las instituciones del Estado español y es un actor importante en la vida política del país.

En resumen, el trasegar de ETA en los últimos años es similar al que han tenido las FARC: Lucha armada, proceso de paz, desarme y reincorporación a la vida civil. Es mas, también es similar la reacción que ha tenido la ultraderecha a ambos lados del Atlántico, de negar la validez del proceso de paz y de utilizar el “fantasma” de ETA para intentar estigmatizar cualquier opción de cambio. Muy parecido a lo que sucede en nuestro país con la amenaza de castrochavismo o del ya célebre “rayo homosexualizador”.

La histeria simbólica

Por ello no es extraño que los militantes del partido Farc sientan empatía por la lucha del pueblo vasco y de la organización ETA. Por ello tampoco es extraño que un militante de las Farc luzca una camiseta con el símbolo de ETA. Hasta aquí nada nuevo, pero estamos en tiempos de redes sociales, una comunicación cada vez más vertiginosa y una sensibilidad por lo simbólico que raya en la histeria. En ese contexto debe entenderse la queja del embajador español y la posterior explicación del comandante Rodrigo Londoño, aduciendo que la iniciativa de usar la camiseta fue personal y no representa el sentir de la FARC como organización.

Podrá decirse que fue una provocación. Podrá decirse que fue una falta de tacto. Incluso, podrán muchas víctimas sentirse ofendidas. Pero también debe decirse que ETA, como la Farc, fueron expresiones armadas que han hecho tránsito a la vida civil y han honrado sus compromisos de paz. Por ello la presencia de una camiseta con el símbolo de ETA en la liberación de Santrich no es una apología a la violencia sino todo lo contrario.

Lo que sí llama la atención es la importancia que un embajador concede a una camiseta. Eso ha sido tan parroquial como la protesta oficial del gobierno colombiano por la ya famosa imagen de James Rodríguez y Falcao oliendo la espuma blanca que hoy se usa en los partidos de fútbol para demarcar el lugar del cobro de una falta. En ocasiones, es mejor –en términos de comunicación política– mirar para otro lado y no asumir que todo es una ofensa.

Mural en las calles del País Vasco en apoyo a la lucha de ETA.