Haití: Una historia llena de sombras

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Jovenel Moïse, el presidente haitiano asesinado

Un grupo de élite tan grande como el que cometió el crimen no pudo entrar al país ni traspasar el anillo de seguridad del presidente sin la complicidad de las autoridades. El comando colombiano, con el arsenal que ostentó y la estructura que desplegó, no era precisamente un grupo de inocentes turistas, víctimas de un engaño

Alberto Acevedo

Una semana después del asesinato del presidente de Haití, Jovenel Moïse, los investigadores y los analistas de la cosa política se siguen haciendo dos preguntas básicas: ¿Por qué lo mataron?, ¿quiénes fueron los autores intelectuales? En ninguna de las pesquisas que conduzcan a aclarar uno u otro interrogante, se ha llegado todavía a una conclusión definitiva que conduzca a arrojar luces sobre la conspiración. Entre tanto, el país antillano parece sumirse en un limbo político.

En todo caso, como en el mundo del realismo mágico, la sangre vertida por el mandatario sacrificado parece reproducir la crónica de una muerte anunciada. El mismo Moïse había dicho en febrero pasado que existía un complot en su contra, y que había develado en ese momento un intento de golpe de estado que incluía su asesinato.

Frente a la pregunta de quiénes idearon la empresa criminal, los mejor informados coinciden en señalar que todavía es temprano para sacar conclusiones. Pero se puede intentar seguir el rastro a múltiples indicios. Moïse dijo en febrero pasado que “un pequeño grupo de oligarcas” quieren apoderarse del país. Un par de “grupos económicos que se sienten poderosos e intocables” habían intentado derrocarlo y acabar con su vida. En ese evento, si la intentona fracasó a comienzos del año, hoy habría tenido éxito.

Oscuros manejos

De hecho, Moïse antes de llegar a la presidencia era conocido como un empresario exitoso, aunque no exento de oscuros manejos financieros. No era un líder extraído de la clase política tradicional haitiana, que no lo reconocía como uno de los suyos. Y aunque prometió algunas reformas, tampoco terminó identificándose con su pueblo. No escuchó la voz de sus electores, que en su mayoría tampoco lo querían.

Al momento de resultar elegido se denunció un complejo entramado de fraude a su favor, que le impidió llegar a la presidencia. Un año después se repitieron las elecciones y de nuevo obtuvo el primer lugar entre las preferencias de los electores. Sin embargo, a juicio de las autoridades judiciales, su mandato debió terminar en febrero pasado, y no convocó a elecciones. El año pasado concluyó el periodo parlamentario, y tampoco convocó los comicios, en ambos casos, se arrogó poderes excepcionales.

Esto provocó un paro nacional exigiéndole que se apartara del poder. En la práctica, había asumido funciones dictatoriales. No eran muchos los que lo querían. Por consiguiente, las balas que lo acribillaron pudieron venir de cualquier lado.

Un cuerpo policial incompetente

Por esta circunstancia, quedan pendientes otros interrogantes. ¿Hubo complicidad de su círculo más cercano? Ciertamente, conocidas las amenazas el presidente tenía tres anillos de seguridad, que los sicarios consiguieron cruzar, sin que se hubiera producido un solo tiro y sin la menor resistencia. Pero, además, ¿Por qué matarlo cuando faltaban dos meses para las elecciones, y precisamente el día en que se posesionaba un nuevo primer ministro? ¿A que viajó a Bogotá en diferentes ocasiones el jefe de seguridad del presidente?

Otro interrogante es el siguiente: ¿Cómo la policía de Haití, un cuerpo altamente incompetente, incapaz de controlar las pandillas criminales, cómo pudo capturar en apenas unas pocas horas a un comando de mercenarios altamente calificados y entrenados?

A este último interrogante hay una respuesta. Fuentes cercanas al Departamento de Estado de los Estados Unidos indican que este país tenía las coordenadas del comando mercenario, ciertamente contratado por una empresa de seguridad norteamericana, y entregó las señas de su paradero a la policía. Es decir, sacrificó a los autores de la operación.

Complicidad

La residencia donde se alojaron los sicarios, el mismo barrio donde vivía el presidente, pertenece a una aliada política de Moïse, y se estableció que llevaban viviendo allí tres meses. Esta versión la complementa el ex senador Steven Benoit, quien asegura que la policía haitiana está involucrada en el crimen. “Moïse fue asesinado por sus agentes de seguridad, no fueron los colombianos quienes lo asesinaron”, dijo Benoit.

Según el ex senador, Moïse fue asesinado a la una de la madrugada, y el comando de mercenarios colombianos ingresó a las 2:40 a.m. Otros investigadores no comparten esta versión y señalan toda la responsabilidad del crimen al comando mercenario. En lo que sí coinciden es en que un grupo elite tan grande no pudo entrar al país, ni al anillo de seguridad del presidente, sin la complicidad de las autoridades. Además, el comando colombiano, con el sofisticado arsenal que ostentó y la estructura que desplegó, no era precisamente un grupo de turistas que iban a disfrutar de la belleza de las playas de Punta Cana.

Solidaridad

Didier Le Brent, ex embajador de Francia en Haití, dijo que la situación de Haití es tan volátil, que “muchas personas tenían interés en deshacerse de Moïse”. El propio mandatario, de 53 años, había reconocido la amenaza y en las últimas semanas no salía de su casa. Desde 2018 había sido catalogado como el presidente más impopular de la historia, una calificación lamentable incluso para un país que ha tenido 20 presidentes, desde militares hasta pastores evangélicos, en los últimos 35 años.

Moïse no tenía respaldo político ni popular. Líderes de todos los sectores reclamaban su renuncia, tras verse envuelto en escándalos de corrupción, acusaciones de haber pactado con mafias delincuenciales y de haber tomado polémicas decisiones para aumentar su poder. Edwin Paraison, ex embajador de Haití en República Dominicana, dijo que el trágico desenlace que vive el país se produce después de que Moïse no quiso escuchar la voz del pueblo y tampoco las recomendaciones de los líderes nacionales.

Un ingrediente adicional se suma al caldero. Para algunos sectores independientes, la petición del gobierno provisional haitiano a Estados Unidos para que envíe tropas con el pretexto de salvaguardar la infraestructura nacional, no es más que una argucia para fraguar una intervención extranjera, que viola los principios de soberanía y autodeterminación de las naciones.  Los pueblos del mundo deben estar alerta frente los acontecimientos futuros en Haití.