Ha nacido un niño, no es Dios y lo parió un él

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Manuel Antonio Velandia Mora

Yo no sé por qué la gente no entiende o no quiere comprender, me dijo él. Es mucho más sencillo que aceptar que una virgen tuvo un hijo. Somos tan estrechos de mente que por nuestra cabeza no pasa la idea de que un hombre pueda parir un hijo. Bueno, tampoco les cabe la idea de que un hombre tenga vulva o de que una mujer tenga pene.

Yo entiendo que algunas veces y para algunos es un poco complicado, pero me sorprende que incluso a algunas personas trans nuestra situación les afecta en sus propias convicciones acerca de qué es el cuerpo, qué es el género o qué es la orientación sexual.

Desde una perspectiva binaria el mundo es blanco o negro, pero la vida, la vida real, es mucho más fluida, tiene una enorme gama de grises. Es más, el blanco puro o el negro puro no existen; son tan sólo construcciones psicosociales.

Sí, yo soy un hombre transmasculino, mi esposa es una mujer trans femenina y somos una pareja heterosexual, somos padre y madre de familia y tenemos un hijo.

Mi esposa puso el semen y yo me inseminé, no seguimos la lógica formal del coito, la penetración y la eyaculación. Nuestra lógica es otra. No siento rechazo por mi vulva, mi esposa tampoco lo siente por su pene, pero queríamos tener este “acto” que todos asumen es “lo normal”.

Para nosotros lo normal es el amor, el respeto, el acompañamiento, la solidaridad. Nuestra genitalidad es un ejercicio que decidimos entre nosotros y no tiene por qué importarle a los demás. Creo que hay una “morbosa inquietud” al tratar de inmiscuirse en nuestros asuntos. Desde su falsa moralidad nuestra relación no es “apropiada”.

Sin embargo, les parece apropiada la idea de que la mujer surgió de la costilla de un hombre, que una virgen sea madre, o que alguien pueda resucitar, seguir vivo y habite en los cielos. Yo no cuestiono la religión, creo que cada uno debe vivir tal y como le parezca sus propias creencias, pero lo que no acepto es que con base en esas creencias alguien pretenda decirme cómo debo vivir mi vida y en qué debo creer.

Para nosotros paternar y maternar, creo que como le sucede muchas parejas, decidirlo implicó una serie de determinaciones y autodeterminaciones. Engendrar un hijo y llevar nuestro cuerpo siendo un hombre también inicialmente fue extraño para mí; mi familia había aceptado, a regañadientes, que yo fuera una persona transmasculina; y, aun cuando les fue difícil, también aceptaron que mi esposa fuera una mujer trans femenina.

La vida se volvió un caos familiar cuando anunciamos que tendríamos un hijo, y no sólo fue caótico para la familia de ella y para la mía. También fue un embrollo para el equipo de salud. Mi apariencia y mi comportamiento son muy acordes con lo que yo soy, un hombre muy masculino. Así que cuando fuimos por primera vez a una consulta ginecológica en vez de recibir atención, debimos dársela nosotros al médico que nos atendió.

Él tenía dudas e interrogantes que nosotros también teníamos. Yo había dejado de tomar mis hormonas de hembra desde seis meses antes de hacer la inseminación… Bueno ese es el nombre técnico, pero realmente lo que yo hice fue introducir el semen en mi vulva con una jeringa. Yo estaba seguro que iba ser complicado y que tendríamos que hacer varios intentos, pero sorpresivamente me preñé en la primera oportunidad. Todos teníamos dudas con relación a si mi mismo cuerpo, por el efecto de las hormonas, rechazaría el feto. No fue así.

Me siento feliz y soy un orgulloso padre, mi mujer se siente feliz y es una madre genial. Parir es un poco complicado, decidimos que sería un parto natural y aun cuando es dolorosísimo, no me arrepiento. Quisimos ver cómo nacía nuestro hijo y creo que este hecho nos acerca aún mucho más a lo que significa paternar y maternar.

Aun cuando maternar y paternar es un hecho cultural ligado al género desde una perspectiva binaria, en nuestro caso no ha significado una postura diferente en mi masculinidad ni de ella en su feminidad; es más, en ella se ha despertado un instinto mucho más femenino de lo que yo conocía. Yo soy un orgulloso y feliz padre. Para los dos ha sido un gran crecimiento personal.

Esta historia nos recuerda que, uno de los retos que la transparentalidad plantea es el hecho de desafiar el sistema sexo-género basado en la diferencia sexual y el binarismo de género. El sistema sexo-género asocia sistemáticamente los genitales y caracteres sexuales “femeninos” a la idea de la maternidad y los “masculinos” al de la paternidad; por lo que no encaja la posibilidad de que cuerpos diversos puedan gestar o asumir roles diferentes a los que han sido asociados tradicionalmente (Platero & Ortega, 2017).

Al romper el marco heterocisnormativo, la práctica individual y de pareja rescatan y hacen vida la noción de performatividad de (Butler, 2002), puesto que los padres y madres trans demuestran que paternar y maternar son constructos sociales y por lo tanto, logran transformarlos, deconstruirlos y re-construirlos a partir de sus propias explicaciones, vivencias y emociones.

Las vulneraciones de las que son sujetas las personas trans son diferentes según el tipo de transito que asumen. En el “passing”, de quienes transitan hacia las masculinidades, algunos tienen aceptación social; la persona es menos estigmatizada cuando su performance es marcadamente masculino siguiendo el modelo macho, masculino heteropatriarcal, dado que pasa a ocupar una posición de privilegio y, en consecuencia, el trato que reciben por parte de la sociedad es igualitario con relación al de otros hombres cis.

En las personas que transitan hacia las feminidades, el “passing” no suele ocurrir y el tránsito,  que (Velandia Mora M. A., noviembre de 2019) llama “migración” o proceso de tránsito, es acompañado de violencias cotidianas, estigma y otras formas de discriminación; esto se origina en que cuando los caracteres sexuales de las personas trans no forman parte del imaginario colectivo dominante ni del marco de normatividad al no haber aceptación no se puede  comprender como “passing”.

El “proceso de descentralización” de la propia identidad trans, lleva consigo un ejercicio de centralidad, puesto que al decidirse a maternar o maternar se adquiere una nueva identidad paterna o materna que reconfigura su identidad. Dicha re-configuración les hace más autocentradæ(o)s, al generar en la persona una transformación vital que incrementa la atención en sí mismæ(o) y a su vez desvía la atención hacia el proceso de reenfocar la existencia hacia una nueva persona, al adquirir con el paternar o el maternar nuevos roles y responsabilidades; a la par que motiva un proceso relacional de dialógicas con la pareja, que igualmente es afectada por la misma situación emocional.

A lo anterior, habría que adicionar el proceso por el que suelen pasar las familias, ya sea que acepten o no acepten la situación del tránsito identitario de género en que el cuerpo, estando este nuevo ejercicio del maternar o el paternar, les pone de frente ante nuevos interrogantes, vivencias y cambios emocionales.

En el caso de quienes decidieron transitar con posterioridad al ejercicio de maternar paternar, el proceso les lleva, tanto a quien ha transitado como su pareja, a un ejercicio de ajuste de los roles tradicionales y a la necesidad de pensarse a sí mismaæ(o)s en aspectos relacionados con la propia identidad de orientación sexual, la identidad de género, la construcción de los vínculos afectivos e incluso el mismo rol social como progenitores.

Yo siempre me he preguntado por qué no hay una niña diosa, por qué la madre tendría que ser virgen y el padre tan solo un adorno en lo relativo a la gestación. Lo que me agrada de esta historia es precisamente el sentido de la Navidad, recordemos que la palabra Navidad, como tal, procede del latín nativĭtas, nativātis que significa ‘nacimiento’. De esto trata este artículo, de una feliz Navidad, que es también lo que deseo a todæ(o)s læ(o)s lectoræ(o)s.