Golfo de Omán: Trump juega a la guerra, pero teme a sus electores

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Dron espía norteamericano RQ4-Global Hawk, parqueado en una base militar norteamericana en los Emiratos Árabes Unidos, antes de despegar a cielo iraní.

Tanto las autoridades norteamericanas como las iraníes confirmaron el pasado 20 de junio, que unidades de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán derribaron, ese jueves, un dron espía norteamericano RQ4-Global Hawk, que en desarrollo de labores de inteligencia militar, penetró el espacio aéreo iraní, cerca del Estrecho de Ormuz.

El Pentágono norteamericano en su primera reacción, confirmó la propiedad del aparato pero negó que hubiera violado el espacio aéreo iraní, en tanto el presidente Trump, al confirmar el hecho, lo calificó como “un grave error” de las autoridades del país persa, y anunció represalias en las siguientes horas.

Al parecer, el mandatario norteamericano convocó a los generales a consultas y articuló un plan de ataque a posiciones estratégicas iraníes, que según fuentes de la Casa Blanca, fue suspendido, por orden presidencial, diez minutos antes de que se ejecutara la orden de abrir fuego.

Aunque la comunidad internacional respiró con alivio, al conocer que Trump desistía de su plan de agresión contra Irán, el mensaje que envía al mundo es que continúa en su febril intención de armar camorra en cualquier parte del planeta. En el Estrecho de Ormuz se han presentado diversos incidentes en las últimas semanas y las Naciones Unidas habían exhortado a las partes a mantener la calma y “máxima moderación”.

El dron derribado es identificado como un Northrop Grumman RQ4-Global Hawk, que se encontraba realizando labores de espionaje sobre suelo iraní y se rehusó a cambiar su curso pese a reiteradas advertencias de radio de las autoridades persas. Con un costo de 110 millones de dólares, es capaz de volar más de 24 horas continuas durante las que, según el fabricante, puede grabar imágenes e información en un área aproximada de 100.000 kilómetros cuadrados.