Fernando Botero: De insuflar vigor a inflar muñecos

0
140
Los Obispos muertos (1958) son seres reales cargados de fino sarcasmo y tienen personalidad

Botero copia a Botero, Botero se repite y se repite, Botero empalaga y aburre. Sus figuras ya no son monumentales sino fofas, quietas, sin expresión

Leonidas Arango

Hace cien años los colombianos juraban que el poeta Julio Flórez ocupaba un lugar en el curubito de la lírica universal. Lo exhibieron enviándolo de embajador a Europa y varias veces lo coronaron de laureles. Mientras tanto, el bacteriólogo Federico Lleras Acosta se dedicaba con juicio a investigar la aplicación práctica de exámenes de laboratorio y creyó haber logrado un procedimiento para diagnosticar fácilmente la lepra.

Muchos médicos se congratularon por el gigantesco logro científico y lo abrumaron de homenajes, pero el esfuerzo resultó fallido. Del poeta nadie se acuerda y a Lleras le reconocemos otros logros. El pintor Fernando Botero, nacido en Medellín hace 90 años, está considerado por muchos como «el artista colombiano más grande de todos los tiempos.»

Después de haber viajado y pintado cuadros más bien costumbristas, a partir de 1957 y durante diez años cumple su etapa de mayor valor artístico, cuando derrocha interés por la exploración creativa y plástica en obras donde abundan los monstruos, los obispos, militares, monjas y Giocondas de volumen poderoso y dinámico. El autor declaraba que «pintaba con ira».

Recibió elogios privilegiados de la crítica Marta Traba, que exaltó ese momento de resplandor: «Botero enuncia con una extraña valentía los principios deformantes que van a legislar de ahí en adelante su trabajo… destruye de raíz la concepción ilusionista de una realidad puesta en orden y corregida por el artista con intención de relevar ciertos elementos. La obra queda, por consiguiente, asfixiada, desequilibrada y transportada a un plano de pura irrealidad.»

La obra boteriana comienza a perder sabor y calidez y el artista se vuelca sobre la técnica. Insistiendo en que su interés radica «en la sensualidad del arte a través de la exaltación del volumen», a partir de 1970 declara haber encontrado un estilo propio. En otras palabras, halló la fórmula del éxito comercial. Los nuevos cuadros –pulcros, envueltos en delicado colorido y pincelada fina– comienzan a venderse con furor. «Botero tiene más publicidad en el momento más falso de su vida», anotó un crítico.

Diablo con pecadora, de gran poder expresivo por el tremendismo, el trazo fuerte y el colorido magistral. ¿Cuántos creen que es un botero? (Finales de los años 50).

Mercado al alza

Marta Traba también había vislumbrado los riesgos que acechaban al pintor: «Es negativa la pérdida de contacto con el exterior; la involución de su pintura, su replegamiento en la ‘matriz’ Botero. De ahí a convertirse en una fábrica de figuras técnicamente impecables que resuelven sus contenidos, ya no con un humor chispeante, sino como graves bromas pesadas, no hay más que un paso». Botero es ahora un estereotipo, ya no necesita pensar: Botero copia a Botero, Botero se repite y se repite, Botero empalaga y aburre. Después de 1980 sus figuras ya no son vigorosas sino fofas, quietas, sin expresión.

Alabado por multitudes, el pintor se acomoda como un aliado del poder, como un artista de todos los gobiernos. Por los años 80 él y otros artistas favoritos de nuevos ricos y de narcos se arroparon con la fama triunfal de millonarios. Los precios del arte fácil se multiplican. Convertido en un fetiche y embriagado por el éxito, comienza a reproducir sus muñecas y animalitos ahora en las tres dimensiones de la escultura y monta sus bronces enormes en plazas y calles de París, Nueva York, Florencia, Beijing o Miami a la vista de las multitudes y sin someterlos al filtro de la crítica. El efecto incrementa la popularidad y los precios.

Fiel a la consigna famosa de «trabajar, trabajar y trabajar», a finales de la década de 1990 seguía imparable produciendo piezas mediocres pero caras, hasta cuando aparecieron la sobreoferta y el consiguiente desplome de la cotización en el mercado boteriano. Decide entonces regalar 120 obras de su autoría al Museo de Antioquia y varias esculturas a Medellín. Al Banco de la República le dona 129 cuadros, además de 87 obras de artistas modernos internacionales que –valga reconocerlo– enriquecieron el acervo del arte internacional en Colombia.

Disminuyó el stock de boteros en el mercado y creció la demanda en Colombia y el planeta. Pero, como dijo otro paisa, «nada es eterno en el mundo», el éxito comercial prolongando por más de tres décadas se agrieta.

La espléndida producción temprana de Fernando Botero está destinada a perdurar, si no queda sepultada por la montaña de obras mediocres. Sería injusto que la ingrata memoria colectiva lo lleve al mismo panteón del poeta Flórez y del doctor Lleras Acosta.

***

Si alguien desea ver muestras de la mejor producción de Botero puede visitar el Museo Nacional en Bogotá, que alberga veintitrés cuadros realizados desde 1951 con piezas de su época más brillante: Los obispos muertos y El niño de Vallecas, entre otras. Y el Museo de Antioquia exhibe, por ejemplo, el Bodegón con guitarra. Pero nunca olvidemos que los museos tienen muchísimo más que mostrarnos y enseñarnos.

El niño de Vallecas. Esta obra de 1959 es la re-creación magistral de un cuadro del español Velásquez. Botero estaba muy lejos de los colores delicados y la suave pincelada.

***

Fuentes: Marta Traba, Historia abierta del arte colombiano, escrito en 1974.
Recordar a Fernando, olvidar a Botero (https://cerosetenta.uniandes.edu.co/recordar-a-fernando-olvidar-a-botero-fernando-botero-y-el-mercado-del-arte-una-breve-historia/.