Facatativá, la tierra del cercado fuerte

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Víctor de Currea-Lugo

En la entrada de Facatativá está el barrio Cartagenita (cerca están otros sectores como Manablanca y Chicó). No supe por qué ese barrio se llama así, solo que creció gracias al empuje de dos curas franceses que creían que Jesús está con los pobres. La gente de allí vive de la floricultura, ahora menos que en el pasado; algunos trabajan en la planta de harina Promasa y muchos en las ventas informales.

La gente de allí sabe pelear, recuerdan que en septiembre de 1996 tuvieron un primer round con la policía. En 1998, hubo protestas por la instalación de un peaje y, en 2008, otro paro por los precios del alumbrado público. Para este último, la gente invirtió cinco meses, puerta a puerta, explicando las razones del paro.

En 2003, las noticias fueron más graves por el desembarco de paramilitares en la vereda La Tribuna. Eso disparó prácticas de extorsión y de limpieza social, y permitió a los paramilitares la apropiación de tierras. Algunos lugareños dicen que aquello hizo parte del desarrollo del llamado “Bloque Capital” del paramilitarismo.

El paro de 2021

Ahora, en el marco del más reciente paro, se sumaron preocupados por el posible aumento de los servicios públicos, el impuesto predial y, además, la inseguridad. La escasez de agua potable y el desempleo eran ya razones concretas para protestar en las últimas décadas.

El día anterior al comienzo del paro, viejos líderes se reunieron a discutir sobre cómo participar de la protesta y, mientras teorizaban sobre sus propias luchas del pasado, les llegó la noticia de que la juventud ya había bloqueado la calle.

Ese primer día arremetió la policía y dejó varios heridos. Pero para la segunda jornada, estaban más preparados y sacaron al Esmad del barrio, después de ocho horas de confrontación. Me cuentan, entre risas y esperando el sancocho comunitario, que “un terminator de esos sacó un trapo blanco y pidió paz”.

Un video que circula muestra un policía llamando a que “no nos peguemos más” y sacando un pañuelo blanco. Desde ese entonces, se instalaron en las calles la olla comunitaria y las reuniones. Uno de los vecinos resume la agenda en una frase: “queremos que esta mierda cambie”.

Lo que la gente dice alrededor de la olla da cuenta de lo que siente. Esteban, por ejemplo, es cultivador, conoce de seguridad alimentaria y ve con otros ojos una olla comunitaria: Para él, es una causa y excusa para la reflexión. Este hombre sabe lo que es llevar el pan a la mesa cada día.

Más de la mitad de los días del paro han ido acompañados de la olla comunitaria; “la olla ya es parte de la protesta”. Algunos van a la asamblea a comer “y eso está bien”. Hay gente que come una sola vez al día.

Jenny me comenta que en este sector los políticos aparecen “a repetir las mismas promesas incumplidas de hace unos años; ni siquiera se acuerdan que ya nos dijeron lo mismo”. Me confirma algo que se vive a diario: la falta de oportunidades laborales para los jóvenes.

La Policía de Facatativá, vista por la gente

La gente habla y mucho de los abusos de la Policía. La subestación de allí funciona, según denuncia la gente, como una plaza de extorsión: por ejemplo, detienen motos y luego toca pagarles para que las entreguen. También es común la extorsión a comerciantes.

Algunos heridos de las protestas llegaron al hospital y fueron judicializados. La presunción de inocencia ni el debido proceso existen: fueron capturados sin orden de captura y sin que hubiera flagrancia. Por eso, en por lo menos siete casas, las mujeres lideraron procesos de atención de los heridos. Los comerciantes donaron medicamentos y, finalmente, fue posible la atención.

Para los muchachos con los que hablé, los maltratos y las humillaciones son constantes. Por eso, cuando tomaron la sede policial, sacaron una banca metálica que conocían como “la silla de la tortura” porque era donde solían sentarlos para agredirlos. La silla  estuvo exhibida, como un trofeo, en el sitio de bloqueo.

En medio de la reunión, me presentan a Blanca y Ricardo (no se llaman así, pero decidí ponerles estos nombres para evitar riesgos). A finales de mayo, su hijo fue detenido. Tiene 20 años. Iba camino a la casa de unos amigos cuando, muy lejos de la protesta, fue detenido bajo los cargos de “taponamiento de la vía pública y vandalismo”, me dice la mamá.

En la subestación de Policía les dieron “la bienvenida” a los detenidos: puños, patadas y golpes al cruzar en fila india entre los uniformados. Según el muchacho, allí también estaba detenido un habitante de calle al que le dieron tres duros golpes en la cabeza y del que no se supo más. Los tratos de la policía incluían uso de taser, mojar a los detenidos con mangueras, robarles los celulares y los relojes, y hasta hacerlos morder por perros.

El muchacho tuvo una valoración médica luego de la detención. Según el certificado médico, tuvo un esguince en el tobillo, lesiones en una rodilla y en la cara. Antes de liberarlo, la Policía le advirtió: “si denuncia pues ya sabe lo que le va a pasar”. Esa familia se siente acompañada por las voces de apoyo que le expresa la gente.

Las águilas negras

Durante el mes de mayo, llegaron varios panfletos amenazantes, firmados por las “Águilas Negras”, una organización paramilitar que envía advertencias de muerte a lo largo y ancho del país, sin que se sepa quién está detrás. Claro, no pueden dejar de asociar estas amenazas con el accionar paramilitar de hace más de una década.

La primera de la lista es Alba, es una mujer que ha resistido desde su infancia, ha trabajado con jóvenes y trabajadores de flores. En este paro ha logrado con su ejemplo que muchas mujeres madres del municipio hayan dejado el miedo y  sumado a la resistencia.

Uno de los amenazados es Abraham, quien reconoce que, claro, todo eso da un poco de miedo. Él es artista, ve el arte como salvación y no piensa renunciar a dar su aporte al paro desde el arte. Recuerda un cartel que dice: “miedo a mi mamá cuando saca la chancla”.

A Manuel Alejandro, otro de los amenazados, la noche anterior a esta entrevista lo abordaron dos tipos en la calle en su propia casa. Lo golpearon mientras le decían “Hijueputa, no queremos verlo más en la calle”. Luego se fueron en dos carros que los esperaban.

El abogado Jeison Cajamarca, quien también está mencionado en el panfleto, ha sido defensor de los detenidos en las protestas. Me dice que “La defensa legal de los detenidos fue hostigada por parte de la Policía, se negó el debido proceso y en distintas ocasiones fui amenazado e increpado por policías”.

Las calles las patrullan militares. Como en el caso de Cali, tratan de diferenciarse de la Policía en su relación con los civiles, pero la desconfianza es grande porque, me cuenta uno de los amenazados, “el Ejército estuvo recogiendo nuestros nombres y datos antes de que nos llegaran las amenazas de las Águilas Negras”.

La primera línea de Faca

“Nos duele lo que está pasando en el país”, me dice un muchacho de barrio, desempleado, sin mucho que perder, sin futuro a la vista. Me cuentan otros de los que van llegando que el 28 de abril no había Primera Línea y que en esos días “nos dieron muy duro”.

“Nos reconocimos en las marchas; es más, no sabíamos que pensábamos parecido”. Entonces, con apoyo de la comunidad hicieron escudos. “Somos de defensa, no de ataque”. Otro de ellos interrumpe para contar que a finales de mayo capturaron un policía infiltrado y ellos lo protegieron porque “la gente la quería era linchar”.

Más allá de la protesta, han hecho “campeonatos de canchitas, en el ronboy (round-point, o glorieta, pero dicho en lenguaje coloquial)”. No se sienten representados por el Comité Nacional de Paro. De hecho, lo ven tan lejano como al alcalde que no los recibe. El alcalde, se quejan los muchachos, ha salido a hablar de acuerdos y de conversaciones con ellos, pero la verdad es que no es más “que una gran mentira que nos ofende, porque eso no ha sucedido”.

Al despedirme me explican que Facatativá significa “cercado fuerte al final de la llanura”. Estuve tentado a buscar su significado, pero desistí. Lo que digan los textos sobre esto es secundario; lo central: lo que diga la gente, así en el nombre como en el paro.