¡Emiliano Zapata vive!

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Emiliano Zapata.

Centenario de su muerte. El legado del líder agrario mexicano está, presente en el andar del campesino y del indígena, en la organización de los pueblos originarios que siguen luchando por el mantenimiento de su cultura, de su territorio, de su dignidad

Ricardo Arenales

A menudo, la historia oficial presenta al líder agrarista mexicano Emiliano Zapata como un caudillo insaciable, lleno de ambiciones personales. La realidad es todo lo contrario. Fue un hombre humilde, que a pesar de ser conocido como el “caudillo del sur”, porque comandó los ejércitos rebeldes de esa región del país, mientras Pancho Villa comandaba los del norte, durante la época conocida como la revolución mexicana, ni el uno ni el otro se consideraron a sí mismos capaces de asumir la presidencia de la república.

Ambos líderes comenzaron dando una lucha por la recuperación de la tierra para el campesino, despojada para dar paso a grandes cultivos de caña de azúcar, y trascendieron hasta convertirse en una revolución popular. En noviembre de 2011, Emiliano Zapata proclamó el Plan Ayala en respuesta a los incumplimientos del presidente Francisco Madero, en el poder en ese momento, frente a las exigencias de campesinos e indígenas.

En el Plan Ayala se abordaron problemas del campesinado y su relación con el latifundismo, no contemplados en el programa de gobierno de Madero. Lo esencial, sustentaba el documento, era la transformación social, basada en una reforma agraria, un reparto equitativo de la tierra, en un México mayoritariamente rural. Era, sin duda, un pensamiento bastante avanzado para esa época, comienzos del siglo XX.

Una revolución traicionada

Los ejércitos agraristas del norte y del sur, fueron derrotados. Sin embargo, el ideario de los campesinos e indígenas por acceder a la tierra, fue en buena medida consagrado en la constitución mexicana, la primera en elevar a rango legal ciertos derechos sociales. Aunque se sabe, tales principios fueron letra muerta.

Fue más tarde, bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas (1934-1440), que se realiza en México una reforma agraria democrática, que precisamente puso énfasis en la entrega de tierras en las zonas de influencia zapatista, con la convicción de que se estaba saldando una deuda histórica con  las gentes del campo. Pero, en una nueva vuelta de la rueda de la historia, los gobiernos siguientes, ya en el inicio de la segunda guerra mundial, comenzaron a retroceder en el reparto de la tierra y en desmontar, tanto la obra reformadora de Cárdenas, como el ideario zapatista.

La tierra a sus legítimos dueños

La revolución agraria fue interrumpida, pero no sepultada. El legado de Emiliano Zapata vive en las comunidades autónomas de Chiapas, en las comunidades agrarias del continente latinoamericano, que resisten al despojo del capitalismo. Hoy, cien años después de la muerte de Zapata, conviene recordar su ideario.

En una carta dirigida el 17 de marzo de 1919 al presidente de México, Zapata denunció que “los bancos están siendo saqueados, la industria y las empresas de todo género agonizando, bajo el peso de las contribuciones exorbitantes, casi confiscatorias; la agricultura y la minería pereciendo por falta de seguridad en las comunicaciones; la gente humilde y trabajadora, reducida a la miseria, el hambre, a las privaciones de toda especie, por la paralización del trabajo, por la carestía de los víveres, por la insoportable elevación del costo de la vida”.

En uno de sus mensajes a los campesinos, dijo: “¿Cómo se hizo la conquista de México? Por medio de las armas. ¿Cómo se apoderaron de las grandes posesiones de tierras los conquistadores, que es la inmensa propiedad agraria que por más de cuatro siglos se ha transmitido en diversas propiedades? Por medio de las armas. Pues, por medio de las armas debemos hacer que vuelvan a sus legítimos dueños, víctimas de la usurpación”.

Aguardamos la hora decisiva

Emiliano Zapata fue asesinado por un traidor a su causa, Venustiano Carranza, el 9 de abril de 1919. Entró a la historia, no para ser recordado en una fría figura de mármol, sino por su dimensión social, que evoca la lucha del oprimido por su libertad. Está presente en el andar del campesino y del indígena, en la organización de los pueblos originarios que siguen luchando por el mantenimiento de su cultura, de su territorio, de su dignidad.

En una de sus proclamas dijo: “La victoria se acerca, la lucha toca a su fin. Se libran ya los últimos combates y en estos instantes solemnes, de pie y respetuosamente descubiertos ante la nación, aguardamos la hora decisiva, el momento preciso en que los pueblos se hunden o se salvan, según el uso que hacen de la soberanía conquistada, esa soberanía por tanto tiempo arrebatada a nuestro pueblo, y la que con el triunfo de la revolución volverá ilesa, tal como se ha conservado y la hemos defendido aquí, en las montañas que han sido su solio y nuestro baluarte. Volverá dignificada y fortalecida para nunca más ser mancillada por la impostura ni encadenada por la tiranía.

“Perfectamente convencidos de que es justa la causa que defendemos, con plena consciencia de nuestros deberes y dispuestos a no abandonar ni un instante la obra grandiosa que hemos emprendido, llegaremos resueltos hasta el fin, aceptando ante la civilización y ante la historia, las responsabilidades de este acto de suprema reivindicación.

“La causa por la que luchamos, los principios e ideales que defendemos, son ya bien conocidos de nuestros compatriotas, puesto que en su mayoría se han agrupado en torno de esta bandera de redención de este lábaro santo del derecho, bautizado con el sencillo nombre de Plan de Villa de Ayala. Ahí están contenidas las más justas aspiraciones del pueblo, planteadas las más imperiosas necesidades sociales, y propuestas las más importantes reformas económicas y políticas, sin cuya implantación, el país rodaría inevitablemente al abismo, hundiéndose en el caos de la ignorancia, de la miseria y de la esclavitud”.