El “Yako” que conocí

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Francisco Giacometto “Yaco” era el responsable de distribución del semanario VOZ en Santa Marta

En Santa Marta fue asesinado el dirigente Francisco Giacometto, “Yako”, quien era militante comunista y voceador de VOZ. Homenaje a un abnegado revolucionario

Alfredo Larrazábal

“Sí, yo lo distingo”, le respondí a un camarada cuando me presentó a Francisco Giacometto “Pacho” o “Yako”, como le decían cariñosamente en todo lado. Era una reunión para conversar sobre su articulación al trabajo político, en especial a través de la agitación y la propaganda, labor que desempeñó con asidua responsabilidad vendiendo la prensa revolucionaria, nuestro semanario VOZ.

El Yako que conocí era un historiador del pueblo, en su memoria prodigiosa guardaba cada rincón de Santa Marta y las luchas que allí se libraron desde su militancia en la Juventud Comunista; momentos en los que frecuentemente traía la memoria del irreverente Jaime Bateman Cayón. Comentaba como si fueran noticias del día, los debates ideológicos del Partido en sus congresos de antaño, la fundación de la UP, y otro sinnúmero de hechos con detalles precisos y un tono vívido que hacían de cada relato una experiencia propia.

Nos acompañó en las sesiones de premilitancia que realizamos con nuevas y nuevos camaradas, aclarando conceptos y explicando importantes hechos históricos de nuestro continente y de nuestro país. Con perspicacia lograba atraer nuestra atención al hablar de economía política, del centralismo democrático, del neoliberalismo y de la importancia de la lucha revolucionaria. Si no le interrumpíamos de alguna manera su exposición, podía extenderse indefinidamente.

Andaba con su perrita Lola pa’ arriba y pa’ abajo, aunque por cuenta del mismo Yako nos enteramos que también le decían “Carelápiz”, por su trompa tostada y su cuerpo medio anaranjado; por lo menos yo, solo le decía “Carelápiz”. Con ella, temprano en las mañanas llegaba al parque donde solía topármelo, y mientras yo hacía algunos ejercicios intentando estar “en forma”, el regaba con agua las plantas, los árboles del parque y hablaba carreta con la vecindad.

El Yako que conocí no le temía al covid, decía que los vientos que bajaban de la sierra nos brindaban un aire puro que nos protegía del contagio, por ello usaba contra su voluntad un harapo azul como tapabocas. Me contaba jocosamente que ya no le daría fiebre, porque desde pequeño tenía una fiebre que nadie le había podido quitar, la fiebre de la revolución, de luchar por una Colombia justa, democrática y en paz.

Espigado como su moral, amigable, sencillo, carismático y de buen humor, de quien brotaba una empatía indescriptible y un amor enorme por las causas a las que dedicó toda su vida, a cambio de nada. Yaco era de esos revolucionarios para quienes luchar es una forma de vivir a cada instante sin perder la esperanza en que las cosas van a cambiar, por lo que la ausencia de su optimismo es un vacío irreparable.

La violencia nos arrebató un ser enorme, que merecía todo menos ser víctima de tanta crueldad. La familia comunista y upecista lo recordará siempre con su sonrisa refulgente, con el ejemplo de su trabajo desinteresado por las muchedumbres humildes. Solo espero, como esperamos todas y todos, que la justicia haga su trabajo y esclarezca este grave crimen que nos golpea en lo más hondo.