El rostro de la prostitución

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Prostitución en Bogotá. Foto Inaldo Pérez, Sistema Integrado Digital

En Latinoamérica el negocio de la prostitución se da en una situación de vulnerabilidad: desplazamiento forzado, mujeres discriminadas por su raza, migrantes y mujeres empobrecidas. Con lo anterior, se reafirma que hablar de libre elección en el proxenetismo no solo es un error, sino desconocer a las víctimas de explotación sexual

Sofía Ariza
@Sofiaariza01

Los edificios altos, el tráfico, el caos, la vida atareada y el montón de elementos que constituyen una capital como lo es Buenos Aires, deja pasmada a cualquier inmigrante. Ese fue el caso de la joven paraguaya de dieciséis años que llegaba con el objetivo de ayudar a sostener a su familia. Ella y su núcleo de nueve integrantes comían cada tres días.

Al llegar a la ciudad fue explotada laboralmente y después de renunciar estuvo en situación de calle durante cinco meses. Un día, de forma inesperada, consiguió un trabajo que le costaría seis años de explotación sexual: la prostitución.

El caso descrito es la historia que le sucedió a Sonia Sánchez, hoy conferencista, activista, feminista, escritora y abolicionista. Pero como Sonia hay muchas. Una de ellas Claudia Quintero, una cucuteña sobreviviente de la prostitución que por medio de la Corporación Anne Frank ha ayudado durante años a mujeres en situación de prostitución a soñar nuevas vidas.

A simple vista pareciese que son pocas las mujeres que después de haber sido prostituidas reivindican la importancia de hablar de la prostitución con un enfoque abolicionista, pero no es así. Y no sucede solo en América Latina sino alrededor del mundo, incluso en los mal llamados “países desarrollados” que, como Alemania y Austria, han presentado múltiples denuncias por la ineficiencia de la regulación a la hora de combatir la trata de mujeres que terminan en el burdel.

En Latinoamérica, el negocio de la prostitución se manifiesta también en una situación de vulnerabilidad, pero con la suma de más factores: desplazamiento forzado, mujeres racializadas, migrantes, mujeres empobrecidas y demás causales que reafirman que hablar de libre elección en el proxenetismo no solo es un error sino también un desconocimiento de las situaciones que viven las víctimas de la explotación sexual.

El mito de la libre elección

Para entender mejor por qué la libre elección es una mentira cuando se trata de la prostitución, es importante remitirnos a conceptos como la Pistola Simbólica que plantea Claudia Quintero, en su discurso de la dignidad que presentó frente a la Corte Constitucional: “Yo pienso que fue una vida de dolor, quizás una vida que elegí voluntariamente. Digamos que sí, pero con una pistola simbólica en mi cabeza; una pistola cargada de desplazamiento forzado, guerra, indiferencia, discriminación, abuso, falta de oportunidades, falta de educación”.

Claudia a lo que se refiere es a las condiciones que empujan a las mujeres a la prostitución. Ella, por ejemplo, fue desplazada de su ciudad natal por la presencia de grupos armados ilegales que estaban en desacuerdo con su defensa de los jóvenes para evitar que se integraran en dichas organizaciones criminales.

“Al entender mi historia y la de otras mujeres, entendí que nuestro dilema no era si putear era mejor o peor que dejarse golpear por el marido. Entendí que se debían eliminar las situaciones que nos condicionan a estar sometidas. Ahí viene la pregunta: ¿Qué me trajo a la prostitución? ¿Realmente es un gusto por tener sexo con desconocidos y ganar dinero «fácil»? o, ¿hay situaciones de inequidad, pobreza y discriminación que me llevaron a ello?”, relata.

Aunque testimonios como los de Claudia abundan en las víctimas de trata, se sigue avalando la prostitución no solo desde la libre elección sino del deseo de las mujeres. Pero, ¿cómo podemos justificar un negocio tan violento como lo es el proxenetismo por el deseo de algunas que lo hacen de forma voluntaria? ¿no es acaso el deseo también infundado por el sistema patriarcal y neoliberal que nos gobierna?

Esto lo explica Sonia en una entrevista para el programa argentino Ángeles de la Mañana: “Hoy en un sistema neoliberal donde estamos viviendo. A todas, todos y todes nos construyen el deseo, hasta la de allá arriba como la de allá abajo. Es la misma violencia, yo creo que la única diferencia entre aquí arriba y acá abajo, es el poder económico”.

Y es que en el sistema patriarcal (tanto como en el neoliberal) existen deseos que se nos implantan y que, generalmente, no serían nuestros deseos si no fuese el sistema el que los dicta. Por ejemplo, en la depilación se nos muestra como algo deseable, como una necesidad nuestra. No obstante, ¿cuántas mujeres dejaron de depilarse cuándo estaban en cuarentena? ¿Por qué volvieron a hacerlo cuándo volvió la vida a una relativa normalidad? Este ejemplo enseña que los deseos son implantados y se manifiestan también en el maquillaje, las cirugías estéticas, las dietas y demás.

“¿Por qué el deseo tiene que ser algo a tenerse en cuenta en esta discusión si las mujeres deseamos muchas cosas que nos violentan porque para eso hemos sido educadas? Dentro del patriarcado se nos muestran muchas cosas que son horribles, pero nos enseñan a desearlas”, explica la periodista Ana Buitrago que, no solo ha sido voluntaria en la Corporación Anne Frank sino también, está elaborando una tesis sobre el tema.

La izquierda en la prostitución

“La derecha nos tacha de impuras y la izquierda de groseras y vulgares, favoreciendo un disfraz de revolución sexual que a todas luces no existe en la prostitución. Ser de izquierda no garantiza los derechos humanos de las mujeres prostituidas y víctimas de trata de personas ya que no está en la agenda de los precandidatos que vemos hasta el momento y que en otros cargos como alcaldías y gobernaciones donde estuvieron, tampoco hicieron mayor cosa por combatir este flagelo”, denuncia Claudia.

A pesar de que es un hecho que la prostitución está ligada directamente con condiciones sociales que hacen de las mujeres en condición de vulnerabilidad un blanco perfecto para los proxenetas, tanto sectores de la izquierda como la derecha parecen no estar muy interesados en el tema y mucho menos desde un enfoque abolicionista, no en vano las feministas han repetido múltiples veces la frase “la izquierda y la derecha se dan la mano en el burdel”.

Genera indignación que algunos en la izquierda se proclamen en defensa de los derechos de todas y todos e ignoren la raíz de la prostitución y lo que conlleva. Por ejemplo, uno de los temas que deberían tocarse cuando se habla de prostitución en el país es la influencia directa de los grupos ilegales que se benefician de este negocio, incluidos los narcotraficantes. Claudia fue la primera en conseguir una condena contra el Clan del Golfo por trata de personas.

Entonces, ¿dónde queda la consciencia de clase cuando se mantiene el silencio hacia un oficio que perpetúa las violencias contra las mujeres pobres, migrantes y racializadas? ¿De qué sirve tanta crítica al sistema si reducimos el problema de la prostitución a la falta de regulación de esta e ignoramos sobre qué se cimienta? Tal parece que, en la izquierda como sector crítico, hay grandes fallas en la práctica cuando de los derechos de las mujeres se trata.

Por último, quiero citar a la comunista Alexandra Kollontái que desde 1921 tenía bastante claro hacia dónde tiene que apuntarle la utopía: “Sería mucho mejor que saludaran con alegría la aurora de una nueva sociedad, que liberará a la mujer de la servidumbre doméstica, que aliviará la carga de la maternidad para la mujer, una sociedad en la que finalmente veremos desaparecer la más terrible de las maldiciones que pesan sobre la mujer: la prostitución”.