El rastro israelí

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Jaime Cedano
@Cedano85

La presencia de Rafi Eitan en Colombia para asesorar al presidente Virgilio Barco en la lucha contra la violencia, pareciera que hubiera surgido de un hecho casual o proverbial, nacido en la relación que estableciera Barco con Eitan cuando fue embajador y empezó a sentir curiosidad, admiración o intriga por el trabajo que realizaba el espía que copa de whisky en mano le contaba en los ágapes y cócteles de la agitada vida diplomática washingtoniana.

Por eso, parece, que cuando fue elegido presidente, Barco rememoró aquellas amistosas confidencias y le dijo a su secretario general que quería que viniera “su amigo” al país. Podría concluirse lo anterior leyendo muy rápidamente la extraordinaria y explosiva columna de Alberto Donadío, pero esta parte de la historia solo es una pequeñita ventana que nos puede conducir a un amplio y enmarañado bosque que termina en Tel Aviv, que seguramente Donadío ha husmeado, pero que no hacía parte de los secretos que quería soltar.

La sospecha es que las cosas pudieron no ser tan casuales y que las confidencias de Eitan y su acercamiento a Barco hicieran parte de la estrategia israelí de ampliar y extender su penetración política, militar e ideológica en América Latina, tras prestar eficientemente sus servicios a las dictaduras del cono sur, especialmente a Pinochet.   Esto nos lleva a preguntarnos, no sin cierta ingenuidad, si Virgilio Barco no haya sido quizás “entrampado”, por utilizar un término de moda, por el servicio secreto israelí, a partir de los encantos y exquisitas maneras que su agente desplegaba en las reuniones sociales del cuerpo diplomático en Washington.

Las relaciones Eitan-Barco se inician cuando precisamente la industria militar israelí realiza una ofensiva para ampliar en la región el comercio de sus armas y programas de seguridad, trascendiendo sus negocios con las dictaduras y ampliando el mercado a los llamados gobiernos democráticos. Armas que sigue presentando con el goodwill de haber sido ensayadas en campo de batalla, para lo que Israel tiene su patio trasero en Gaza y Cisjordania.

El libro ‘El militarismo israelí en América Latina’ publicado recientemente por el Movimiento BDS-América Latina y La Fogata editora, ayuda muy bien a conocer este escenario. El Tratado de Libre Comercio firmado en 2013 y las abultadas compras de armas que Colombia realiza en Israel, donde ha llegado a comprar en algún año hasta el 49% de las armas que compra toda la región, indican lo fructíferas que pudieron resultar aquellas amenas conversaciones en los elegantes salones diplomáticos.

Muchas preguntas surgen sobre Rafi Eitan, su irregular contratación, sus objetivos, y la responsabilidad de Barco y su equipo más cercano en el inicio del genocidio. Su caballerosidad o su extravío no son exculpaciones, y achacarle todo a Gacha como lo hace César Gaviria, es bastante sospechoso.

Es de esperarse que la justicia actúe, seguramente la JEP es quien tiene competencias para ello, y voluntad, pues de la Fiscalía no cabría esperar nada. De la misma manera que la relación Barco-Eitan no es el resultado de simpatías personales surgidas en algún cóctel, sino que es algo más grande, nos preguntamos si la presencia de Eitan en Colombia está relacionada con la del mercenario, también israelí, Jair Klein, quien aterriza en el Magdalena Medio por los mismos tiempos que su ahora mentado paisano.

El país espera respuestas.

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