El poder, los medios y el paro

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Foto archivo.

Debido a que están sometidos a la propiedad del capital o a la voluntad de los anunciantes, los medios no pueden ser imparciales, objetivos ni creíbles

Ancízar Narváez M.

Uno de los postulados básicos de una teoría política crítica debería ser poner en cuestión el lugar que la teoría convencional les da a los medios masivos de comunicación (diferentes de los medios sociales o redes, que merecen otro análisis) en su relación con la política y la economía, en la estructura del poder, en la organización y el funcionamiento del Estado y en la democratización de la sociedad.

Para empezar, hay que reinterpretar el mito de los medios como el Cuarto Estado. Esta fue una frase acuñada por Edmund Burke a fines del siglo XVIII para referirse al hecho de que los periodistas podían entrar al Parlamento inglés para informar sobre, e incluso, en lo posible, para transcribir los debates.

Desde entonces, la expresión se entiende como la cuarta rama del poder público, y tan independiente como las otras tres reconocidas por la tradición liberal y constitucional: ejecutiva, legislativa y judicial. La otra interpretación es más cercana a la realidad: se trata del cuarto estado como el que está después de los tres estados que componía la sociedad francesa antes de la Revolución: el clero, la nobleza y el estado llano. El cuarto sería la prensa. Aquí no se trata de la estructura del Estado sino de la estructura de la sociedad y del lugar subordinado del cuarto estado.

En la versión inglesa, que es la que defiende teóricamente la burguesía en el poder, los medios se igualan entonces a una institución, o sea, se consideran una organización que actúa en nombre de toda la sociedad y que tiene un punto de vista autorizado y legítimo sobre el acontecer social. Ello supone que todos los intereses se ven igualmente representados en la narración de los medios. De ahí el mito de la imparcialidad y la objetividad.

Aclaraciones necesarias

De ahí también la creencia de que los medios son la nueva esfera pública, los que remplazan a la plaza pública, a la manifestación callejera, a la asamblea, etc. A esto hay que oponer dos aclaraciones conceptuales: desde el punto de vista de la comunicación, no hay diferencia entre los códigos de la plaza pública o la calle y los de los medios masivos, pues en ambos predomina la comunicación oral y visual. La segunda, tiene que ver con los intereses.

En efecto, resulta que los medios de comunicación, tanto impresos como electrónicos, de señal abierta o en línea, no son un agente social independiente, y mucho menos una institución social imparcial. Es decir, no existe un sector social o económico llamado medios de comunicación masivos (que ponga en el mismo lugar a Caracol TV con la UN Radio) y tampoco una institución supuestamente neutral que represente a todos los ciudadanos, sino que los agentes sociales de todo tipo tienen cada uno sus propios medios, según la importancia social y económica y el poder político que tengan. Dado que en Colombia el poder es de los grupos económicos, entonces son ellos los dueños de los medios más influyentes. Aunque esto ya es sabido, no sobra recordarlo (Ver gráfica).

Ilustración Erika Prias

Caso especial

Aunque el del Grupo Prisa es un caso que no parece típico, se trata del medio que defiende los intereses de las 450 empresas españolas que operan en Colombia, las cuales controlan sectores clave de la economía nacional como el Grupo de Energía de Bogotá, Telefónica (Movistar), Gas Natural Fenosa, Sacyr (construcciones), Repsol (petróleo), BBVA, aseguradoras y hoteles, por mencionar solo las más conocidas1. Dos de ellas ya nos estafaron en dos concesiones solo en la Costa Caribe: Fenosa, que controlaba a Electricaribe y Canal de Isabel II, que nos tumbaron la empresa Triple A de servicios públicos domiciliarios de Barranquilla.

Ahora bien, en las sociedades capitalistas, el primer insalvable que tienen los medios masivos para informar sobre la movilización social es que tienen un lugar en la estructura del poder que los pone por debajo de los grupos económicos, el Estado y las organizaciones sociales o gremiales, en fin, de todo factor de poder basado en la fuerza y solo los iguala un poco con los partidos políticos en cuanto se supone que tienen que competir con estos por la credibilidad, aunque para los medios lo importante no es conseguir votos sino audiencias para vender a los anunciantes.

Dado que están sometidos a la propiedad del capital o a la voluntad de compra de los anunciantes, los medios como empresas no pueden nunca ser imparciales, ni objetivos ni creíbles puesto que no pueden dar la información completa. Hay que diferenciar a los medios de los periodistas, por cuanto estos son los asalariados sometidos a la ‘organización’ empresarial en condición de subordinación y, por tanto, son independientes sus convicciones políticas y la línea editorial del medio.

Imposición de narrativas

El segundo insalvable es la narrativa mediática. Por más que se diga que los medios son fundamentales para informar a la sociedad de los acontecimientos sistémicos, es decir, los que no son cotidianos pero deciden la vida cotidiana, como la economía y la política, la narración mediática como dramaturgia solo puede construir un relato de posicionamiento entre personajes y acontecimientos, en el cual hay buenos y malos y donde la jerarquía de los acontecimientos no importa con tal de que puedan ser narrados como antagonismos: es lo mismo, desde el punto de vista mediático, derribar una estatua o quebrar un vidrio en Transmilenio, que dispararle a un manifestante desarmado.

Es lo mismo la pérdida de un bus que la pérdida de una vida humana. Por eso siguen hablando de vandalismo y de las culpas de ambas partes como si fuera lo mismo de letal un insulto y una piedra que un arma de fuego.

El tercer irremediable, en parte derivado de los dos anteriores, es el conocimiento: para servir al poder y a la narrativa al mismo tiempo, es imposible analizar y explicar los acontecimientos. Los reporteros no tienen tiempo sino para hacer el trabajo de campo, para los testimonios, para las imágenes y las voces en directo, pero no para leer y analizar los cientos de páginas de la reforma tributaria o de la salud. Además, no pueden poner tablas de estadísticas ni contexto histórico ni explicar por qué alguien gana dinero a montones en un año en que la mayoría de la población perdió sus ingresos.

En síntesis, en los medios masivos, todo el acontecer tiene que reducirse a consignas, a héroes y villanos, a acciones buenas y malas. Y como el que tiene más poder tiene más medios, pues ellos imponen el relato. Además, esto cuadra bien con el pensamiento mítico, según el cual el bueno es el que tiene el poder. Por eso, explica el sociólogo español de la comunicación Manuel Martín Serrano, la mayoría de las personas suelen actuar contra la evidencia y contra sus intereses.

1 De las 35 empresas que cotizan en el Ibex 35 (Bolsa de Madrid), 13 tienen inversiones en América Latina (https://blogparainversores.es/actualidad/destacados/exposicion-ibex-35-latinoamerica/)