El periódico revolucionario

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De izquierda a derecha: Juan Carlos Hurtado, Arlés Herrera, Hernán Camacho, Renata Cabrales, Rafafel Carrascal Vergara, Carolina Tejada Sánchez, Claudia Flórez, Alberto Acevedo, Marcel Guarnizo, Édgar Rey, José Ramón Llanos y Óscar Sotelo.

Tras un largo y difícil camino de 3000 ediciones, VOZ sigue siendo consciente de su historia, de su papel en la transformación social y de los retos que implica el periodismo en los tiempos actuales. El mayor desafío: continuar siendo el principal referente de la prensa de izquierda en Colombia

Roberto Amorebieta
@amorebieta7

Cuando se cumplieron 1000 ediciones de VOZ en 1978 –en ese entonces Voz Proletaria–, el maestro Édgar Caicedo, a la sazón jefe de redacción del periódico, narraba la sensación que tenían los redactores cuando, de pie junto a la rotativa, veían salir impresos los ejemplares aún calientes. El sonido de la prensa de 500 toneladas que “apretaba el molde contra las matrices” y el olor de la tinta recién plasmada sobre el papel producían en el equipo un placer solo comparable con el del panadero cuando saca el pan recién horneado.

Es curioso cómo 41 años después –luego de haber transitado por toda una revolución tecnológica, digital y de las comunicaciones– el semanario llega a su edición 3.000 y sigue produciendo en la redacción una sensación muy parecida a la que tuvieron nuestros antecesores. De aquel equipo solo quedan un par de nombres. Alberto, nuestro editor internacional, y el maestro Arlés Herrera, Calarcá, quien sigue deleitándonos con sus agudas y punzantes caricaturas. La plantilla se ha nutrido con nuevos integrantes y ya no tenemos enormes rotativas ni percibimos el olor de la tinta cuando se imprimen los periódicos, pero el vértigo y la ansiedad por que todo salga bien siguen siendo los mismos.

La ansiedad del cierre

Los días de cierre de edición se viven con la agitación propia de quien va a parir un hijo. Los redactores se intercambian sus artículos buscando que un colega encuentre una mejor frase, un mejor giro lingüístico o un final más contundente. Los correctores de estilo se esfuerzan para identificar gazapos y errores de digitación. Rafael, nuestro diagramador, se impacienta por encontrar la mejor fotografía y diseñar las páginas de modo que sean agradables al lector. Juan Carlos, nuestro editor laboral, analiza el titular de una noticia, lo cambia, lo observa, lo vuelve a cambiar. Claudia, nuestra directora, pregunta si todo va bien, si ya llegó el artículo de región que estaba tardando o si la página juvenil finalmente fue corregida.

Renata, nuestra editora de Mujeres, termina la corrección de estilo de una nota y autoriza su inclusión en la versión definitiva. El profe José Ramón, con su andar pausado y su apacible tono de voz, entra al recinto y recuerda que no podemos dejar pasar la importante efeméride que se conmemora esa semana. Hernán, nuestro editor legislativo, llega apurado del Senado con la última actualización del trámite de un proyecto de Ley. Iván, nuestro editor económico, se concentra en precisar unas cifras importantes para el artículo que está terminando sobre el desempleo.

Finalmente, Óscar y Carolina invitan a los demás redactores a diseñar la primera página. Al calor de un café recién preparado por Olga y Martica, entre todos hacemos el trabajo. Édgar, nuestro gerente, se integra a la reunión. Se escogen las noticias más importantes, se decide el orden que tendrán, se definen las fotografías, se pulen los pies de foto y se identifica, como si la fortuna por fin estuviese de nuestro lado, un último error de digitación que rápidamente es corregido.

Los miércoles, cuando la directora y los periodistas se reúnen en el consejo de redacción, toman los periódicos ya impresos, los huelen, se untan los dedos de tinta y aprecian el resultado final del trabajo en equipo. En este instante pensamos en las opiniones que nos recomiendan dejar de publicar la edición en papel y transitar hacia convertirnos en un medio exclusivamente digital. Es un debate que regresa de vez en cuando. “¿Y los campesinos que no tienen internet?”, dice uno. “¿Y las sesiones de estudio que se hacen leyendo el periódico?”, reclama alguien. “¿Y la importancia simbólica de que los ejemplares lleguen a todo el país?”, concluye otro más.

En momentos como esos viene a la mente la conocida imagen del hombre mayor quien durante las marchas antichavistas de septiembre de 2009 en Bogotá, retaba a la multitud enardecida por el odio con un ejemplar de VOZ que valientemente sostenía en sus manos. “Tal vez sí sea importante seguir editando la versión en papel”, parece ser la conclusión que queda flotando en el ambiente.

Periodismo comunista

Si bien podría parecer que la brega periodística es más o menos igual en todos los medios, lo cierto es que editar un periódico como VOZ no es como hacer cualquier otro periódico. No solo por su condición de semanario, lo que obliga a repensar permanentemente los contenidos y a estar actualizando hasta último minuto, sino porque su carácter revolucionario y transformador impone a los redactores una responsabilidad mayúscula.

En esto último nos identificamos plenamente con Édgar Caicedo cuando dice que antes que periodistas somos comunistas. Nunca hemos pretendido ser objetivos ni imparciales. Sabemos que estamos por las luchas populares, las nuevas ciudadanías, la autodeterminación de los pueblos y el respeto por la naturaleza. Por ello nuestro trabajo periodístico debe ser siempre coherente con nuestros principios. En eso no engañamos al lector. Somos un periódico comunista y presentamos la visión de los que quieren transformar la sociedad.

Pero también nos esforzamos cada día por hacer un mejor trabajo periodístico, por ofrecer a los lectores un producto de mejor calidad. Sabemos que no basta con proclamar que somos la verdad del pueblo. Tenemos la inmensa responsabilidad de garantizar el rigor noticioso, la pertinencia de las informaciones, la profundidad de los análisis y en últimas, trabajar sin descanso por el derecho a la información del pueblo colombiano.

El semanario VOZ ha llegado hasta aquí tras un largo trasegar lleno de obstáculos como la violencia contra nuestras sedes, directores, periodistas y distribuidores, las dificultades financieras y el desafío de la innovación tecnológica, entre otros. No obstante, los retos que hemos tenido que sortear nos han ayudado a formarnos como periodistas y nos han obligado a ser cada vez más creativos tanto en la búsqueda de soluciones como en trabajar en una permanente innovación de nuestros contenidos y nuestra presentación.

La edición 3.000 no solo es la oportunidad para agradecer a las personas –como el equipo periodístico, la militancia y los lectores– que han contribuido a que el semanario VOZ siga siendo el referente de la prensa de izquierda en Colombia. También es la oportunidad para evidenciar que es posible hacer prensa revolucionaria y transformadora. Llegamos al siglo XXI conscientes del reto que implica ser un medio alternativo y queremos estar a la altura del desafío. El pueblo colombiano puede seguir contando con el semanario VOZ para visibilizar sus luchas, denunciar los atropellos y mostrar una visión revolucionaria de la situación actual.