El papelón del Gobierno y la realidad continental

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Pietro Lora Alarcón

Interpretar el momento político continental implica entender la dialéctica del escenario. Identificar el carácter de clase y la proyección negativa que tienen algunos gobiernos de la región, tanto para la profundización de la democracia como para dar rumbos favorables a los intereses de los pueblos, es una preocupación de los comunistas y de todos los comprometidos con la paz y la seguridad regional.

El gobierno colombiano sabe que la concretización de los Acuerdos de La Habana tiene dimensiones e impactos dentro, pero también más allá de los límites del país. Cómplice de intereses guerreristas, mafiosos y militaristas no los cumple ni tiene la intención de cumplirlos. El gobierno colombiano, instrumentalizado por la relación viciada que mantiene con los Estados Unidos, sabe que un gobierno progresista en Ecuador, luego del triunfo de Arce en Bolivia, lo aísla a él y a su patrón, aún más en el escenario andino. Y por eso se presta a un patético y ridículo montaje para interferir en las elecciones ecuatorianas.

El gobierno colombiano sabe que en abril hay elecciones en Perú y un nuevo ánimo y grado de unidad en Chile y por eso se preocupa con la suerte de la derecha peruana y aplaude en su vergonzante intimidad la represión de los carabineros en Santiago. El gobierno colombiano no sabe de internacionalismo ni de solidaridad internacional porque sirve de puente para la militarización continental y porque conoce y auspicia que mercenarios colombianos subcontratados con la complicidad gubernamental actúen en varios rincones del planeta.

El Gobierno no sabe de ética diplomática, porque en lugar de otorgar un tratamiento técnicamente serio y sigiloso a las informaciones oriundas de otro miembro de la comunidad internacional, que en cumplimiento de riguroso protocolo cumplió con su deber, simplemente las difunde a los medios, como si se le hubiera presentado una denuncia y no una comunicación diplomática. Y luego, en lugar de abrir escenarios para la paz, inflama la guerra exigiendo extradiciones y profiriendo amenazas.

Las ventajas al capital financiero en la pandemia, el aumento de la desigualdad y la terrible situación en que viven millones de colombianos no pueden ser escondidas, como pretende el gobierno, con la llegada (tarde) de un número tan insuficiente de vacunas y el inicio de una vacunación (también tarde). El presidente parece no tener noción del contexto de la vacunación internacional, de la iniciativa Covax de la OMS y cuando raramente los medios continentales le prestan atención a lo que dice, apenas confirma que su gobierno está fuera de un modelo compatible con la vida.

La paz, la salud, la democracia, la participación y la vacuna son derechos, no favores. Se conquistan con presencia popular, unidad y organización. Por eso, no se puede bajar la guardia en las instancias surgidas del movimiento amplio de finales del 2019, ni olvidar el estado de ánimo y los factores subjetivos que envuelven la dinámica de la acción de masas.

Al mismo tiempo, interpretar el momento significa entender que la construcción colectiva de una salida democrática y antineoliberal sobre la base de un proyecto que derrote las aspiraciones de la derecha colombiana es una necesidad continental. Por eso la unidad de los sectores políticos en torno a ejes concretos que permitan canalizar fuerzas contra los amigos de la guerra y de la antidemocracia es fundamental no solo para Colombia. Esto tiene una dimensión mucho mayor.

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