¿El origen de todos los males? (II)

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Alejandro Cifuentes

Previamente señalaba que fuerzas políticas antidemocráticas, que se presentan como alternativas, han buscado disfrazar el continuismo de sus programas con una crítica constante a Uribe, un estándar muy bajo para compararse. De esta manera han creado el mito de que Uribe es el origen, y por tanto, el fin de todos los males que aquejan a Colombia. De tal forma se ha olvidado la responsabilidad de las élites tradicionales, y de su alabada prensa independiente, en la creación del fenómeno uribista.

Desde hace poco más de un año se escuchan terribles gimoteos en los círculos bienpensantes colombianos, pues la revista Semana había sido adquirida por el grupo financiero Gilinski, propiedad de un banquero muy cercano al uribismo. Para muchos, esta compra convertiría a esta importante revista en un simple pasquín al servicio del expresidente. Y la designación de la tristemente célebre Vicky Dávila como directora, un cargo que sonaba muy grande para una mediocre propagandista, les daba razón. Sin embargo, cabe preguntarse si antes de Gilinski Semana era tan independiente como muchos pretendían.

Ciertamente con la nueva administración, Semana ha tomado una línea editorial más explícita, pero la diversidad de opiniones y la seriedad investigativa previas solo son apariencias que las crudas dinámicas de la propiedad desenmascaran. Semana fue creación de aristócratas liberales que han querido parecer demócratas y progresistas, pero que cuando se ha tratado de defender sus intereses de clase, no han escatimado en bajezas. Apareció por primera vez en 1946 por auspicios de Alberto Lleras, el mismo que negoció con Laureano Gómez el acuerdo antidemocrático del Frente Nacional. Fue refundada por Felipe López, cuyo padre, López Michelsen, fue gran campeón de la represión popular, siendo responsable del asesinato de 33 colombianos durante el Paro Cívico de 1977.

Para 2002 la revista era dirigida por un cachorro de rancia élite bogotana, Alejandro Santos. Durante aquel año, en plena campaña presidencial, Uribe apareció en una serie de portadas que harían sonrojar a la mismísima Dávila. Y en 2003 la publicación no escatimó en halagos para el nuevo mandatario. En un artículo titulado muy elocuentemente “El año que volvió la esperanza”, el director presentó un balance del nuevo gobierno. Allí calificaba a Uribe de hombre “trabajador y conocedor del sistema político”. Exaltaban su estilo y capacidad de gestión. En vez de llamarlo populista, como hacen hoy los bienpensantes, decía que era un hombre con “aire campesino” y “espontáneo”. Y afirmaba que su gran éxito consistía en la política de austeridad fiscal, dirigida por Alberto Carrasquilla, y en su política de seguridad “cuyo objetivo central no es perseguir un enemigo sino proteger al ciudadano”.

Para Santos y Semana, Uribe era el político más adecuado para el país a principios del siglo XXI. Al fin y al y cabo era su engendro. Necesitaban aplicar el reajuste neoliberal para asegurarse el apoyo del capital trasnacional, de donde devengan sus ganancias. Chile y Argentina habían contado con dictaduras para ello. Pero la élite colombiana no podía darse el lujo de abandonar los ropajes democráticos que tanto les enorgullece. Se valieron de un hombre ajeno a sus círculos sociales dispuesto a hacer el trabajo sucio para asegurar la privatización, apertura y destrucción de los derechos sociales, del cual pudieran deshacerse y renegar cuando la tarea estuviera hecha.