El Mozote: La peor masacre del continente

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Diana Carolina Alfonso
@DianaCaro_AP

La masacre de El Mozote en El Salvador es considerada la peor matanza del hemisferio occidental en los últimos tiempos. Cuesta creer que semejante capítulo deshumanizante se encuentre en el olvido. Una experiencia  que para el imaginario latinoamericano tendría que pesar en la memoria colectiva como si fuese nuestra propia Hiroshima, ha sido, sin embargo, relegada a la perpetua impunidad. Ya que vamos a hablar de un suceso premeditadamente olvidado y hasta negado por sus responsables políticos, directos e indirectos, empezaremos pues por la historia, o mejor dicho, por las historias que confluyen en El Mozote, en El Salvador, y en la expansión del terrorismo imperial velado por la guerra anticomunista. Ésta es la miserable historia de un patriarcado militarista creado por el ejército norteamericano  en la Escuela de las Américas, un puñal clavado en el corazón de Panamá.

Es bien sabido que las primeras décadas del siglo XX en Nuestramérica estuvieron caracterizadas por algunos avances democráticos, como por ejemplo el voto femenino. No obstante durante este periodo, en toda Centroamérica, El Caribe y Las Antillas, Estados Unidos impuso terroríficos regímenes militares a su favor. Desde 1931 el sanguinario Maximiliano Hernández gobernó con la parca por bandera en El Salvador. En este pequeño país, los gobiernos militares se prolongaron hasta 1979.  En 1946, a mitad de camino, fue fundada La Escuela de las Américas, operada por el Ejército de los Estados Unidos en Panamá con el objetivo de entrenar a soldados latinoamericanos en técnicas de guerra y contrainsurgencia. Por sus aulas han pasado más de 83.000 alumnos -casi todos varones- muchos de los cuales han resultado ser destacados violadores de los derechos humanos en sus propios países. Así lo han demostrado en Colombia, Chile, Guatemala, Argentina, Perú, Uruguay, Nicaragua, El Salvador, México, Honduras, entre otros.

Uno de sus peores engendros se hizo conocido justamente cuando la era de los gobiernos militares en El Salvador llegaba a su fin, no sin antes bañar al país en sangre. A ese capítulo la historiografía neocolonialista le ha dado el nombre de «La Guerra Civil en El Salvador». Más allá de los eufemismos, el Batallón Atlacatl fue formado en la década de los ochentas en la Escuela de las Américas, como parte fundamental de la guerra imperialista que los Estados Unidos llevaba adelante contra nuestro continente para contener el efecto multiplicador de la Revolución Cubana. La llamada “Guerra Civil” no fue otra cosa que una arremetida criminal de las oligarquías locales, coaligadas con el gobierno estadounidense, contra todo el pueblo salvadoreño. Para la fecha, el gobierno neoliberal de Ronald Reagan enviaba un millón de dólares diarios al ejército salvadoreño para el desarrollo de sus propósitos de contrainsurgencia.

En ese contexto, del 10 al 12 de diciembre de 1981, es decir, en sólo tres días y tres noches, el Batallón Atlacatl formado por los Estados Unidos y perteneciente a las Fuerzas Armadas de El Salvador, asesinó a casi 1200 personas. Las niñas virgenes, conocidas como las doncellas de El Mozote, fueron llevadas a los cerros donde vivieron y murieron a causa de la violencia sexual de los militares. Más de la mitad de los asesinatos se perpetraron contra niños y niñas de 0 a 14 años. Las mujeres embarazadas fueron incineradas, otras tantas fueron enterradas vivas junto a sus maridos. Tantos varones más también sufrieron vejaciones sexuales, mutilaciones y fusilamientos.

Pocos días después la Radio Resistencia llegó al territorio buscando sobrevivientes en medio de ese lodazal de sangre. Sin embargo, el Batallón Atlacatl sólo había dejado a su paso montañas de humo, carne quemada y consignas de odio contra la guerrilla. Lo único que pudieron sacar de El Mozote fueron las fotos de un teatro de ectoplasma; fotos que hasta el día de hoy eternizan y reviven el terror más allá de sus propios marcos.

Elliott Abrams, la mano derecha del presidente Reagan y responsable de DDHH del Departamento de Estado, aseguró que los sucesos de El Mozote eran simple y llanamente una falsedad del comunismo internacional. A pesar de que las fotos tomadas por Radio Resistencia fueron expuestas días después de los sucesos por el Washington Post, el diplomático aseguró ante el Senado de los Estados Unidos que El Salvador se encontraba dando grandes pasos hacia la democracia. Según la propia ONU, El Mozote es la peor masacre del hemisferio occidental. En 1986, tan sólo cinco años después de esta feroz matanza, fue condenado por la venta ilegal de armas a los grupos terroristas que se oponían al gobierno de Irán. También fue el responsable de financiar, a través del narcotráfico, a las llamadas Contras en la Nicaragua Sandinista. Pese a los múltiples escándalos en los que ha fungido como criminal de guerra, Abrams fue indultado por la administración de George W. Bush. Actualmente se desempeña como Consejero en Relaciones Extranjeras de los Estados Unidos. En el 2019 fue delegado por el Secretario de Estado, Mike Popeo, como emisario especial a Venezuela. En medio de la desestabilización que terminaría en la Operación Gedeón, la Revolución Bolivariana fue la única en hacer gala de su dignidad al echarlo del país.

Este año, según los últimos registros de la Policía Nacional Civil, la violencia patriarcal en El Salvador superó la media latinoamericana al aumentar en un 115% respecto al 2020. El 62,8% de las víctimas de violencia sexual son niñas menores y adolescentes. ¿Tendremos que buscar en la historia del militarismo patriarcal de guerra, recreado por el imperialismo norteamericano, las huellas que deja la violencia infanticida en El Salvador?

Esta columna está dedicada a la memoria de Rufina Amaya, la única sobreviviente de El Mozote, y a todas las víctimas del patriarcado de guerra que sufren las consecuencias del militarismo financiado y formado por los Estados Unidos en sus guerra anti-insurgente.

Hoy son las mujeres de Afganistán quienes padecen a los talibán, formados y financiados también por la Casa Blanca en los ochentas. Ayer también fue El Mozote, y sus niños y niñas. Sólo resta afirmar que nadie en las periferias del mundo podrá sentirse a salvo si la impunidad del intervencionismo yanki sigue reproduciéndose a través del olvido.