El mal PASO de Alberto Fernández

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Con muchos interrogantes en la cabeza, los electores argentinos participaron en las PASO

Ricardo Arenales

Apatía, pesimismo, desilusión, desconfianza en el gobierno, fueron las expresiones utilizadas con más frecuencia por los electores durante las Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias, PASO, celebradas el pasado 12 de septiembre, que de alguna manera relanzan la campaña electoral para los comicios parlamentarios del 14 de noviembre, y que significaron un duro revés para la política progresista del presidente Alberto Fernández, y su coalición gobernante, el Frente de Todos.

Y a pesar de que han pasado apenas unos pocos días del evento en las urnas, son muchos los artículos que se han escrito y los balances hechos. Pero son más los que habrá que hacer por la trascendencia de ese proceso de consulta popular, no solo en Argentina sino en América Latina. Pues de alguna manera, el continente tiene los ojos puestos en el país austral.

Conocidos los resultados de las urnas, fue como si se hubiera producido una explosión que deja una enorme polvareda de la que, sin embargo, hay que sacudirse y comenzar a mirar hacia el horizonte, es decir, con una visión de mayor cobertura. La fuerza social neoliberal de oposición al gobierno logró posicionarse en el adverso escenario social, logrando capitalizar las jornadas de las PASO y del malestar general que causó el manejo de la pandemia y de la crisis económica.

Retroceso

En cifras redondas, el resultado de la consulta electoral marcó el retroceso de la coalición de gobierno en 17 regiones del país (departamentos), incluso en la provincia de Buenos Aires. Los espacios perdidos por los sectores progresistas fueron copados en su mayoría, por la coalición Juntos por el Cambio, donde confluyen sectores ultraderechistas y pro fascistas, que se inspiran en las experiencias de gobierno de Donald Trump en Estados Unidos, de Jair Bolsonaro en Brasil y la administración regional del partido fascista Vox, en España.

Estos sectores sueñan con arrasar la experiencia de la coalición progresista y de todo vestigio del peronismo en Argentina. De lo que van dejando en claro los balances hechos para explicar tales resultados, se destaca:

El número de participantes en las urnas es directamente proporcional al descontento social, sobre todo por el acelerado deterioro de las condiciones económicas de los ciudadanos. La participación electoral fue del orden del 67.54 por ciento. Juntos por el Cambio consiguió un 30 por ciento del electorado, con más de 2.3 millones de votos que le arrebató al progresismo. De hecho, el Frente de Todos perdió la mitad de su votación con relación a las últimas elecciones presidenciales de 2019.

Papel de la deuda

El rumbo de la economía pesó de manera decisiva en la crisis y en los resultados de las PASO.  Sabido es que el gobierno anterior de Mauricio Macri dejó al país hipotecado al Fondo Monetario Internacional, con una crecida deuda que tarde o temprana habrá que pagar.

Las duras condiciones que impuso la banca internacional contribuyeron al deterioro de la situación de la población. La inversión social ha venido disminuyendo y hoy el 50 por ciento de la población se encuentra en condiciones de pobreza. Las cifras del desempleo son de dos dígitos y el trabajo precario crece.

En estas condiciones, el progresismo debe asumir un urgente trabajo de rectificación del rumbo. Las elecciones próximas están apenas a dos meses y de ratificarse la actual tendencia, Alberto Fernández perdería las mayorías en el congreso.

Un programa incluyente

Los discursos de campaña en la jornada que acaba de terminar, tanto los de un bando como del otro, no reflejaron la realidad que padecen los electores. Es necesario revisar las medidas de Alberto Fernández que resultaron impopulares, como lo demandó la vicepresidenta Cristina Fernández, y que de alguna manera precipitaron una crisis en el gabinete ministerial.

La verdad es que hay dos modelos en pugna: el neoliberal de las fuerzas de derecha y el progresista que intenta impulsar el gobierno. La crisis no logró fracturar al Frente de Todos. Hay que superar la desconexión con la ciudadanía y proyectar una estrategia más incluyente, en la que tengan presencia los sectores populares que hoy se sienten marginados.