El imperio se agrieta

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Luis Jairo Ramírez H.
@JairoRamirezH

La ciudad de Washington y el Capitolio, emblemas del Estado estadounidense, se vieron estremecidos el pasado 6 de enero cuando una turba de supremacistas blancos, instigados desde semanas atrás por el propio presidente Trump, se tomaron por asalto las sesiones del congreso que confirmarían al demócrata Joe Biden como próximo mandatario. Este inédito episodio viene a remarcar la crisis de legitimidad que desde hace mucho tiempo carcome al sistema político norteamericano y que involucra por igual a los dos partidos gobernantes.

Por otro lado, lo que se esperaba el día anterior, es que habría una convulsionada instalación, pero de la Asamblea Nacional en Venezuela; paradójicamente todo ocurrió en calma, aunque precedida de amenazas desde EE.UU., la OEA y el Grupo de Lima.

Suena al menos sorprendente que una potencia que se jacta de ser la «primera democracia del mundo», promocionada durante mucho tiempo como “el sueño americano”; acostumbrada a organizar y patrocinar barbaridades, como invasiones militares, golpes de Estado, guerras de baja intensidad, terrorismo internacional, reversión de procesos revolucionarios, figuradas luchas contra el narcotráfico y genocidios, esta vez haya sido víctima de acciones infames que los propios EE.UU. han empleado durante 200 años contra el resto del mundo.

La prensa internacional se ha apresurado en armar una presentación sesgada para hacerle creer al mundo que se trata de una simple rivalidad entre los partidos Demócrata y Republicano, o entre el magnate Trump que intenta aferrarse al poder y el anciano Biden, defensor de los valores democráticos gringos; ocultando en realidad que detrás de todo esto se esconde el creciente debilitamiento de los EE.UU. en la escena de la geo-estrategia mundial, una enorme crisis del régimen político imperante y que es la causa del paulatino desplome de la economía.

De semejante entramado decadente hacen parte ese «nacionalismo neonazi» enarbolado por Trump, quien declaró el fracaso de la globalización neoliberal e impulso una política “proteccionista” y el retorno de una parte considerable del poder económico transnacional hacia el interior de sus fronteras, produciendo un fuerte choque con los llamados «globalistas» ligados especialmente con el Partido Demócrata, gestores y grandes beneficiarios de la mundialización del capital, que le pasa por encima a los Estados «nacionales» y explota a los pueblos a escala internacional, conquista su territorio por la fuerza y saquea sus recursos.

Luego de la jornada de extremo terror, el presidente electo Biden escribió que se siente honrado por la confianza que el pueblo deposita en él y en la vicepresidenta, Kamala Harris: «Ahora que terminó la campaña, es hora de dejar atrás la retórica dura y unirnos como Nación»; sin embargo numerosos analistas coinciden en señalar que el asunto no es tan fácil; el conflicto que desgarra las entrañas del poder estatal-corporativo de los EE.UU. se ha vuelto irreconciliable y amenaza la estabilidad del país como suma de Estados.

Algunas opiniones sugieren asomos de una guerra civil. Trump apoyado en el desprestigio del vetusto sistema electoral, henchido por un aumento no despreciable de su votación y cabalgando en el fanatismo de supremacistas que marchan con rifles y banderas confederadas; y del otro lado el gobierno entrante que se apuntala en una fuerza militar defensora del Estado racista, anti-migrante y partidaria de “la violencia necesaria” para sostenerse.

El desafío de América Latina es apuntalar su proceso de rebeldía y despojarse de las cadenas imperiales estadounidenses.

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